Editorial

Trump, el racismo y el retorno del supremacismo institucionalizado

#InPerfecciones
En estos días, en que Estados Unidos se consume de nuevo en el fuego del odio racial, la xenofobia y la brutalidad institucional, no podemos seguir callando.

 

 

Miguel Angel Millán Cancino / @MiAngel_Millan
miangel.millan@inperfecto.com.mx

Se dijo muchas veces que la historia no se repite, pero rima. Y en estos días, en que Estados Unidos se consume de nuevo en el fuego del odio racial, la xenofobia y la brutalidad institucional, no podemos seguir callando. No podemos normalizar lo que está ocurriendo con la excusa de que “ya lo habíamos visto antes”. Porque lo que hoy presenciamos es más que un retroceso: es la consolidación de una estructura de supremacía blanca que ha dejado de esconderse bajo disfraces diplomáticos y ha tomado el poder con rostro, nombre y apellidos: Donald Trump, el racismo y el retorno del supremacismo institucionalizado.

I. El regreso de un monstruo nunca derrotado

El fenómeno Trump no es una anomalía. Es la manifestación de una enfermedad profundamente arraigada en el sistema estadounidense: la supremacía blanca estructural. No es nuevo. Está en la Constitución original que no reconocía como humanos a los afroamericanos. Está en la doctrina Monroe, en el “Destino Manifiesto”, en las leyes Jim Crow, en los linchamientos, en las cárceles privadas, en la guerra contra las drogas.

Pero hoy tiene un nuevo impulso. Según datos de The Southern Poverty Law Center, los grupos de odio activos en Estados Unidos aumentaron en más de 30% durante el primer mandato de Trump. El FBI confirmó que los crímenes de odio alcanzaron cifras récord en 2023 y 2024, especialmente contra latinos y afrodescendientes. El 72% de esos delitos estaban motivados por razones raciales. ¿Quién alimentó esa violencia? ¿Quién la normalizó desde la oficina oval con discursos que hablaban de “invasiones”, de “criminales”, de “infestaciones”?

Trump no es solo un político. Es un síntoma. Pero también es un operador. Y lo está haciendo de nuevo. Porque aunque muchos pensaron que su primera presidencia fue una aberración pasajera, lo cierto es que la maquinaria del supremacismo aprendió, se adaptó y volvió más fuerte. Hoy, con su regreso a la candidatura presidencial y su poder de convocatoria, vemos cómo su retórica se ha convertido en política de Estado antes incluso de ganar.

II. Del discurso al porrazo: migrantes bajo ataque

Las escenas recientes de soldados estadounidenses —marines, con entrenamiento de guerra— golpeando, disparando y arrastrando a migrantes en manifestaciones pacíficas en Texas y Arizona, deberían haber encendido todas las alarmas internacionales. Pero no fue así. La ONU apenas emitió una declaración tímida. México, Centroamérica, América Latina, apenas levantaron la voz. ¿Por qué? Porque el miedo a Trump se ha convertido en un factor de política exterior. Porque la amenaza de represalias económicas, de cierre de frontera, de aranceles, de deportaciones masivas, ha sido usada como chantaje contra gobiernos cobardes.

Hoy, la frontera sur de Estados Unidos es una zona de guerra, donde los migrantes son tratados como enemigos. No importa si son niños, mujeres embarazadas, familias enteras huyendo de la violencia que los mismos Estados Unidos ayudaron a sembrar con dictaduras, golpes de Estado, y tratados de libre comercio desiguales.

¿Dónde está el gobierno mexicano ante esto? Callado. Tímido. Supeditado a una agenda económica que ha convertido a México en el “muro humano” de Trump. Desde 2019, cuando López Obrador aceptó desplegar a la Guardia Nacional en el sur para frenar la migración, México dejó de ser refugio y pasó a ser frontera extendida de la política racista de EE. UU.

III. El racismo como política de Estado

Trump no es solo un racista. Es un organizador del racismo. Durante su primer mandato:

Separó a más de 5,400 niños de sus familias en la frontera, en jaulas, en condiciones inhumanas.

