#InPerfecciones
“Después de décadas de monopolio, corrupción y clientelismo, el PRI intenta levantarse de sus propias cenizas, pero cada truco digital y cada saludo a la cámara son un recordatorio de que México ya aprendió la lección: quien se sirvió del país no merece volver a gobernarlo.”
Eder Mendoza / @ai.edcissce
editorial@inperfecto.com.mx
El PRI fue durante décadas el país mismo. No gobernaba por amor, ni por patriotismo, gobernaba porque era el único que podía hacerlo y porque todo lo que se hacía o se dejaba de hacer recaía sobre él. Construyó carreteras, presas, escuelas; modernizó pueblos y ciudades; pero también reprimió, desvió recursos, colocó a familiares en puestos clave y administró al país como si fuera su hacienda personal. Nadie le dio ese poder: lo tomó, lo monopolizó y con él cargó la responsabilidad absoluta de transformar al país. Y lo hizo, sí, pero también se sirvió a sí mismo, y en esa combinación de deber y abuso sembró la semilla de su propia caída.
El documental PRI: Crónica del fin retrata la descomposición de un partido que se creía eterno. No murió por un golpe electoral, se desplomó por su propio peso: la corrupción, el clientelismo, el nepotismo, la arrogancia de sus dirigencias nacionales y la fuga de cuadros valiosos que se negaron a ser cómplices de la podredumbre. Los peores, por supuesto, encontraron refugio en Morena, demostrando que la mugre política no se pierde: solo cambia de camiseta. México aprendió a asociar al PRI no con desarrollo, sino con robo sistemático y abuso de poder.
Hoy, el PRI intenta renacer como influencer político. Videos emotivos, historias cotidianas, saludos, caminatas por la ciudad: todo pensado para aparentar cercanía y renovación, para negar sus culpas históricas y asegurarse de no desaparecer en los futuros procesos electorales. Pero no es solo el PRI; toda la clase política ha aprendido a usar estas herramientas como fachada: espectáculo digital que simula transparencia mientras esquiva responsabilidades. Como ha señalado Brenda Xiomari Magaña Díaz, muchas veces lo que se presenta en redes sociales es solo “una falsa transparencia performativa”: una puesta en escena que emociona, que da la sensación de acceso y cercanía, pero que no necesariamente informa ni permite un verdadero escrutinio público. Lo que hacemos al mirar estas estrategias es entender que comunicar no equivale a transparentar; mostrar un video de tu día o un saludo a la cámara no reemplaza asumir responsabilidades ni rendir cuentas. La transparencia no es un acto de exposición, es la base sobre la que se construye la confianza, y sin ella, ningún vínculo, institucional o social, puede sostenerse. El PRI lo entiende: ejecuta este teatro con la misma destreza con la que sabe que debe sobrevivir al siguiente ciclo electoral sin perder control, mientras todos los demás partidos han aprendido a imitarlo a su manera.
Pero no está solo. La política mexicana se ha convertido en un circo de tres pistas: el PRI que no termina de extinguirse, los demás partidos que esperan su turno y Morena, el gran supuesto cambio, que resulta ser el PRI con botox. Morena prometió ser distinto, pero su esencia es la misma: clientelismo, corrupción, caudillismo, soberbia y simulación. Su color cambió, su himno cambió, pero no su ADN. Y mientras juran representar al pueblo, administran al país como si fuera un botín, repitiendo los mismos errores que enterraron al dinosaurio.
El PAN tampoco escapa a la farsa: vende moralinas mientras oculta sus propios desfalcos. Movimiento Ciudadano se resume en jingles pegajosos y coreografías virales. Todos los partidos, a su manera, se han sumado a la misma lógica: ganar siempre y servir poco o nada. La política mexicana se volvió espectáculo, y el ciudadano, simple espectador.
El PRI tuvo la responsabilidad histórica de transformar México y la desperdició. Morena tiene la misma responsabilidad y parece decidido a desperdiciarla de la misma manera. Y el resto de los partidos sigue esperando su turno para subirse al escenario de esta tragicomedia. En México, los partidos siempre ganan y el pueblo siempre pierde. La política se repite como un ciclo interminable de promesas vacías, corrupción disfrazada y espectáculo digital. La verdadera crónica del fin no es solo la del PRI, es la de la credibilidad de toda la política mexicana, que cada día se hunde más en la simulación, el teatro y la soberbia de quienes nunca aprendieron que gobernar significa servir.




