#InPerfecciones
El auge globalizador se sustentaba en una teoría económica impecable: la ventaja comparativa del intercambio comercial a escala mundial
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Cuando allá por los años ochenta arrancó la fiebre del comercio internacional contemporáneo, los países se fueron incorporando de poco a poco a lo que terminaría llamándose globalización. El cambio de rumbo se debió a la combinación del declive del viejo estado de bienestar (símbolo de la política social expansionista que ya manifestaba incapacidad para mantener el financiamiento a los amplios programas públicos) con el giro hacia lo que terminaríamos conociendo como políticas neoliberales.
Esta etapa de auge globalizador se sustentaba en una teoría económica impecable: la ventaja comparativa del intercambio comercial a escala mundial abría un abanico de beneficios dado que “establece que cada país se beneficia si se especializa en la producción y exportación de los bienes que puede producir con un costo relativamente bajo e importando los bienes que produce con un costo relativamente alto”, de acuerdo a la definición dada por los ganadores del Nobel de Economía (en años distintos) Paul Samuelson y William Nordhaus, en quienes Microeconomía con aplicaciones a Latinoamérica, escrito junto con José de Jesús Salazar y Raymundo Cruz Rodríguez.
Otro ganador del Nobel de Economía, Paul Krugman, da una definición parecida en Fundamentos de economía (coescrito con Robin Wells y Kathryn Graddy): “un país tiene ventaja comparativa en la producción de un bien o servicio si el costo de oportunidad de producir ese bien o ese servicio es menor en su país que en otros países”. Es decir, como ningún país puede producir todos los bienes y servicios a bajos costos, se establecen cadenas globales para que cada país vaya produciendo para exportar aquello en lo que es eficiente
Pongamos, por ejemplo, pantalones de mezclilla. Mientras un país importa bienes que le son más costoso de producir, como los tenis deportivos, al mismo tiempo, ese país exporta pantalones de mezclilla, cuya producción es a menor costo de manera local, ya sea por mano de obra más barata o por acceso a insumos a menor precio. Sin embargo, hay que tener presente que las ventajas, como en los deportes, no son para siempre y pueden estarse modificando con el paso del tiempo: la mano de obra barata y poco calificada es una ventaja para ciertos productos, mientras que, para otros, lo que se requiere es de una alta especialización.
El libre comercio provocó que los países desplazaran su producción, o parte de ella, a otros países para poder obtener esa ventaja comparativa. Por ejemplo, México impulsó la producción del sector automotriz, mientras que países asiáticos se dedicaban a elaborar total o parcialmente los teléfonos celulares. De esta forma, tanto los autos como los celulares tuvieron menores precios a la venta.
Que el libre comercio trae beneficios lo demuestra que en México, el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá fuera implementado por Carlos Salinas de Gortari y defendido 30 años después por Andrés Manuel López Obrador. Dos maneras de entender la economía de forma opuesta, pero en ambos casos, defendiendo el libre comerio. La razón es por su impacto económico positivo.
Las exportaciones de México hacia Estados Unidos antes del TLC, en 1993, representaban el 82% de total de exportaciones, mientras que las importaciones alcanzaban el 70%; para 2022 las exportaciones desde el vecino país del norte se mantenían cercanas al 80%, a la par que las importaciones caían al 44%. Si vemos de manera aislada las cifras, podríamos coincidir con Trump de que el TLC solo benefició a México, sin embargo, la realidad es más compleja y no está en blancos y negros. Ya alguien ha mencionado que es como si yo le pago a mi peluquero pero no le vendo nada, tengo un déficit con él.
El libre comercio no es de ida y vuelta, sino que involucra a muchos países. De hecho, las cadenas de producción globales significan precisamente eso, que los componentes de los autos o de los celulares provienen de muchos países, por lo que no es tan fácil definir quién gana o quién pierde. En 1993 las importaciones de China representaban el 0.65% del total de importaciones a México, al tiempo que las exportaciones eran del 8.5%; en 2022, las importaciones de China representan el 20% del total nacional, mientras que las exportaciones eran del 2%. Si siguiéramos la lógica trumpiana, habría que aplicarle aranceles a China.
Pero como el comercio exterior no es un juego de suma cero entre 2 participantes, basta con echarle un vistazo al crecimiento de las economías para darnos cuenta de que el saldo en general es positivo. Con datos del Banco Mundial, el valor del PIB a precios actuales creció en México de 530.16 mil millones de dólares en 1993 a 1,789.1 mil millones de dólares en 2023 (o su equivalente 1.78 billones), un crecimiento del 230%. Por su parte, en Estados Unidos el crecimiento fue de 6.86 billones de dólares en 1993 a 27.72 billones en 2023, representando un incremento de más del 300%.
De esta forma, no tiene lógica el alza arancelaria iniciada por los Estados Unidos, dado que “los estudios históricos muestran que los aranceles de represalia suelen llevar a otros países a elevar aún más los suyos y que rara vez constituyen un arma de negociación eficaz para la reducción multilateral de los aranceles”, nos alertan Samuelson y Nordhaus. Los aranceles sirven para apuntalar sectores considerados estratégicos por los países, como el trigo para Francia o el arroz para Japón, pero son ineficaces si la pretensión es proteger a toda una economía nacional. Además, si la pretensión es combatir económicamente a China, por qué atacar al resto del mundo.
En este escenario de alza generalizada de aranceles y con una visión proteccionista, ganan los productores, que de repente se quedan sin competencia externa, y gana el gobierno que recauda más impuestos directos, aunque la economía pueda estancarse. Sin embargo, debemos tener presente que, como bien precisa Krugman, cuando los aranceles suben “los productores ganan, el gobierno gana y los consumidores pierden. Pero las pérdidas de los consumidores son mayores que las ganancias de los productores y del gobierno”. Los platos rotos los terminan pagando los consumidores.




