#InPerfecciones
El capitalismo es un proceso de transformación económica constante basado en una destrucción creativa, mediante la cual emergen innovaciones que hacen obsoletas las tecnología existentes.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
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El crecimiento económico es una de las principales preocupaciones de cualquier gobierno, ya que cuando se logra, el dinero fluye en la sociedad, los mercados funcionan y el Estado dispone de recursos para financiar sus políticas públicas. Sin embargo, cuando el crecimiento es insuficiente o inexistente, la escasez de recursos afecta el consumo de la ciudadanía, los mercados comienzan a distorsionarse, y el gobierno se ve obligado a endeudarse o a aumentar los impuestos para mantener el gasto público y garantizar los servicios básicos. La clave reside en encontrar la fórmula para sostener el crecimiento económico a lo largo del tiempo, y no solo por algunos años.
La teoría clásica del crecimiento económico se centraba en la acumulación del capital, mientras que los paradigmas más recientes sitúan la innovación como el principal motor de crecimiento Tanto es así, que el premio Nobel de Economía de este año se otorgó a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, por sus estudios sobre la importancia de la innovación tecnológica y crecimiento económico. Robert Merton, otro Nobel de Economía, en La teoría del crecimiento, vislumbraba lo significativo de este novedoso enfoque.
Mokyr, historiador económico, se ha enfocado en los entornos institucionales y culturales que facilitaron la revolución industrial en la Inglaterra del siglo XVIII. Señala que la aparición de una élite cultural dio origen al período conocido como la Ilustración, principalmente en Inglaterra, Francia y Alemania, precisamente los países que más se desarrollaron. Entre los avances de la época que permitieron entender al mundo desde nuevas perspectivas destacan: las leyes de Newton, que aportaron certeza al ámbito de la física; las leyes del movimiento planetario de Johannes Kepler que explican el orden en el universo; las ideas de Lutero, que cuestionaron la infalibilidad de la iglesia católica y dieron paso al protestantismo; y el trabajo de Voltaire, Rousseau y Diderot, quienes, entre otros, elaboraron “La Enciclopedia”, recopilando el conocimiento existente. Se perdió el miedo al cambio e inició una era de creación tecnológica que impulsó un crecimiento económico sin precedentes.
Por su parte, Aghion y Howitt retomaron las ideas de Joseph Schumpetter en Capitalismo, Socialismo y democracia, quien argumentaba que el capitalismo es un proceso de transformación económica constante basado en una destrucción creativa, mediante la cual emergen innovaciones que hacen obsoletas las tecnología existentes. Por lo tanto, en El poder de la destrucción creativa, Aghion dice que “la destrucción creativa es la fuerza conductora del capitalismo, asegurando su renovación y reproducción permanente, pero al mismo tiempo genera riesgos y turbulencias que deben ser administradas y reguladas”.
La innovación tecnológica no surge por generación espontánea, sino que requiere de condiciones favorables. Por ello, el paradigma de la destrucción creativa planteado por Schumpeter se fundamenta en tres puntos: 1) la innovación y difusión del conocimiento están en el centro del crecimiento; 2) la innovación depende de los incentivos y de la protección de los derechos de autor; 3) las nuevas innovaciones hacen obsoletas las innovaciones previas. El primer punto depende de la ciencia, desarrollada tanto por la iniciativa privada como del sector público; el segundo requiere de un Estado que haga respetar el estado de derecho, que proporcione certezas a inventores y desarrolladores de nuevos productos y que genere un ambiente favorable para la innovación tecnológica; por último, debe el Estado estar preparado para los cambios que traerán perdedores en el campo económico.
Somos testigos de las constantes mejoras que van introduciendo las empresas. Por ejemplo, las innovaciones de Apple en sus computadores acabaron por transformar al mercado; los dispositivos móviles para escuchar música pusieron miles de canciones en un solo aparato, y de paso dieron inicio a la venta de canciones en línea; con el IPhone se eliminaron los teclados físicos en la telefonía celular y los nuevos modelos salen al mercado de manera periódica en un proceso de actualización y mejora constante. Hoy las grandes millonarios (Musk, Zuckerberg, Bezos) tienen en común que son innovadores.
En contraste, IBM, la empresa pionera y gigante del sector, dejó de producir computadoras; desaparecieron los walkman, los casetes y los discos compactos (al menos, como producto de venta masiva); el gigante del mercado de telefonía celular, Blackberry, también cerró sus puertas. Esto es, la llegada al mercado de las innovaciones ha implicado la salida de otras. Vimos aparecer y desaparecer las videograbadoras beta, VHS y DVD; hoy en su lugar tenemos películas y música en streaming, esperando ver qué llega después, porque como afirma Mokyr en el breve texto Añadiendo Peldaños, las “herramientas de nuestra época darán lugar a avances tecnológicos tan inimaginables como lo habría sido la locomotora para Galileo”.
Mokyr, Aghion y Howitt coinciden en que, sin destrucción creativa no hay crecimiento económico. Por eso, ponen énfasis en que, basados en la evidencia empírica, en los países donde se apoya a la ciencia, se fomenta la creación de patentes, se impulsa la educación científica en todos los niveles y se invierte en el desarrollo de nuevas tecnologías, los beneficios económicos se expanden de manera constante. De ahí que el Estado tiene un papel preponderante porque debe invertir en educación y ciencia para la innovación; garantizar la protección de los derechos de autor y de todos los derechos en general, preservar la competencia y velar por quienes pierdan sus empleos con la llegada de nuevas tecnologías. También señalan que los países que se queden rezagados en innovación estarán expuestos a crecimientos económicos mediocres.
El año pasado, el Nobel de Economía reconoció estudios que demostraron que los países ricos lo son por sus instituciones económicas inclusivas que fomentan la actividad económica, otorgan seguridad jurídica y proporcionan servicios públicos eficientes. Los galardonados de este año, de manera complementaria, señalan que el crecimiento económico depende, además de las instituciones inclusivas, de la constante innovación. Como elemento adicional, el proceso funciona mejor en países democráticos, porque como señala Joel Mokyr en The Political Economy of Technological Change: Resistance and Innovation in Economic History, “La toma de decisiones tecnológicas en las sociedades democráticas es claramente ineficiente, pero al menos la experiencia del siglo XX es que las sociedades totalitarias, en general, lo hacen aún peor”.




