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La CNDH bajo Rosario Piedra: de contrapeso a comparsa del poder

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Rosario Piedra no encabeza una institución autónoma y fuerte. Lo que encabeza es una simulación. Una CNDH débil, callada ante los abusos del poder, sumisa ante el Ejecutivo.

 

 

Miguel Angel Millán Cancino / @MiAngel_Millan
miangel.millan@inperfecto.com.mx

En la televisión abierta mexicana, una nueva campaña institucional llena los espacios publicitarios con una afirmación tan tajante como peligrosa: la Comisión Nacional de los Derechos Humanos exige que sus recomendaciones sean obligatorias, vinculantes, incuestionables. Un discurso que suena, en apariencia, como un paso hacia el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos. Pero bajo el mando de Rosario Piedra Ibarra, esta intención no solo es contradictoria, sino abiertamente preocupante.

Rosario Piedra fue impuesta en la presidencia de la CNDH el 12 de noviembre de 2019, en una votación manchada por el escándalo en el Senado, con un conteo alterado que desató protestas de la oposición y deslegitimó su llegada desde el primer minuto. Cinco años después, el 13 de noviembre de 2024, fue reelegida sin consenso, sin contrapesos reales, y con el mismo sello del oficialismo: el desprecio a la pluralidad.

Hoy, en junio de 2025, Rosario Piedra no encabeza una institución autónoma y fuerte. Lo que encabeza es una simulación. Una CNDH débil, callada ante los abusos del poder, sumisa ante el Ejecutivo, y ausente en los momentos más críticos para los derechos humanos en México.

¿Dónde estuvo la CNDH cuando se necesitó?

Durante los últimos años, México ha sido escenario de múltiples violaciones a los derechos humanos: desplazamientos forzados en Guerrero y Chiapas; desapariciones en Zacatecas, Guanajuato y Jalisco; represión violenta de migrantes por parte del Instituto Nacional de Migración; y una militarización del país que no ha cesado desde 2018, a pesar de las promesas de lo contrario.

Y sin embargo, la voz de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha sido apenas un susurro. No hay pronunciamientos contundentes. No hay recomendaciones firmes. No hay investigaciones profundas. Hay, eso sí, silencio cómplice.

En el año 2023, por ejemplo, la CNDH emitió 40% menos recomendaciones que en 2018, último año del sexenio de Peña Nieto. Pero más allá del número, lo verdaderamente grave es el tono: recomendaciones tibias, redactadas con eufemismos, evitando incomodar al régimen. Cuando la Guardia Nacional ha sido señalada por uso excesivo de la fuerza, la CNDH ha mirado hacia otro lado. Cuando el Ejército ha sido acusado de espionaje, represión y abuso de poder, Rosario Piedra ha respondido con evasivas.

Una presidencia sin credibilidad

Rosario Piedra no llegó a la CNDH como una figura neutral. Es militante de Morena, hija de la histórica luchadora social Rosario Ibarra de Piedra, pero carente del temple y la integridad que su madre demostró en décadas de lucha.

Desde el inicio de su gestión, Rosario Piedra se negó a reconocer el feminicidio como una crisis nacional, minimizó la represión a estudiantes y colectivos, y despidió a más de 200 trabajadores de la institución para sustituirlos por cuadros afines al oficialismo.

En lugar de fortalecer la Comisión, la convirtió en una trinchera política subordinada al discurso de la Cuarta Transformación. Ha utilizado la plataforma para legitimar decisiones del Ejecutivo, como la participación del Ejército en labores civiles, la desaparición de fideicomisos o la persecución de periodistas críticos.

El proyecto de hacer vinculantes las recomendaciones: ¿fortalecimiento o amenaza?

Volvamos a los comerciales. Decir que la CNDH quiere que sus recomendaciones sean obligatorias suena bien solo si esa institución es fuerte, autónoma, confiable. Pero si está secuestrada por el poder, lo que se propone no es un avance, sino una forma de utilizar la fuerza del Estado para imponer la visión del régimen bajo el disfraz de los derechos humanos.

