Editorial InPerfección Principal

PINTAR LA CIUDAD

#InPerfecciones
“Una calle bella es un puente social, una plaza bella multiplica encuentros improbables, una noche bella no necesita soldados: necesita faroles.”

 

Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com

 

Yo no sé ustedes, pero a mí me faltan pulmones cuando la banqueta juega a ser Guadiana: aparece, desaparece, vuelve como fantasma y me deja en media calle —esa jungla donde la bocina pide perdón gritándome al oído. Y, sin embargo, ahí mismo, en el empedrado que sobrevivió a la arrogancia del asfalto, me sorprende una jacaranda de octubre y recuerdo la idea más simple y más terca que conozco: las ciudades necesitan belleza como el cuerpo necesita aire. No porque la belleza sea un lujo de catálogo, sino porque sin ella no hay habitar, sólo sobrevivir en fila india.

 

La intuición es antigua y obstinada. En República, Platón llama al filósofo “pintor de repúblicas” y a la ciudad “la más bella pintura” (VI, 501c): no es un mural para Instagram, sino el acuerdo afinado —como una lira— entre casas, plazas y palabras. Cuando falla la afinación, la polis se descompone en tiranía o en anarquía: un solo solista que grita o un coro que se dispersa (VI, 497d). Hannah Arendt, con su lucidez de bisturí, recordó que la política es “estar-juntos de diversos”; y para que los diversos se encuentren, el escenario material importa. Un buen foro no hace por sí mismo una buena obra, pero una buena obra no sobrevive en un foro que se cae a pedazos. Tomás de Aquino, que muchos leen sólo con lentes teológicos, dejó una brújula estética de bolsillo: pulchra dicuntur quae visa placent —“llamamos bellas a las cosas que, al ser vistas, complacen” (S. Th., I, q. 5, a. 4 ad 1). La frase no es frivolidad: si complace porque está bien ordenado, entonces sostiene la vida en común. La belleza, cuando es de veras, no es cosmética: es orden respirable.

 

Admítase una terquedad: la ciudad bella no es la que exhibe monumentos sino la que hace digno el trayecto entre la puerta y la esquina. El arte urbano está en lo cotidiano, no en la postal. Aristóteles sospechaba que las cosas se juzgan por su érgon, su tarea: una cuchara de madera puede ser más bella que una de oro si sirve mejor para el guiso (Hipias Mayor 289e–290d). En términos urbanos: una banqueta continua y sombreada es más bella que veinte esculturas dispersas si con esa banqueta —¡al fin!— las personas caminan, conversan, se encuentran. No es romanticismo; es fisiología cívica. En el parque que huele a árboles, no a tubo de escape, el pulso baja, la lengua se suelta: la belleza dispone el ánimo hacia la concordia como el buen café dispone la conversación.

 

Sé que aquí suele aparecer el argumento de sobremesa: “la belleza es subjetiva”. Y sí, nuestras preferencias varían, pero hay umbrales más tercos que el gusto. Todos reconocemos la amenaza en la fealdad que envenena: la banqueta rota que te obliga al salto olímpico; el paso cebra borrado; el muro que te arrincona contra la velocidad; el arroyo de aguas grises que delata la insalubridad; el ruido que aturde hasta la ira. La fealdad urbana es una pedagogía de la desconfianza. La belleza, en cambio, enseña calma, tiempos compartidos, cortesía. Platón vinculó lo kalón —lo bello— con el pensamiento (Crátilo 416d): lo bello es aquello dispuesto de tal modo que el entendimiento lo abraza sin violencia. Por eso atrae: porque promete vida no amenazada.

