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Respira la democracia: elecciones en Hungría

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La elección en Hungría ha demostrado que una autocracia electoral no es invencible cuando existe una amplia participación ciudadana.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com

Viktor Orbán, fue primer ministro de Hungría de 1998 hasta 2002 cuando perdió la reelección. En 2010 su partido Fidesz-Unión Cívica Húngara (partido político que en su origen era liberal y pro europeo y luego se transformó en nacionalista de derecha) ganó volvió al cargo al ganar su partido las elecciones con más del 50% de los votos. Se convirtió en la referencia dominante del sistema político húngaro durante más de una década, al ser reelecto en cuatro ocasiones más.

Uno de los rasgos distintivos del liderazgo de Orbán fue el uso sistemático de la polarización como estrategia política. Eligió como objeto de sus denostaciones y ataques al millonario de origen húngaro, George Soros, quien estaba a favor de la migración durante la crisis que vivió Europa en 2008 con la oleada de exiliados. La narrativa oficial se centró en un no a los migrantes y no a Bruselas (es decir, no a la Unión Europea) como base para sus siguientes reelecciones. Como dato irónico, Orbán estudió un año en Oxford gracias a una beca de la Fundación Soros.

Dentro de la Unión Europea, Orbán era la voz discordante: se opuso sistemáticamente a las sanciones en contra de Rusia y al apoyo a Ucrania. Mostró simpatias por Rusia, Singapur, China, India y Turquía, por considerar a sus gobiernos como eficaces sin preocuparse por las libertades, las cuales eran, en su visión, asuntos menores. Para esta elección recibió un respaldo público de Trump, Putin, Netanyahu y Milei.

Orbán impulsó cambios constitucionales para mantener una agenda conservadora y concentradora del poder. Modificó el marco electoral vigente para reducir los escaños de la Asamblea Nacional a poco menos de la mitad, y se rediseñaron las circunscripciones electorales. De esta forma, se incrementaron los obstáculos para la oposición y se privilegió la sobrerepresentación para el partido gobernante. También se enfocó en un progresivo debilitamiento de los contrapesos institucionales. Las reformas llegaron al poder judicial y a los medios de comunicación, quienes pasaron a manos de afines del régimen. Este proceso la democracia solo era un asunto de elecciones cada vez menos competitivas.

Con estos antecedentes, no sorprende que en los reportes globales que miden la democracia y la libertad, Hungría aparece con calificación negativa: el 2Economist Democracy Index 2025”, de la Economist Intelligence Unit, lo ubica como democracia imperfecta; el “Informe sobre la Democracia 2025” de Varieties of Democracy (V-Dem) la coloca como autocracia electoral; el reporte de Freedom House, 2Freedom in the World 2026”, la califica como parcialmente libre.

Es cierto que la democracia siempre está ligada a la celebración de elecciones, pero la democracia contemperánea también incluye la libertad de votar y ser votado, libertad de expreseción y asociación, comicios libres y transparentes, tribunales y congresos libres y autónomos. De ahí que comunmente digamos que vivimos la era de la democracia liberal. Por el contrario, si la existencia de elecciones no va acompañada del componente liberal, lo que tenemos es, en palabras del politólogo Larry Diamond, una democracia electoral, que en un proceso de transición es el camino previo a una democracia plena, a una democracia liberal.

En 1997, Fareed Zakaria publica el articulo “The rise of illiberal democracy” en la revista Foreign Affairs, donde advertía que en las transiciones a la democracia, países sin profunda tradición de lucha por las libertades se queden solamente en lo electoral sin avanzar más allá. El resultado sería la existencia del voto pero con garantias institucionales débiles o inexistentes

De manera hábil, Orbán calificó a Hungría como una democracia iliberal, pero no en el aspecto negativo de que limitar o cancelar las libertades acotaban la democracia, sino en el sentido de que la democracia húngara no necesitaba de las libertades que otorgaban derechos a las minorías o a los migrantes, y que le bastaba la celebración de comicios periódicamente. Para evitar sorpresas, como ya lo mencionamos, Orbán modificó las leyes electorales y se apropió del aparato de justicia. Así, con cada elección ganada, Orbán podía decir que seguía gobernando porque el pueblo lo había decidido.

En este escenario se celebraron elecciones el pasado 12 de abril, y como algunas encuestas anticipaban, el electorado húngaro voto masivamente a favor de un cambio. No deja de ser llamativo que el diseño electoral de sobrerepresentación de Orbán terminó por jugar en su contra. Así, el partido ganador con el 54% de los votos obtendrá una representación del 71%, mientras que el partido oficial Fidesz, con el 38% de los votos, le corresponderán el 28% de legisladores en la Asamblea. Paradoja afortunada, legislar desde el poder para mantener el poder, se revierte cuando una amplia participación ciudadana así lo decide. Cabe señalar que contrario a otros autócratas, Orbán reconoció publicamente su derrota.

Hubo un tiempo en que se consideraba que una vez instaurada la democracia su permanencia estaba garantizada. El presente siglo ha sido testigo de cómo regímenes democráticos de reciente historia, poco a poco venían perdiendo terreno ante las propuestas antidemocráticas. De forma gradual y casi silenciosa, las democracias se fueron transformando en autocracias electorales sin contrapesos institucionales, con congresos mayoritarios a favor del oficialismo, con nuevas leyes y nuevos tribunales que concentraban el poder en manos del ejecutivo y con medios de comunicación limitados y coptados.

Las elecciones en Hungría han demostrado que una autocracia electoral no es invencible, y que pese a un marco institucional desfavorable, cuando se junta el desgaste propio del poder, acusaciones de corrupción institucional y falta de crecimiento económico, una amplia participación ciudadana puede lograr el cambio. La clave para el futuro de Hungría pasará por la reconstrucción de los contrapesos institucionales y de la apertura ante la sociedad. Aunque falta mucho camino por recorrer para restaurar las libertades, las elecciones en Hungría le han dado un respiro a la democracia.

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