#InPerfecciones
“El hombre no tiene mucho valor, sino que está más allá del valor; el hombre hace valiosas a las cosas” Carlo Llano Cifuentes
Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com
‘¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas?’, pregunté alguna vez de niño a mis padres. ¿Cómo es que logramos vivir conscientes de que gran parte de nuestra existencia no está en nuestras manos? No lo sé; la costumbre, tal vez. Lo cierto es que nuestro alrededor parece cada vez más atroz: múltiples conflictos en el globo terráqueo, corrupción, inseguridad, desigualdad… vaya, la lista es, cuando menos, extensa. Frente a todo esto ¿qué debemos hacer? Rendirnos y entender la vida como un sinsentido parece algo “poco humano”. Salvo casos contados, las personas no están dispuestas a desapreciar el regalo más preciado que se nos ha dado: la vida.
No nos atreveríamos a decir que una vida sin valores o virtudes vale la pena ser vivida. Como alguna vez diría Platón, en boca de Sócrates, “una vida sin examen no merece la pena ser vivida” (Apología, 38a). Por tanto, es inevitable preguntarnos ¿cómo hemos de hacerle frente a todas aquellas circunstancias que rebasan nuestro control?, ¿qué consuelo podemos esperar si no somos dueños de nuestra propia suerte? En pocas palabras: ¿cómo hacerle frente a la incertidumbre?
Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, trata el tema de una manera exquisita. Es cierto que no podemos tener control sobre todo lo que acontece a lo largo de nuestra vida. El lugar de nacimiento, nuestros padres, los rasgos físicos y los gustos no son elementos que podamos elegir antes de venir al mundo, empero, sí nos sentimos dueños de nuestro andar; somos libres de muchas cosas más. Al puro estilo kantiano, la mejor explicación que le podemos dar a la libertad en el desarrollo de nuestra existencia es la que proviene de la experiencia: sí, al menos una vez, hemos experimentado la libertad.
Pensemos, como lo hace el Filósofo, en el caso del del rey Príamo (pienso en su caracterización homérica). El monarca de Troya ha sufrido todo tipo de calamidades. Primero, su hijo París es el responsable del rapto de Helena, cosa que desencadenará el conflicto entre aqueos y troyanos (en el que los troyanos acabarán perdiendo todo). El gran Héctor, hijo del rey, muere humillado a manos de Aquiles. Su ciudad es saqueada y sus habitantes ultrajados; en fin, al pobre no le queda nada. Sin escala de grises, aquel que tenía todo padece, ahora, las peores desgracias (cfr. Il.). ¿Qué debemos hacer en ese momento?, ¿qué nos queda si nuestros gobernantes parecen no escuchar los gritos y las súplicas del pueblo? Aristóteles dirá que, si bien es imposible ser felices cuando somos presas de grandes y múltiples desgracias, ésto no implica que debamos rendirnos y vivir el resto de nuestra vida miserablemente. Incluso frente a las peores desventuras, el hombre tiene la posibilidad de construir una muralla infranqueable (lo que permite que permanezca digno) gracias a las virtudes.
Carlos Llano, pensador mexicano, dijo alguna vez con bellas palabras que “el hombre posee un carácter absoluto ––en la medida en que es un ser digno––. El hombre no tiene mucho valor, sino que está más allá del valor; el hombre hace a las cosas valiosas”. En el mismo tenor, el Estagirita advierte que afirmar una humanidad tan débil, paupérrima frente a las circunstancias adversas es casi incongruente: ¿de qué sirve toda la ética que ha planteado si todo depende de los designios de la fortuna? ¿No tiene el hombre, un ser tan sofisticado y elevado, algo que decir? Para ello, el Macedonio utilizará una metáfora que a mi juicio posee una precisión quirúrgica: así como el buen zapatero hace el mejor zapato posible con el cuero que se le ha dado (cfr. Eth. Nic. 1101a1-6), el hombre debe buscar una existencia lo más plena posible con aquello que tiene a su disposición. Es cierto que una persona con desventajas económicas y problemas de salud no podrá aspirar, a menos que pasé un milagro, a una vida llena de lujos y caprichos, pero sí podrá hacer más que aquel hombre que ha permanecido quieto y sumiso frente a los infortunios.
