Editorial

12 DÍAS EN MEDIO ORIENTE

#InPerfecciones
“Las barreras construidas por una narrativa impregnada de fanatismo e intolerancia, nos han llevado a cuestionarnos si verdaderamente podemos llamarnos humanos.”

 

Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com

 

En un mar de dolor y violencia, el número 12 parece irradiar destellos de esperanza. 12 días podrían parecer poco para quienes no nos encontramos en la primera línea de batalla, para quienes no hemos perdido a nuestros seres queridos sin motivo alguno, sin embargo, esta cifra es motivo de alegría para tantos que sufren las consecuencias de la guerra, vieja amiga de la humanidad. Entre misiles, cadáveres y discursos leídos en teleprompter, resulta preocupante pensar que, desde que comenzaron los bombardeos entre Israel e Irán, han habido más de 450 muertos (muchos de ellos, inocentes). El conflicto de Medio Oriente en Gaza ha cobrado ya más de 55,000 muertes. En comparación con estos números, 12 parece poco. ¿Qué está pasando?

 

Desde 2023, el conflicto en la franja de Gaza no ha cesado ni mostrado mejoría alguna. Las primeras noticias de los bombardeos fueron escandalosas para algunos de nosotros, sin embargo, investigando un poco más al respecto, es sencillo advertir que esta zona geográfica no ha dejado de ver misiles en el cielo por un buen tiempo. La enemistad entre las potencias aliadas de occidente y las  opositoras, ha dejado, por decirlo de algún modo, incontables estragos en los últimos años. El gobierno teocrático de los ayatolás y su cerrazón, mezclado con el nacionalismo extremo de Irán, no han creado más que una bomba que tarde o temprano debía de explotar. La intervención de Estados Unidos, los ataques a sitios clave y la satanización de occidente por parte de los iraníes, ha resultado en una enorme rivalidad que difícilmente permitirá la paz. El hombre, enajenado de toda perspectiva realista y humana, ha demostrado ser incapaz de entenderse con el otro. 

 

Desde hace tiempo, Irán se ha encargado de establecer alianzas en contra de los israelitas apoyando a grupos como Hezbolá, Hamás y los hutíes de Yemen. El afán por derrocar a Israel se ha vuelto una obsesión enfermiza que ha abandonado, me parece, todo intento de reconciliación. La posesión de uranio y el crecimiento de las instalaciones nucleares de Irán han dejado en claro que no hay intención alguna de frenar el desarrollo de armas de destrucción masiva; seguimos buscando, después de tanto tiempo, cuál es la mejor manera de acabar con el otro.

 

Frente a esta cruda realidad, se me ha ocurrido una analogía que no quiero dejar de mencionar. De antemano, te pido perdón, querido lector, si es que lo que diré a continuación te resulta inmaduro o escandaloso, sinceramente te digo que no es mi intención. Hace un par de semanas vi la película palomera de Cómo entrenar a tu dragón, una cinta que, sin duda alguna, es un tesoro de mi infancia. El protagonista, un debilucho hijo de vikingos, está decidido a cazar al dragón más temido de todos. La comunidad en la que vive este muchacho le ha enseñado que los dragones son las peores bestias y, por ello, no hay otra solución que exterminarlos, matar hasta el último de su especie. Convencido de aquello, Hipo (el personaje principal) logra su objetivo y captura al dragón más feroz, a aquel que nadie ha visto jamás. Cuando va en búsqueda de su presa y la encuentra, se topa con un dragón que refleja en sus ojos un temor igual al suyo, una impotencia que refleja su entera vulnerabilidad. Es en esta bella escena donde Hipo se da cuenta de algo esencial: los dragones no son tan distintos de los humanos. El mismo terror que tenía Chimuelo (el dragón) era el que experimentaba Hipo cuando veía pasar su vida frente a sus ojos: a veces, solo hace falta mirar. Aquello detonó muchas dudas en el protagonista y , a lo largo de la película, se nos narra cómo ambos bandos, humanos y dragones, no buscaban otra cosa más que defenderse, lograr sobrevivir con los medios que tenían. No obstante, es hasta que la semejanza entre ambos rivales se muestra explícita que puede llegar el consenso. Mirar con ojos de empatía, entender al otro deteniéndose en su mirada, hace capaz a cualquiera de encontrar puntos en común sobre los cuales edificar la paz. Al final, el reflejo que encontramos de nosotros mismos en los demás, nos sensibiliza para el encuentro con el otro: si observamos con atención, no somos tan distintos. 

