#InPerfecciones
“Si la política es ring y nosotros público cautivo, exige tarjetas de puntuación—asistencia, votos y gasto—; menos golpes, más resultados”
Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com
Suena la campanilla, pero no para abrir debate sino para dar función: focos, humo, trompetillas, el “¡pum!” del confeti. En la pista central, dos veteranos del espectáculo patriótico se empujan frente a las cámaras; uno brinca a la tribuna como acróbata en celo, el otro responde con la enjundia teatral del histrión que sabe dónde está el lente. ¿Deliberación? No. ¿Argumentos? Menos. Es show, puro show. En cuestión de segundos, el Senado deja de ser cámara para ser carpa y nosotros, los contribuyentes, boleto pagado. El intercambio reciente de empujones y manotazos entre Alejandro “Alito” Moreno y Gerardo Fernández Noroña —ahí está el video, el ángulo, el meme listo— lo confirma: el Parlamento ya compite en la liga del reality. Y como todo circo, el número principal necesita remate: una frase breve, inflamable, digna de trend. Para eso está Noroña, que ya no habla para convencer sino para “romper” en nueve segundos: “yo no tengo obligación de ser austero”, dice, y el algoritmo brama satisfecho. Nadie pregunta por la lógica del argumento ni por el efecto presupuestal de las decisiones; lo que importa es la pieza cortada a la medida de la indignación compartible.
Conviene, sin embargo, detenerse en la aritmética de la farsa. Mientras la carpa legislativa se hace viral, 33,241 mexicanos fueron asesinados en 2024, una tasa cercana a 25.6 por cada cien mil habitantes. Ese dato no es un clip ni un chiste: es un país que se desangra. Y sin embargo, cada función de golpes en el Congreso ocupa un espacio informativo que podría destinarse a discutir en serio cómo reducimos la violencia, cómo se financia la prevención, por qué fallan las coordinaciones locales o dónde se atascan las carpetas de investigación. La espectacularización del pleito es, también, un mecanismo para expulsar de la conversación lo que duele, lo que cuesta, lo que exige trabajo político fino.
La otra ecuación es la de la confianza. Latinobarómetro ha mostrado una mejora en la percepción del Gobierno, pero el Congreso no levanta: apenas un tercio de los ciudadanos declara confiar en él; el Poder Judicial apenas un poco más. Si usted fuera estratega de partido y leyera esos números, ¿qué haría? Exacto: convertir cualquier sesión en reality para neutralizar el desprestigio con entretenimiento indignante. A falta de prestigio, rating. El modelo es transparente: se premian las escenas con más engagement, no las que mejoran la ley. Entre tanto, México sigue entre los miembros de la OCDE que más horas trabajan al año —poco más de 2,100— y la política devuelve
menos resultados que un reloj sin pilas: nos roba tiempo con trifulcas mientras las reformas se empolvan.
No nos engañemos: el *show* no es accidente, es método. Sostiene su propio trípode. Primero, la distracción: la pelea o la frase ocupa la portada, el feed y la sobremesa; lo urgente —seguridad, salud, escuelas sin agua, presupuestos opacos— pierde foco porque el enojo rinde más clics que cualquier minuta. Segundo, la inversión moral: el agresor se declara víctima (“me provocaron”); el que insulta exige respeto; el que viola el reglamento se presenta como paladín del pueblo. Agotado, el auditorio —usted, yo— normaliza la violencia como “parte del calor político”. Tercero, la recompensa inmediata: los videos de la gresca alcanzan millones; las sesiones donde se revisa la letra pequeña de un proyecto de ley apenas congregan centenares. La clase política lo aprendió y, como todo elenco que mide su éxito con views, repite el acto.
Sería fácil achacarlo a temperamentos o a la decadencia de las formas, pero hay algo más hondo: una economía de la atención desbalanceada que convierte la república en pasarela. El termómetro democrático no se toma con puñetazos, sino con algo mucho menos fotogénico: si un periodista puede trabajar sin amenazas, si las cifras delictivas bajan en los municipios donde gobiernan quienes hoy reparten insultos con la misma facilidad con que reparten flyers, si el gasto legislativo se justifica con evidencia y no con adjetivos. Lo otro —el acaloramiento performático— sirve para que los actores de siempre administren la reputación con fuegos artificiales mientras el foso de la orquesta (políticas públicas) toca sin partitura.