Prohibió la entrada a ciudadanos de países musulmanes bajo el falso argumento de seguridad nacional.

Redujo drásticamente las cuotas de refugiados permitidos por año, mientras aumentaba las detenciones.

Desfinanció programas contra la discriminación racial, y apoyó a fuerzas policiales acusadas de brutalidad sistemática.

Llamó “países de mierda” a Haití y naciones africanas.

Aplaudió a supremacistas blancos en Charlottesville diciendo que había “gente muy buena en ambos lados”.

Nada de eso es un lapsus. Todo forma parte de una estrategia para consolidar una base política basada en el odio, el miedo al otro y la nostalgia de una América blanca y cristiana.

Hoy, su discurso ha escalado. No habla solo de deportar millones, sino de militarizar las calles. De “aniquilar” pandillas como la MS-13, sin importar las vidas inocentes que caigan en el proceso. Habla de “recuperar” Estados Unidos como si estuviera tomado por fuerzas extranjeras. Ese lenguaje, que recuerda al fascismo de los años 30 en Europa, no es metáfora. Es preparación psicológica para la violencia abierta.

IV. México, atado de manos y de lengua

Los gobiernos mexicanos —el actual y los anteriores— han demostrado una capacidad alarmante para arrodillarse ante el poder de Washington. No solo por conveniencia, sino por complicidad. Porque han hecho del control migratorio una moneda de cambio. Porque han permitido que empresas estadounidenses exploten nuestros recursos mientras se criminaliza a los mexicanos que cruzan el río Bravo para sobrevivir.

¿Dónde está la soberanía cuando se permite que un racista gobierne nuestras decisiones desde el otro lado del muro?
¿Dónde está el liderazgo regional que tanto se presume en discursos, pero nunca se ejerce cuando se trata de defender a los nuestros?

V. La normalización del odio

Lo más peligroso de todo esto no es solo la violencia física. Es la normalización cultural e institucional del odio. Que un supremacista como Trump pueda regresar al poder, con millones de votos, con el respaldo de gobernadores, senadores, empresarios y comunicadores, no es solo un fracaso de la democracia estadounidense. Es un aviso para el mundo.

Porque ese modelo se exporta. Y ya lo vemos replicado en Argentina con Milei, en El Salvador con Bukele, en Italia, en Hungría, en Vox en España. El odio se viste de “defensa de valores”, de “protección nacional”, de “orden”. Pero es solo eso: odio. Y poder autoritario.

VI. No es solo Trump: es el sistema

Sería un error pensar que todo esto acabará si Trump pierde. Trump es apenas la cara visible de una estructura de poder profundamente racista, capitalista y violenta. Un sistema que ha usado la democracia como fachada mientras reproduce desigualdades brutales. Que crea guerras, crisis económicas, desplazamientos, y luego criminaliza a los desplazados.

El supremacismo institucionalizado no necesita capuchas ni cruces ardiendo. Tiene trajes caros, oficinas en Washington y presupuestos millonarios. Tiene medios de comunicación que disfrazan su discurso con eufemismos. Tiene incluso aliados en América Latina que prefieren callar a arriesgarse a perder favores.

VII. Un llamado sin rodeos

Desde México, desde América Latina, desde los medios que aún conservamos algo de libertad, tenemos el deber de denunciarlo sin miedo. De señalar con nombre y apellido a los gobiernos que ceden ante Trump, a los empresarios que financian su campaña, a los políticos que lo imitan. Y también a nuestros propios gobiernos, que traicionan a su gente por mantener acuerdos comerciales o por cobardía diplomática.

Hoy, como en los peores momentos del siglo XX, nos enfrentamos a una elección moral: callar ante el racismo institucional o enfrentarlo con todas nuestras fuerzas.

Porque si no lo hacemos ahora, mañana será demasiado tarde. Porque el silencio no solo mata. El silencio legitima. Y nosotros no vamos a ser cómplices.