De este modo, es claro que Aristóteles entiende que el ser humano, a diferencia de otros seres, posee una cualidad única: él tiene pleno control de su miseria. Al decir lo anterior, no afirmo que el ser humano tenga un dominio absoluto de su destino, sin embargo, sí lo tiene de cómo afronta tales circunstancias. Además, he de decir que el término que Aristóteles utiliza para referirse a personajes como Príamo, que no cayeron en la absoluta locura, es ἄθλιος, que puede traducirse como “no-miserable”. Por más que lo atormenten grandes desgracias, él siempre podrá resistir de manera ecuánime (con ayuda de la virtud) sin perder algo que es, por naturaleza, propio de su ser: la dignidad; el hecho de ser humano. A pesar del mal cuero, el buen zapatero hará con lo que tiene la mejor pieza de calzado posible.
Por otro lado, es cierto que la vida sería completamente insípida sin los vaivenes de la fortuna. Si todo estuviera determinado, si no hubiera espacio para lo inesperado, para la propia espontaneidad, ¿qué clase de humanidad tendríamos? El mismo Aristóteles le da mayor peso a las virtudes que implican un mayor riesgo, que necesitan de lo que hoy llamaríamos “salto de fe”. Al respecto, otro filósofo, Alejandro Llano, menciona: “La presencia del albur, de lo inesperado y sorprendente, forma parte de la frescura e interés de nuestro andar por el mundo. La incertidumbre que esta situación conlleva es, sin duda, un bello riesgo que Aristóteles supo mantener vivo en sus indagaciones éticas” (2006: 64).
Por otro lado, es cierto que, como apunta santo Tomás de Aquino, una persona virtuosa, que se ejercita en el bien y es consciente de aquello que escapa de su control (ἐφ’ ἡμῖν), no será tan fácilmente vencida por el destino. Aquella persona que ha sabido cosechar una felicidad auténtica, no dejará escapar fácilmente el bien tan preciado que ha conseguido. De este modo, el ser humano que ha probado el elixir de la eudaimonía griega será prudente y cuidadoso con aquello que puede arrebatarle su plenitud, sin caer, tampoco, en una vida que no tiene riesgos o momentos para la espontaneidad. El hombre feliz, pues, será virtuoso y ecuánime; sabrá dónde sí y cuándo no… sabrá, como ya se ha dicho, de qué modo puede hacer del cuero que le han dado los zapatos más relucientes.
El tema de la felicidad y el destino, como has observado, querido lector, no es novedoso ni disruptivo. Grandes pensadores a lo largo de la historia han propuesto vías para administrar la incertidumbre (como escribe Héctor Zagal), Aristóteles, por ejemplo, es uno de ellos. Si nos hemos de quedar con algo después de estas humildes y efímeras palabras, creo que eso sería la llamada a vivir el presente de la mejor manera posible; con virtudes (templanza, justicia, prudencia, fortaleza…) y conscientes de que no podemos tener todo bajo control.
Con todo, no hemos de olvidar que nosotros, por el hecho de formar parte de la raza humana, tenemos en nuestras manos el poder de decidir si queremos o no tener una vida miserable. La vida, con sus tristezas y alegrías, vale la pena ser vivida. De lo contrario, cuando nos preguntemos en el ocaso de nuestra existencia qué hemos hecho a lo largo de todo este tiempo, no podremos decir otra cosa más que unas simples y defectuosas sandalias.
Te deseo, querido lector, una muy feliz Navidad y un próspero Año Nuevo. Te mando un abrazo cálido y recuerda: de nosotros depende qué hagamos con lo que se nos ha dado, y créeme, se nos ha dado mucho.
Bibliografía:
ARISTÓTELES. 2023. Ética Nicomáquea. (Julio Pallí Bonet, trad.). Madrid: Gredos.
HOMERO. 2022. Ilíada. (Luis Segalá y Estalella, trad.). Madrid: Gredos.
LLANO, A. 2013. El ser coincidental en la ética de Aristóteles. Tópicos, Revista De Filosofía, 30(1), 55–80. https://doi.org/10.21555/top.v30i1.194
PLATÓN. 2023. Apología de Sócrates. (Julio Calonge, trad.). Madrid: Gredos.




