#InPerfecciones
Los escritos de Séneca, como mejor se le conoce, abarcan Sobre la ira, Sobre la firmeza del sabio, Sobre la felicidad, Sobre el ocio, Sobre la serenidad, Sobre la brevedad de la vida, Sobre la providencia, Sobre la muerte.
Alejandro Animas
alejandroanimas@politicas.unam.mx
Entre las Guerras Púnicas y las Invasiones Bárbaras, entre el fin de la República y el surgimiento del Imperio Romano con Julio César, nace en el año 4 a.e.c., en la entonces provincia hispánica de Córdoba, Lucio Anneo Séneca, quien se convertiría, junto con Cicerón, como uno de los filósofos más reconocidos de esa época y que han logrado trascender con el tiempo.
Los escritos de Séneca, como mejor se le conoce, abarcan Sobre la ira, Sobre la firmeza del sabio, Sobre la felicidad, Sobre el ocio, Sobre la serenidad, Sobre la brevedad de la vida, Sobre la providencia, Sobre la muerte, y la que es quizá su obra más reconocida, Cartas a Lucilo.
Buena parte de sus reflexiones se enfocaron a las pasiones, principalmente porque consideraba que una persona dominada por sus pasiones no tiene control sobre sí mismo. Una corriente filosófica que abordaba este tema era el estoicismo, un concepto que ha llegado hasta nuestros días como equivalente a aguantar y sortear cualquier clase de infortunio. Los estoicos surgen en Grecia, en el siglo III a.e.c., y pugnaban por un control de las pasiones mediante la razón. En otra ocasión abordaremos esta interesante corriente filosófica, por el momento diremos que Séneca fue uno de sus últimos grandes representantes, y como muestra, en De Beneficios considera que si nuestro espíritu “en su calidad de animal social y nacido para el bien de todos, considera al mundo como una sola y misma familia…entonces se ha librado de las tempestades”. De esta habrá, el devenir del ser humano depende de la suma de todos, por lo que importa es el conjunto y no lo individual. Consecuente con su pensar, Séneca enfrentó su muerte misma (obligado a suicidarse) estoicamente aceptando que era lo mejor para Roma.
Otra faceta característica de Séneca fue una gran carrera política que lo llevó a ocupar los principales cargos públicos, llegando a ser Senador e incluso, brevemente, Cónsul. Y es en este campo donde la vida del filósofo romano se cruzó con la de dos de los más grandes villanos de la historia de la humanidad. La fuerza que tenía Séneca en el Senado, ganada principalmente por su excelsa oratoria, lo llevó a enfrentarse a Calígula, quien lo mandó al destierro por muchos años. Regresaría bajo el mandato de Claudio con la encomienda de educar al joven y brillante heredero que subiría al trono imperial a sus 18 años: Nerón.
Como todos sabemos, al final el legado de Nerón fue nefasto, pero poco se sabe que sus primeros 5 años de gobierno tuvieron un saldo favorable, y en mucho de ello fue producto de las enseñanzas de Séneca, quien hasta le dedicara Sobre la clemencia, una serie de consejos para el buen gobernar.
Dicha obra empieza señalando que Nerón ha “sido elegido para desempeñar en la tierra el papel de los dioses” y que es “árbitro de la vida y la muerte de los pueblos”, no sin antes advertirle que debe vigilarse a si mismo “como si tuviera que rendir cuentas a las leyes”. Es decir, si bien al emperador lo consideraban casi divino, Séneca advertía a su pupilo que no podía conducirse como un dios que solo impone su voluntad sin freno o límite alguno, sino que debe apegarse a las leyes. Y el camino para diferenciar al tirano del buen gobernante está en la aplicación de la clemencia.
En este sentido, Séneca, aconsejaba a Nerón, que la mayor prueba de poder que puede tener un rey está en la clemencia y no en la crueldad. Un tirano es incapaz de controlar sus pasiones, mientras que el rey debe ser de espíritu elevado, sosegado, y tranquilo que desprecia ofensas e injusticias. El tirano es furioso e intempestivo; el rey es tranquilo y reflexivo. Un rey compasivo y justo genera sentimientos de lealtad, respeto y admiración entre sus súbditos.
Lo anterior no debe confundirse con debilidad. Séneca sigue la tradición de comparar a los reyes con la figura de los padres o de los maestros, quienes orientan, regañan, castigan o premian el comportamiento de sus hijos o alumnos, pero destaca que el rey, “si concede la vida, si concede la dignidad a quienes están en situación crítica y merecen perderlas, hace lo que no le es posible a nadie más que al que está en el poder”. Solo el rey tiene la facultad de perdonar delitos y hasta la vida de otros, razón por la cual la clemencia es algo que no está en las manos de cualquiera, ya que se requiere una serie de características previas.
Una y otra vez, Séneca le recuerda a su pupilo los deberes de un rey: evitar la ira porque terminará por ponerse a la altura de quienes no controlan sus impulsos. Los grandes poderes que le fueron concedidos son para buscar el honor y la gloria que descansan en una premisa fundamental “el hombre es un ser social engendrado para el bien común”. El rey es quien debe corregir, castigar o eliminar a los malvados teniendo siempre mayor consideración con los humildes. En torno a la cuestión de la clemencia, Séneca encontró el medio idóneo para aconsejar los deberes de un gobernante, dado que si es bien aplicada le dará grandeza al gobernante.
Sin embargo, creo que Séneca no considerarla como un símbolo de magnanimidad que el gobernante aplicara la clemencia a su propio hijo, como lo hiciera recientemente Joe Biden; o que (sin ser clemencia propiamente) el gobierno en turno cancele carpetas de investigación a quienes al día siguiente se convierten en sus aliados; o que como anunciara en algún momento Trump, de que al llegar a la presidencia se autoaplicaría la clemencia a sus propios delitos. Si “el César es el alma de la República”, nada bueno se debe esperar de Nerones con almas corrompidas.