 

El conflicto en Medio Oriente, me parece, es una muestra clara de la incapacidad para mirar, voltear hacia el prójimo, y descubrir que son muchas más cosas las que nos unen que la infinidad de mentiras que justifican nuestra mutua destrucción.

 

Es necesario, habiendo llegado a este punto, evidenciar la necesidad de encontrar caminos que conduzcan hacia la paz. El supuesto progreso moral del hombre no cobra sentido alguno si continuamos empeñados en menospreciar y destruir a quien nos es ajeno, a quien opina distinto. Las barreras construidas por una narrativa impregnada de fanatismo e intolerancia, nos han llevado a cuestionarnos si verdaderamente podemos llamarnos humanos. ¿Utilizamos la razón de manera que no sea solo un instrumento sordo a cualquier explicación? ¿Vemos con una mirada crítica el panorama que nos rodea? ¿Buscamos ser más humanos mediante el diálogo y la escucha? La única diferencia entre un león hambriento que devora a su presa y el gobernante que ordena aniquilar al otro es que el león tenía hambre; el hombre, a pesar de gozar de facultades exclusivas, parece no saber utilizarlas.

 

La mediación que ha tenido el gobierno estadounidense en el conflicto me parece, de suyo, sumamente compleja de categorizar. Por una parte, es cierto que Trump ha logrado “La tregua de los doce días”, sin embargo, el bombardeo a las instalaciones nucleares de Irán deja algunas dudas sobre el empleo de los medios violentos. Considero una exageración sin sustento proponer a un líder como lo es el presidente norteamericano como candidato al Nobel de la Paz. No sé en qué momento una solución armada fue meritoria de llamársele pacífica. No me queda claro en qué momento las amenazas forman parte de camino hacia la reconciliación. En fin, este punto da para mucha más discusión que excede el motivo de esta columna.

 

Lo cierto es que, como decía el Papa León XIV en su pasado encuentro con políticos de todo el mundo, “la política es la forma más alta de la caridad”. Las palabras del Santo Padre, me parece, no deben quedarse solo en un bello discurso, deben ser puestas en acción. Parece haberse olvidado que el fin último y más excelente de la política no es otro que el bien común. A pesar de ser una palabra a la que le ha sido prostituido su auténtico significado, el bien común implica la plenitud y felicidad de todos aquellos, en este caso, que viven en determinada región. El odio, la violencia y la ausencia de encuentro no hacen más que herir y abrir una llaga dolorosa para todos. Por ende, el quehacer político no debe, jamás, olvidar el bienestar de sus ciudadanos y la protección de todos y cada uno de los seres humanos.

 

No es necesario profesar un credo para atender a una ley natural que expresa total repudio al enfrentamiento, a la agresión contra el otro. Mediante la razón nos es posible discernir el bien del mal, evitar el sufrimiento del otro y redirigir los esfuerzos a construir un futuro pacífico para todos los habitantes del mundo. Ser humanos implica escuchar nuestra conciencia, atender a nuestro criterio moral propio de la misma naturaleza humana para encontrar soluciones que eviten, a toda costa, el dolor de los demás.

 

Cubiertos por el humo de la guerra, no es vano redoblar esfuerzos para construir puentes de paz y de caridad, de escucha y empatía, de verdadera humanidad. Hagamos pequeñas acciones que se conviertan en soluciones auténticas para los conflictos con los que miles y miles deben lidiar. Fomentemos el encuentro, impulsemos el diálogo, exploremos la empatía y seamos ejemplo en nuestros hogares y lugares de trabajo. Luchemos por que, en un futuro cercano, no haya que aplaudirle a una tregua de 12 días.

 

#InPerfecto