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Sin soberanía económica, no hay futuro.
Miguel Angel Millán Cancino / @MiAngel_Millan
miangel.millan@inperfecto.com.mx
Vivimos tiempos donde los vientos del comercio internacional soplan con fuerza, y no precisamente a favor. Desde la guerra comercial entre Estados Unidos y China, pasando por el auge del proteccionismo económico, el nearshoring, los tratados bilaterales y las tensiones geopolíticas en Asia, Europa del Este y Medio Oriente, el mundo está reconfigurando su manera de hacer negocios. Y, como era de esperarse, México está en medio del huracán… pero sin brújula clara, sin timón firme, y con un gobierno que parece más preocupado por quedar bien con Washington que por defender un modelo económico nacional digno y soberano.
La pregunta es clara: ¿tiene México una verdadera estrategia frente a esta tormenta comercial global? Y la respuesta es incómoda, pero necesaria: no. No una que sea integral, ambiciosa y con visión de futuro. Lo que tenemos son piezas sueltas, respuestas fragmentadas, y un plan —el llamado “Plan México”— que si bien suena prometedor en el papel, aún no demuestra impacto real sobre el terreno.
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El tablero mundial se movió, ¿y México?
Desde 2018, cuando Donald Trump inició su guerra comercial contra China —imponiendo aranceles por más de 550 mil millones de dólares— el mundo entendió que el orden económico global estaba fracturándose. Las cadenas de suministro globales colapsaron con la pandemia, y países como India, Vietnam y Polonia se reposicionaron como centros de manufactura alternativos.
En ese contexto, México tenía una oportunidad histórica: convertirse en la fábrica estratégica de América del Norte. El llamado nearshoring, o relocalización de cadenas de producción, prometía inversiones millonarias. En efecto, en 2023 México rompió récords de inversión extranjera directa, con más de 37 mil millones de dólares recibidos, y se consolidó como el primer socio comercial de Estados Unidos, desplazando incluso a China.
Pero detrás del optimismo oficial y de los discursos triunfalistas, la realidad es menos brillante. ¿Está esta inversión transformando nuestra economía, generando tecnología nacional, fortaleciendo el empleo digno? O, por el contrario, ¿estamos viendo el mismo modelo de maquila extendida, con salarios bajos, dependencia tecnológica y nula innovación local?
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Nearshoring sin soberanía: el nuevo rostro del viejo modelo maquilador
Según el Banco Interamericano de Desarrollo, México podría atraer hasta 35 mil millones de dólares adicionales cada año si aprovecha adecuadamente el nearshoring. Pero más del 70% de la inversión actual se concentra en pocos estados del norte —Nuevo León, Coahuila, Baja California— y va dirigida a corporaciones extranjeras que no integran cadenas productivas locales ni invierten en talento mexicano.
Ensambla México, pero no diseña. Transporta, pero no investiga. Recibe capital, pero no lo multiplica. El modelo es el mismo que desde hace 30 años: una economía que sirve de apéndice para las cadenas globales de valor, pero sin poder de decisión ni capacidad de innovación propia.
Y eso, en un mundo que se mueve hacia la automatización, la inteligencia artificial y las energías limpias, es una condena al rezago estructural.
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“Plan México”: ¿realidad o declaración de buenas intenciones?
En marzo de este año, la Secretaría de Economía presentó el llamado Plan México, un proyecto que, en palabras del gobierno, busca posicionar al país como una plataforma de producción de alta tecnología para América del Norte. Su narrativa gira en torno a la “prosperidad compartida” y a la idea de que se fortalecerán sectores estratégicos como electromovilidad, semiconductores y agroindustria.
Pero al leer el documento y analizar los pasos dados hasta ahora, surgen muchas dudas: ¿dónde están los mecanismos reales de transferencia tecnológica? ¿Dónde están los incentivos fiscales para fortalecer a las PYMES nacionales? ¿Qué coordinación se ha hecho con las universidades públicas, los centros de investigación, los gobiernos estatales?
A la fecha, el Plan México parece más un documento de marketing geopolítico que una hoja de ruta transformadora. Una respuesta a las exigencias de Washington, que busca crear un bloque económico frente a China, más que una estrategia de desarrollo autónomo. Un plan para los intereses norteamericanos, no para la soberanía productiva de México.