Bajemos el volumen con tres simples recordatorios que no suelen caber en los reels. Uno: la violencia no cede con discursos ni memes; se enfrenta con diagnósticos honestos, presupuestos sostenidos, evaluación y, sí, coordinación intergubernamental que no se cancela a manotazos. Dos: la confianza parlamentaria no se recupera a empujones, sino con procedimientos que blindan el debate de la arbitrariedad, con transparencia que permita auditar la vida real de una iniciativa desde que se presenta hasta que se aplica. Tres: el tiempo de la ciudadanía, ese que ya gasta más de 2,100 horas al año en el trabajo, no es de libre disposición del político; una cultura pública que malgasta nuestra atención es otra forma de corrupción.
Ahora bien, diagnósticos hay miles; lo que faltan son hábitos ciudadanos que los vuelvan exigencia. Propongo por eso un pequeño experimento —un boicot de la audiencia— que cualquiera puede ejecutar sin permiso y sin costo: treinta días sin compartir peleas, insultos, riffs virales o chistoretes de nuestros representantes. A cambio, que inundemos redes, chats y sobremesas con tres exigencias verificables y mínimas para todo legislador. La primera es un tablero público de desempeño en tiempo real: asistencia, votaciones, iniciativas y su calidad técnica, contratos de asesores y gasto de casa de gestión, todo en un panel único, legible, descargable y estandarizado. Si el político quiere
engagement, que lo gane con evidencia. La segunda es una verdadera cláusula de decencia parlamentaria: quien incite o participe en agresiones físicas pierde comisiones y acceso a tribuna por treinta días sin goce de dieta, sin subterfugios, sin “me calenté”; el espectáculo sale caro y lo paga el artista. La tercera es un “diezmo de atención”: cada legislador debe dedicar al menos el diez por ciento de sus publicaciones semanales a explicar una política pública —una sola, por semana— con datos y presupuesto, fuentes obligatorias y un formato entendible, dos minutos como máximo y referencias a documentos oficiales. No más reels de humo: dos minutos de sustancia o silencio.
Dirá alguien que eso es ingenuo, que la lógica de la bestia digital no se doma con buenos modales. Pero el algoritmo es menos místico de lo que parece: se alimenta de lo que le damos. Si dejamos de premiar el zape y empezamos a premiar la rendición de cuentas, si no compartimos el clip del golpe y sí compartimos el tablero de desempeño del legislador por el que votamos, si cada quien pregunta por el costo fiscal de la última ocurrencia y por su evaluación de impacto, la pista se queda sin público y, sin público, no hay función. No se trata de derrotar a nadie en lo ideológico, sino de subir la vara igual para todos: el priista que brinca a la tribuna, el morenista que convierte el hemiciclo en ring, el independiente que finge ser malote, la senadora que corre al late night a ensayar chistes. Nadie queda fuera del espejo.
El lector perspicaz objetará —con razón— que el problema antecede a las redes y que el espectáculo es apenas una traducción contemporánea del viejo taconeo parlamentario. Así es. La novedad no está en el teatro, sino en su escala y en su capacidad de devorarlo todo. Antes, el berrinche llenaba un salón; hoy coloniza la conversación nacional. Precisamente por eso hace falta un antídoto cotidiano, pequeño, repetible, que no dependa de la voluntad del actor sino del criterio del público. Nada le teme más un showrunner que a la indiferencia; aprendamos a administrarla con inteligencia, reservándola para la farsa y reservando nuestra energía —nuestro click, nuestro share, nuestro like— para aquello que, sin fuegos artificiales, sostiene la casa común.
Los países, como las personas, terminan pareciéndose a aquello a lo que le prestan atención. Si la nuestra se va en cuentas falsas, golpes de utilería y frases de cómico, acabaremos pareciéndonos a un reality barato. Si, en cambio, la convertimos en exigencia, dato, procedimiento, podremos, por fin, cambiar el libreto: que la sesión vuelva a ser sesión, que la tribuna vuelva a ser tribuna, que el disenso vuelva a ser argumento y no zancadilla. La próxima vez que le aparezca en el celular una escena del Senado en formato ring, haga el experimento: no la comparta. Envíe, en su lugar, el tablero de desempeño del legislador de su distrito y pregúntele —en público, con calma— por su última propuesta, su costo, su evaluación. Si tres amigos suyos hacen lo mismo, el algoritmo entenderá. Y si el algoritmo entiende, la política obedecerá.
Gobernar no es trendear. Representarnos no es actuar. México merece instituciones que honren el tiempo de su gente y no lo desperdicien en la pista de una carpa cada vez más triste. Y, sobre todo, merece un público que no aplauda por inercia: que le encienda la luz al escenario cuando haya razones y que, cuando la función sea pobre, se levante en silencio, devuelva su entrada simbólica y salga a exigir, con elegancia y terquedad, que reabran el teatro de la República. Porque si no les aplaudimos, tal vez por fin se bajen del escenario.
Un abrazo.