La recomendación vinculante suprimiría la facultad de instituciones, gobiernos estatales o actores privados de cuestionar los señalamientos de la CNDH. Y si esa CNDH está al servicio del partido en el poder, lo que sigue es peligroso: la persecución institucional desde una supuesta autoridad moral que ya no existe.

Es el mismo patrón que ya se ha visto en otras instituciones: el intento de convertir a los órganos autónomos en extensiones del Ejecutivo. La CRE, el INAI, el INE, la COFECE… todas han sido atacadas, debilitadas o infiltradas. La CNDH no fue la excepción: fue la primera en caer.

La autonomía, en ruinas

Una democracia sana necesita órganos autónomos fuertes, imparciales y respetados. En México, la palabra “autónomo” ha sido sistemáticamente desmantelada por un proyecto de poder que no tolera el disenso. En palabras de Rosario Piedra, “la CNDH ya no es un contrapeso, sino un puente”. Un puente, sí, pero hacia el control autoritario del discurso.

Mientras se debilita a la CNDH, se fortalecen los poderes fácticos: el Ejército, la Guardia Nacional, los operadores políticos de Morena en los estados. Las víctimas, las organizaciones de la sociedad civil, los colectivos feministas, los periodistas y defensores de derechos humanos han sido ignorados. En algunos casos, incluso atacados desde el propio gobierno, con la indiferencia o complicidad de la Comisión.

Datos duros que evidencian el fracaso

Entre 2019 y 2023, la CNDH recibió más de 42 mil quejas, pero solo emitió 684 recomendaciones, una cifra muy por debajo del promedio histórico.

Desde la llegada de Rosario Piedra, la CNDH ha disminuido en un 60% su presupuesto destinado a actividades de seguimiento e investigación.

Según Fundar y Artículo 19, el 75% de las recomendaciones recientes son rechazadas por las víctimas o considerados insuficientes.

El Consejo Consultivo de la CNDH, que debía funcionar como órgano de revisión interna, fue disuelto de facto en 2021. Hoy no opera.

 

El espejo latinoamericano: las instituciones que se doblan

Lo que pasa en México no es un fenómeno aislado. En Nicaragua, Daniel Ortega utilizó su “Consejo de Derechos Humanos” para legitimar la represión. En Venezuela, la Defensoría del Pueblo ha sido un brazo del chavismo. En El Salvador, Bukele desmanteló la Procuraduría para los Derechos Humanos para instalar una figura leal. El guion es el mismo: neutralizar al observador incómodo para avanzar sin frenos.

México, bajo la 4T, sigue ese mismo libreto. Y Rosario Piedra es la funcionaria perfecta para ello: silenciosa, leal, dócil.

¿Qué nos queda?

Hoy, la ciudadanía no puede confiar en la CNDH como garante de sus derechos. Las víctimas ya no acuden a ella esperando justicia. Las organizaciones han buscado otras vías: la protesta, los tribunales internacionales, la prensa. La legitimidad de la CNDH está rota.

Y si sus recomendaciones se vuelven obligatorias, lo que se impone no es la justicia, sino el discurso oficial convertido en decreto. La tragedia es doble: se prostituye el lenguaje de los derechos humanos y se blinda al poder frente a la crítica.

Un llamado necesario

Frente a esto, el llamado no es menor: defender los órganos autónomos, exigir la renuncia de Rosario Piedra y reconstruir la CNDH desde sus principios fundacionales.

No se trata de nostalgia por los tiempos pasados. Se trata de futuro. De garantizar que en México exista una institución que realmente defienda a las víctimas, que hable cuando los poderosos abusan, que no se doble ante el presupuesto ni el poder.

Rosario Piedra Ibarra ha demostrado que la lealtad al régimen puede más que el compromiso con los derechos humanos. Su permanencia en el cargo es una afrenta a la memoria de su madre y una traición a las víctimas de este país.

Que no nos vendan como fortalecimiento lo que es claramente sometimiento. Que no nos pidan aplaudir lo que debemos denunciar.

Porque cuando la Comisión Nacional de los Derechos Humanos se convierte en cómplice del poder, lo que muere no es solo la autonomía institucional. Lo que muere es la esperanza de justicia para quienes no tienen voz.