Editorial

Cortar vínculos marchitos

#InPerfecciones
Si aprendimos a luchar por lo que queremos, con razón no sabemos soltar.

 

 

Karla Soledad / @kasoledad 
k28soledad@gmail.com

 

Terminar relaciones o vínculos afectivos es una de las muchas cosas que nadie nos enseña a hacer. Es una experiencia difícil y dolorosa para la que nadie nos prepara. De alguna manera hemos asociado el concepto de la felicidad y el éxito personal a las relaciones que tenemos, y por lo tanto el fin de una relación se convierte en un cuchillo de dos filos que hiere al doble también. Por un lado vivimos el dolor de la pérdida de ese vínculo, y por el otro vivimos el dolor de internalizar la pérdida como un fracaso.

 

Se trata de un tema áspero empezando por el hecho de que a veces no sabemos diferenciar entre un vínculo y una relación. Podemos perder vínculos que nunca llegaron a madurar en una relación, y aún así padecer la decepción y la tristeza de verlos deshacerse. Un vínculo es ese vato de Tinder con el que salimos durante un mes y que cuando nos ghosteó, nos dolió en el alma. Y podemos también perder relaciones importantes, largas y formales que desgarran aún más con el peso de los recuerdos, las ilusiones, las expectativas y las promesas que quedaron pendientes.

 

Es un terreno complejo porque cuando hablamos de perder vínculos y relaciones, de inmediato pensamos en el plano romántico o sexo-afectivo. Con el tiempo nos damos cuenta que también se rompen lazos con personas de otros círculos que componen nuestra vida y que duelen igual, más, y distinto que una pareja: lazos familiares, de amistad, profesionales, y demás. ¿A quién no le ha pasado que se repuso de una ruptura amorosa pero todavía no se repone de haber perdido una amistad?

 

Hace unos días me escribió una mujer con la que no soy muy cercana, pero estimo bastante. Me preguntó cómo es que aprendí a identificar en qué momento se debe terminar una relación. Me tardé algunas horas en contestarle porque su pregunta me hizo revisitar mi pasado y recordar algunos de los episodios más dolorosos de mi vida.

 

Al día de hoy, considero que soy una versión 2.0 de la mujer que fui antes. Mi versión actual es la más consciente, capaz y amorosa que he sido conmigo misma, y para llegar a ella tuve que atravesar una transformación tremenda. Antes llamaba a esta transformación mi “crisis existencial”, pero gracias a la diosa Breneé Brown, ahora la llamo “mi despertar espiritual”. 

 

Las pérdidas de relaciones más dolorosas que he vivido le sucedieron a mi primera versión, y con pesar admito que ninguna de esas relaciones terminaron por decisión mía. Durante mucho tiempo fui el tipo de persona que no supo cómo cortarlas, y prefirió aguantar maltratos, violencias y sufrimiento con tal de mantenerlas. Fui coleccionando vínculos marchitos como quien guarda los pétalos secos de las flores que no quiere desperdiciar.

 

Muches de nosotres crecemos con la idea de que hay que luchar por lo que queremos y que todo lo que vale la pena, cuesta trabajo. Esta fórmula nos funciona muy bien en cosas prácticas como pasar un examen, conseguir un trabajo o comprarnos un coche. Pero pierde sentido al aplicarla en las relaciones y los vínculos afectivos. Si aprendimos a luchar por lo que queremos, con razón no sabemos soltar.

 

Debemos atrevernos a reestructurar esa fórmula arcaica que vive en nuestra narrativa colectiva. Terminar una relación no representa un fracaso. La cantidad de personas en nuestra vida no define nuestro éxito. Aferrarnos a vínculos marchitos hiere más que dejarlos ir.

 

Los parámetros para evaluar la calidad de nuestras relaciones y decidir en qué momento debemos terminarlos dependen de cada quién. Una buena manera de dibujar esos parámetros es definir cuáles son los “no negociables” que no estamos dispuestes a traicionar por alguien más, pues son nuestras banderas de respeto y autocuidado.

 

Terminar una relación puede ser tremendamente liberador o profundamente doloroso, pero nunca será sencillo. Tomar la decisión consciente y voluntaria de alejarnos de personas que son importantes en nuestra vida pero ya no aportan nada en ella, es un acto feroz de amor propio.

 

#InPerfecta

 

Ilustración de Luisa Castellanos