Editorial

¿Por qué no nos ponemos de acuerdo? Reflexiones frente a un mundo polarizado 

#InPerfecciones
¿Qué implica vivir inmersos en la intolerancia por lo distinto? Parece que el diálogo, el encuentro con el otro y la sutileza del ejemplo tienen algo que decir.

 

Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com

 

Me atrevería a decir que la paradoja por excelencia del siglo XXI es la polarización. Nunca habíamos estado tan cerca del otro. Con un solo clic podemos dar la vuelta al mundo y, aun así, no hacemos más que alejarnos. En la era del diálogo, cuando nos jactamos de mayor libertad de expresión, hacemos lo necesario para radicalizar una realidad que no se entiende sin matices; destruimos, a toda costa, lo que puede edificarse en conjunto. ¿Qué nos ha hecho sordos frente a lo distinto? 

 

Por más deseable que fuera, el fenómeno de la polarización no es un cuento de fantasía. Hace poco, la consultora española LYCC presentó un estudio con el que demostró el incremento del problema con cifras cercanas al 40%. La polarización es real. Basta con voltear a la televisión, a las noticias o a las calles; hemos olvidado cómo dialogar con el otro. Si no me crees, no hay mejor comprobación que la propia: ¿somos capaces de admitir nuestro error, de escuchar a quien está en el frente opuesto? 

 

Hannah Arendt pensaba que un síntoma del totalitarismo era la coacción sobre el pensamiento, la incapacidad de la crítica. Creo que a la fecha experimentamos algo similar. Es más cómodo adoptar posturas radicales o descalificar a quien no opina lo mismo que construir el consenso. Nos sentimos libres, pero en el fondo, estamos encadenados por la mayoría, por la tribu a la que creemos pertenecer. 

 

Dicho con la filósofa: «Lo que prepara a los hombres para el dominio totalitario en el mundo no totalitario es el hecho de que la soledad […] se ha convertido en una experiencia cotidiana» (1998: 382). Segregar y rechazar parece viable hasta que, con el paso del tiempo, caemos en cuenta de que hemos perdido el presente. 

Además de seres sociales, somos seres de palabra. El hombre, y sólo él, tiene la capacidad del diálogo. Como lo dice la etimología, de ir «a través de» hacia lo otro. Es inexplicable por qué huimos de la conversación, cuando, como apunta Gadamer: «La conversación posee una fuerza transformadora afín a la de la amistad» (1992: 209). No hay mayor desgracia que la de no usar algo que con tanta exclusividad nos ha sido dado: ¡hablar, escuchar, entender!

 

Resulta más cómodo separar lo distinto que tratar de unificarlo. Es más fácil enviar al polo opuesto lo que nos parece escandaloso que moldearlo para coexistir en conjunto. Armonizar es una actividad que, de igual forma, es propia y exclusiva del hombre. Y, por si fuera poco, es evidente que poseemos un profundo anhelo de belleza que se anida en nuestro ser, belleza que se construye uniendo lo distinto, buscando lo común.

 

George Steiner decía, con palabras más dignas, que «la belleza es el lugar donde las diferencias pueden encontrarse, un punto de unión entre lo que es distinto: culturas, tiempos, y lenguajes, todos se comunican por la armonía que genera lo bello» (1989: 61). ¿Por qué consentir el deseo de dividir cuando es propio de nosotros unir? La esperanza no reside en las discusiones que se puedan ganar, sino en la capacidad de mirar lo distinto y reconciliarlo. 

 

No hacen falta esfuerzos titánicos para caer en cuenta de que poseemos similitudes. La más evidente de todas es que somos mortales –y vaya que nos toma tiempo aprender a serlo–. Desde ese terreno común podemos –sin importar las opiniones o creencias– contribuir al entendimiento y a la paz; a la construcción de una realidad menos sanguinaria.

 

Por otro lado, pasamos por inadvertida una realidad esencial de la vida en sociedad: todos somos ejemplo para todos. Cada uno, de manera particular, traza una huella imborrable en el alma de aquellos a quienes frecuentamos, con quienes convivimos. 

 

Emmanuel Lévinas escribió alguna vez que «el concepto de ejemplaridad no se refiere a un modelo moral a seguir, sino a la responsabilidad infinita que tenemos frente al otro, lo cual nos convierte en ejemplos vivientes de ética y humanidad» (1961: 191). Me parece que una de las claves para hacerle frente a la cerrazón es precisamente ésta: si somos conscientes de nuestra cercanía respecto de los demás, ¿por qué no dejar una imagen que motive a la reconciliación? Ser modelos no es ser perfectos; seamos el motor de los demás.

 

Vivir el diálogo, la escucha y la sinceridad, no es otra cosa que, como apunta Gomá: «Predicar con el ejemplo […] el único capaz de hablar a la conciencia y al corazón con toda la elocuencia» (2003, 262). Reflexionar antes de publicar, criticar lo novedoso y ejercitar la comprensión; concreto pero desafiante. Ante un mundo dividido, los pequeños pasos construyen milagros.  

 

Un abrazo.

 

Referencias:

Arendt, H. (1998). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Taurus.

Gadamer, H-G. (1992) Verdad y método, vol. II. Salamanca: Sígueme.

Gomá, J. (2003). Imitación y experiencia. Titivillus.

Lévinas, E. (1961). Totalidad e infinito. España: Sígueme.

Steiner, G. (1989). La interpretación de la cultura. México: Siglo XXI.

 

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