#InPerfecciones
“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”. García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.
Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com
Parece que el tiempo que separa el ayer en el que valorábamos lo inútil se encuentra a una distancia eterna del presente. Hacer una llamada, jugar en el patio con amigos, ir a cenar con familiares; todo implicaba un quehacer ritual. Dedicación y tiempo de preparación. El presente es testigo de nuestra metamorfosis: nos hemos convertido en devoradores del instante. No le permitimos al segundero dar tan siquiera una vuelta. No es mentira afirmar que hemos vuelto ordinario lo sacro; hemos normalizado lo que antes nos parecía increíble.
Inmersos en este frenesí tan característico del presente, hemos obviado elementos y actitudes que antes eran únicas y exclusivas. Con el paso del tiempo, la democratización del conocimiento ––hasta cierto punto y a expensas de varios matices–– nos ha hecho olvidar lo valioso de la formación. Hace no mucho, pocas personas podían aspirar a un nivel de educación superior. Las universitas medievales (corporaciones de alumnos y maestros) no estaban abiertas para todos los que anhelaban presenciar una disputatio. Las mentes enciclopédicas de aquellos tiempos sí que han sido sepultadas por el olvido. En cambio, hoy ya no es motivo de escándalo que una persona decida no completar sus estudios universitarios. Ser influencer, freelancer o un “autodidacta de la vida” par para algunos como más atractivo. ¡Sí que han cambiado nuestras visiones del mundo!
Sin embargo, parece que, a pesar del tiempo transcurrido y el profundo cambio de mentalidad, seguimos sin asimilar el verdadero significado de la universidad. En este punto, he de hacer énfasis en que no pretendo hablar sobre este tema como si yo tuviera la verdad absoluta. Mis intenciones se alejan de exponer un dogmatismo o fanatismo ciego, simplemente pretendo darle vida ––a mí manera–– a un concepto que tantas veces ha sido incomprendido.
Me atrevo a plantear un caso. Un estudiante que transita todos los días hacia su campus en compañía del luciferino tráfico de la Ciudad piensa que ‘universidad’ refiere a un conjunto de edificios, materias y actividades que se desarrollan en un periodo de tiempo conocido como ‘semestres’. Claro, este alumno asiste a sus clases, entrega tareas y se conflictúa cada vez que intenta recordar en qué lugar estacionó su automóvil. Para él, no hay nada detrás de esta gélida monotonía. Ir y venir; estudiar y reprobar; subir y bajar. La universidad, a sus ojos, no es más que una secuencia de grises, una promesa jamás cumplida. ¿Cómo podemos juzgar a nuestro alumno si los mismos promocionales de las universidades presumen la inmensidad de sus instalaciones y la tecnología que poseen? Ellas mismas han ejecutado, con rigor y precisión, su condena. La universidad, fruto de una cruel mutilación, no es más que un espacio material con una mascota linda que aparece en los partidos sabatinos de americano: ¡bello suicidio!
Cada vez es más común este pensamiento. La universidad, entonces, queda reducida a una condena que ha de ser cumplida. Asistir a clases, estudiar una carrera que nos disgusta porque nuestros padres no quieren que “muramos de hambre”, o peor aún, porque no somos tan siquiera capaces de interesarnos por algo que nos mueva e ilusione retrata el vacío existencial que tenemos dentro. Es en este punto donde se puede vislumbrar el verdadero significado de universidad: más que un conjunto de edificios y horarios tediosos, la universidad nos permite dar sentido, nos ayuda a desplegar lo que hay de esencial en nosotros; en palabras de Heidegger, “el proyecto”.
El hecho de que se nos denomine universitarios no es trivial. Hay una construcción y referencia a nuestra identidad en dicha expresión. Ser universitario tiene, de suyo, un ser propio, no cualquiera puede serlo. Así, una simple palabra que resalta la pertenencia nos configura de manera profunda. Para las almas viejas que, yacen melancólicas, recordar sus épocas universitarias les permite experimentar un cariño imborrable, un amor sincero como el que se le tiene a lo que pudo dejar huella en nuestro corazón, en la intimidad más secreta de lo que fuimos, somos y seremos. Con esto: ¿la universidad sigue siendo solo una esclavitud disfrazada?