 

La Ciudad de México —permítanme la herejía— está dispuesta “de la peor de las maneras” para el peatón. Falta continuidad, sobra estruendo, y la materia urbana se nos vino encima como avalancha sin partitura. La consecuencia no es estética en sentido frívolo: es política, porque sin escena decente no hay diálogo decente. Heidegger lo formuló con su alemán de roca: bauen–wohnen–denken; construir debería nacer de la esencia de habitar (“Bauen, Wohnen, Denken”, 1951). Traduzcámoslo al llano: primero aprendamos a habitar y luego diseñemos; no al revés. Si la escala de la ciudad excede el alcance de la voz y de la mirada, el otro se vuelve rumor, y el rumor se vuelve miedo. Las “ciudades de 15 minutos”, más que moda, recuerdan lo obvio: nuestros sentidos miden la ciudad; si para comprar pan debo vencer una autopista, la autopista se tragó a mi vecino. La megalópolis que se ufana de sus segundos pisos vuelve poroso el espacio público, y uno termina refugiándose en “aldeas” privadas donde ya no hay pólis, sólo club. Y el club podrá ser cómodo, pero no es el lugar de la palabra: es el lugar del eco.

 

No hablo desde un cielo platónico sin baches: hablo con los pies. Cualquiera puede reconocer la “escena buena” cuando aparece, como quien reconoce una risa querida entre el gentío. Piense el lector en un lunes cualquiera sobre Avenida Nuevo León (o su equivalente en cualquier barrio que se respeta): la banqueta se ensancha, el árbol sombrea, el café pone dos mesas al ras de la conversación, un saxofón se atreve al Autumn Leaves, pasa un ciclista y —¡milagro!— no interrumpe a nadie, un coche se detiene antes de las líneas blancas, una niña preguntón pregunta por una estatua (“una mujer con alas, mi amor”), la tarde se hace tiempo. No hubo un monumento; hubo un orden. Lo demás lo sobreescribió la vida. Para multiplicar esa estampa bastan tres decisiones tan prosaicas como revolucionarias: continuidad (banquetas completas, ojalá arboladas), jerarquía (primero el peatón, luego la bici, después el transporte público, al final el coche) y mezcla (usos diversos para que la plaza no muera a las seis). Todo lo demás —la “iconicidad”, las firmas de autor, los brillos— puede esperar.

 

No es ingenuidad; es programa político. “La ciudad —dice Aristóteles— existe para vivir bien” (Política 1252b). Vivir bien no es consumir rápido, sino convivir con gracia. Y la gracia, en urbanismo, se llama proporción: anchos humanos, distancias caminables, ritmos legibles. Ambrogio Lorenzetti lo pintó con ferocidad pedagógica en Siena: bajo el Buen Gobierno, la ciudad florece; bajo el Mal Gobierno, se calcina (1338–1339). No porque el pincel sea moralista, sino porque la materia urbana obedeció —o no— a un logos compartido. Cuando el logos está ausente, la ciudad se vuelve no-lugar (Marc Augé), pura agregación sin sentido. Entonces la política pierde su teatro y se refugia en la pantalla. Y la pantalla —lo sabemos— no huele a jacaranda.

 

Permítanme la confesión: he terminado por creer que la belleza urbana es la forma civil de la hospitalidad. Te desarma el ceño, te obliga a bajar la guardia, hace posible el “buenos días” que abre puertas. También gasta menos ambulancias: menos atropellos, menos contaminación, menos estrés. Hay métricas que lo confirman (los urbanistas las recitan de memoria), pero aun sin números, el cuerpo lo sabe; el cuerpo es el primer urbanista: mide con pasos, juzga con pulmones, decide con pupilas. De ahí la urgencia de que las políticas públicas abandonen la obsesión por la “obra visible” y adopten la ética de la “obra caminable”. Una calle bella es un puente social. Una plaza bella multiplica encuentros improbables. Una noche bella no necesita soldados: necesita faroles.

 

Referencias:

Arendt, H. (1958). The Human Condition. Chicago: The University of Chicago Press.

Aristóteles. Política, 1252a–1253a

Calvino, I. (1972). Le città invisibili [Las ciudades invisibles]. Torino: Einaudi.

Heidegger, M. (1951). “Bauen, Wohnen, Denken”, en Vorträge und Aufsätze. Pfullingen: Neske.

Platón. República VI, 497d; 501c

—. Crátilo 416d

—. Hipias Mayor 289e–290d

—. Fedro 249e; 260a

Tomás de Aquino. Summa Theologiae I, q. 5, a. 4 ad 1.

Augé, M. (1992). Non-lieux: Introduction à une anthropologie de la surmodernité. Paris: Seuil.

 

#InPerfecto