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El otro gran ausente: un verdadero plan industrial nacional
Mientras países como India y Brasil han lanzado ambiciosas políticas industriales con visión de largo plazo —integrando ciencia, tecnología, industria local y educación técnica— México no tiene hoy un plan industrial federal sólido y transparente.
No existe un programa nacional de innovación tecnológica digno de ese nombre. El sistema educativo sigue divorciado del aparato productivo, y la formación técnica está desmantelada. El CONACYT fue transformado en un organismo subordinado al discurso ideológico, alejado de su papel estratégico como generador de conocimiento útil para el país.
Y en contraste, el Estado sigue subsidiando a grandes empresas extranjeras, regalando terrenos, exentando impuestos, garantizando energía… pero sin exigir desarrollo local, innovación, ni encadenamiento productivo.
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Infraestructura colapsada, logística al límite
Otro obstáculo grave es la infraestructura. México no está preparado para soportar el crecimiento industrial que el nearshoring exige. Los parques industriales del norte están al borde de la saturación, y muchos ya enfrentan escasez de agua y electricidad, sobre todo energía limpia. Los puertos, como Manzanillo o Lázaro Cárdenas, tienen cuellos de botella permanentes. Las carreteras del sur son intransitables, y el corredor interoceánico sigue sin operar a pleno.
Y mientras tanto, el gobierno federal gasta miles de millones en obras como el Tren Maya —sin impacto logístico ni productivo real— y la refinería de Dos Bocas, que aún no funciona a capacidad y que va a contracorriente del mercado energético mundial.
No se está invirtiendo donde se debe. No hay planeación territorial. No hay priorización del desarrollo industrial.
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Estados Unidos: socio, dependencia… ¿o amo?
Hoy, más del 81% de las exportaciones mexicanas se dirigen a EE. UU. Y con la revisión del T-MEC a la vuelta de la esquina —prevista para 2026— y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la dependencia comercial se vuelve no solo un riesgo económico, sino un factor de vulnerabilidad política.
Ya hemos visto cómo Washington presiona con aranceles, condiciona políticas migratorias, impone inspecciones laborales y bloquea avances en energía. Y lo preocupante es que, en vez de diversificar nuestra estrategia, el gobierno mexicano parece decidido a entregarse aún más a esa relación asimétrica.
La Alianza del Pacífico está congelada. Las relaciones con América Latina son simbólicas. Y el comercio con Asia y Europa sigue siendo marginal. No hay liderazgo regional. No hay voluntad de construir autonomía.
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¿Y el nuevo gobierno?
A ocho meses de asumir el poder, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha mantenido una narrativa tecnocrática y moderada en materia económica. Ha dicho lo correcto ante los mercados, ha mantenido la estabilidad fiscal, ha dado continuidad a ciertas líneas de inversión.
Pero lo que no ha hecho es lanzar una verdadera política de industrialización nacional, ni establecer un pacto productivo entre Estado, empresas, universidades y trabajadores. No ha corregido el rumbo maquilador, ni ha puesto condiciones a las inversiones extranjeras. El Plan México es un primer paso, pero es insuficiente.
Y en el gabinete económico siguen brillando por su ausencia los perfiles con visión industrial, con experiencia en innovación, o con propuestas de largo plazo para que México no solo produzca, sino también diseñe, lidere e innove.
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Conclusión: sin soberanía económica, no hay futuro
Miguel Hidalgo no tomó las armas para que dos siglos después, México siga ensamblando productos con piezas extranjeras. Juárez no defendió la República para que hoy seamos un proveedor de mano de obra barata al norte. Y Cárdenas no expropió el petróleo para que el Estado se convierta en promotor de maquilas extranjeras sin regulación.
México necesita un nuevo modelo económico con rostro propio. Uno que integre ciencia, industria, talento, soberanía tecnológica y bienestar social. Necesitamos volver a planear, a pensar a largo plazo, a recuperar el rol del Estado como motor del desarrollo.
Porque si no, seguiremos siendo la periferia industrial de un imperio que no nos respeta, y el sueño del nearshoring se convertirá, como tantas veces en la historia mexicana, en una oportunidad perdida.