Si seguimos esta ruta de pensamiento, podemos descubrir algo más profundo. La universidad, idealmente, debería entenderse como el espacio que propicie el desarrollo de un proyecto, sobre todo, de un proyecto de vida. Sin embargo, para poder llevar a cabo tal proyecto hay elementos indispensables, uno de los más importantes es la libertad. ¿Cómo podría alguien plantearse una meta y dar sentido a sus objetivos si no es libre? Determino una ruta a seguir precisamente porque soy libre y decido caminar por una senda específica. En el fondo de la persona reside un anhelo innegable de autenticidad que solo es inteligible a la luz de la libertad. Soy quien soy porque me he definido en algún momento y, sobre todo, porque así lo he querido. Querer, véase en el hombre, resulta inseparable de la libertad.
No deseo, querido lector, hacer algunos apuntes sobre la persona humana, empero, sí creo que al hablar de la universidad el término de persona es indispensable para un tratamiento serio del tema. Por ende, si me es concedido lo anterior, la universidad no puede entenderse sino como el espacio donde aprendemos a ser libres ––un anhelo que, en cierta vena kantiana, es metafísico––. Asistir a la universidad no puede reducirse a impartir o recibir clases. Ser estudiante universitario es una gran responsabilidad, es un momento culmen en la formación del carácter donde decido lo que seré y aprendo a ver una realidad que antes apenas podía barruntar. Con atrevimiento, puedo asegurar que lo que se aprende en esta etapa podría describirse como la adquisición de una madurez orgánica: construyo mi presente mientras volteo hacia el futuro. En palabras de Carlos Llano, la universidad es menester en la medida en que el hombre “es un ser de proyectos, en tensión permanente hacia lo que todavía no es”.[1]
Así, el peso de la libertad no deja de ser agobiante. No obstante, ¿por qué es así? Es aquí donde quiero resaltar un segundo punto que estimo de gran valor. La libertad, insólita como es, implica una gran carga, un yugo que a diferencia del de Cristo no es ligero. Asumirnos libres conlleva, necesariamente, estar dispuestos al error, bajar las defensas para equivocarnos una y mil veces más. Claro, como diría Cervantes en boca del Quijote “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”[2], sin embargo, conlleva una responsabilidad todavía mayor. La universidad, en este tenor, será entonces el espacio para errar, pero sobre todo, para configurar quiénes somos a partir de ellos.
Las instituciones educativas, pienso que desde un inicio, han tenido la meta de enseñar, de procurar una sólida transimisión de conocimientos. Con todo, nadie podrá negar que no hay manera más eficaz de no olvidar lo aprendido cuando el medio para tal aprendizaje es el error. Un joven licenciado jamás olvidará qué es la jurisprudencia tras haber sido el ridículo del docto constitucionalista. Un niño entenderá la gravedad de mentir tras la reprimenda de sus padres. Un adolescente no olvidará la importancia de la sobriedad después de casi haber ocasionado un accidente vial por su escandaloso estado de ebriedad. Como señalaría Descartes en sus Meditaciones metafísicas, la causa del error bien puede asociarse con el libre albedrío, con el facere de nuestra libertad. De este modo, la universidad, como deber moral, tiene que promover el error. No quiero que se malinterprete lo que digo. No promuevo la mediocridad, el desacierto o la vida de vicios y desviaciones, simplemente considero que la universitas necesita convertirse en el momento cúlmen de la equivocación. Si la voluntad no está fijada, hay libertad y si hay libertad, es menester aprender a ejercerla.
Enanos en hombros de gignates. En efecto, lo somos. Darnos cuenta de nuestra pequqeñez nos hace salir de ella. La universidad debe impulsar aquel sentimiento, aquel miedo que se siente al advertirse ignorante de tantas y tantas cosas. Goethe entrevía tal cosa cuando expresaba en su Fausto la impotencia ocasionada por vislumbrar lo que no se sabe. ¡Aquí estoy, pobre tonto! Y soy tan sabio como antes […] y veo que no podemos saber nada”[3], decía. Yo solo agregaría una cosa. No se puede saber nada si el conocimiento no posee un correlato práctico. Aprendí lo bueno de lo malo y lo justo cuando le hice frente a ello en medio del mundo. Supe nadar porque me aventé al agua. El saber de la libertad, semejante al de andar en bicicleta en su proceder, no es meramente teórico, es performativo y disposicional. Debo aprender en el mundo del hacer, en el mundo de la alteridad siguiendo a Hannah Arendt.
Si se piensa con detenimiento este planteamiento es auténticamente paradójico. Aprendemos para evitar el error, pero este aprendizaje se da en la medida en que existe el error. Acierto porque el error existe. Dejar de satanizar el error es un buen primer paso. Siempre y cuando el desacierto permita edificar lo correcto, debemos propiciarlo a toda costa. ¡Qué mejor si este este proceso de aprendizaje se da en medio de personas que hayan vivido mucho más que yo! La universidad es valiosa, en gran medida, por eso: en ella no hay soledad. Si una persona voluntariamente desea aislarse eso es un caso distinto. Madurar de la mano de un maestro y de un amigo hace que mi vida florezca en la más fértil de las tierras y como dice la Escritura: “por sus frutos los conoceréis”.[4]
Por tanto, la universidad no es solo un espacio interdisciplinario con innovación tecnológica, es mucho más que eso. Como alguna vez le escuché decir a un brillante profesor, si se busca innovar en un mundo donde todos innovan, la mejor manera de innovar es no haciéndolo. Ser disruptivo no es malo siempre y cuando la disrupción sea para bien. Si los valores de una institución se han de poner en juego por meras ventajas competitivas contra otras marcas, ¡qué error tan grande se comete! Para ser auténtica universitas debe haber una cimentación de valores que dejen cabida al error y a la libertad, en pocas palabras, a la propia humanidad. La universidad, pese a las modas, debe ser el situs donde se pueda contemplar el ejemplo y mover la voluntad para quererlo. La universidad, desde sus cimientos, tiene una deuda eterna con la formación de la persona ––al menos así debería de ser––. Si no es en esta comunidad donde podemos apreciar la fortaleza del ejemplo donde lo haremos. Garantizar un correcto despliegue del proyecto humano no es otra cosa que dialogar con el alma del hombre. “Es imposible concebir una determinación del querer que no se inspire en un modelo. La acción moral se organiza siempre en función de un ideal”[5]. Educar la voluntad, como anticipa Perret, es impensable sin un modelo visible.
La universidad, garante de una labor tan bella como es la de asegurarse que el hombre se encuentre a sí mismo, no puede flaquear en lo esencial: enseñarle a ser lo que es, enseñarle a ser libre. No en vano, alguna vez habremos escuchado la determinada frase Ubi spiritus, libertas.[6] Si no es en la universidad, ¿dónde encontraremos lo que somos?
Bibliografía
Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha, Parte II, Capítulo LVIII (ed. Real Academia Española, Cátedra, Madrid, 2004, p. 1125-1126).
Goethe, Johann Wolfgang von. Fausto. Traducido por Genoveva Dieterich. Madrid: Alianza Editorial, 2015.
Llano, Carlos. Análisis de la acción directiva. 20a reimpresión. México: LIMUSA Noriega Editores, 2015.
Perret, Marie-Charles. «La notion d’exemplarité». Revue Thomiste, XIX, IV, no. 96-97 (1941): 446-69.
#InPerfecto
[1] C. LLANO, Análisis de la acción directiva, p. 184.
[2] CERVANTES, Don Quijote de la Mancha, Parte II, Capítulo LVIII (ed. Real Academia Española, Cátedra, Madrid, 2004, p. 1125-1126).
[3] GOETHE, Fausto (1808). vv. 354–364
[4] Mt. 7:16-20.
[5] M.-C. PERRET, La notion d’exemplarité, p. 446.
[6] 2 Cor. 3:17




