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En México la política se parece cada vez más a una pelea de boxeo: mucho ruido, mucha pose, abundancia de golpes al aire, pero pocos resultados reales.
Daniel Dueñas / @DanielDuenasB
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En México la política se parece cada vez más a una pelea de boxeo: mucho ruido, mucha pose, abundancia de golpes al aire, pero pocos resultados reales. En un rincón del ring aparece Gerardo Fernández Noroña, tribuno de la izquierda y aliado del gobierno, cuya presencia es más estridente que propositiva. En el otro, Alejandro “Alito” Moreno y una oposición tan desgastada que suena a eco del pasado. El público observa, se ríe, abuchea, pero al final entiende: el nocaut no lo reciben los peleadores, lo recibe el país entero.
Noroña se ha convertido en un personaje útil para el poder. Desde la tribuna grita, insulta, provoca, y en medio del espectáculo se olvida de la esencia de la política: construir soluciones. Funciona como distractor, como agitador, pero nunca como estadista. El verdadero silencio de su figura está en lo que calla: la corrupción, los contratos opacos y las irregularidades que crecen bajo el amparo de Morena.
Del otro lado, la derecha mexicana se presenta con una debilidad que indigna incluso a quienes nos identificamos con ella. El PRI, en manos de Alito, es el espejo de la corrupción normalizada; el PAN, dividido y sin liderazgos claros, parece resignado a ser un actor secundario; y el PRD, reducido a un fantasma, sobrevive pegado a alianzas. Ninguno proyecta confianza ni liderazgo moral. La oposición está más preocupada por su propia supervivencia que por ofrecer una alternativa real al país.
Lo verdaderamente triste es que mientras Noroña hace show y la derecha tambalea, los problemas centrales de México permanecen sin respuesta: la violencia que no cede, la pobreza que se profundiza, la corrupción que se recicla en nuevos rostros. La ciudadanía necesita ideas, proyectos, planes de gobierno serios; no peleas de micrófono ni tribunas incendiarias.
La gran tarea de la oposición debería ser simple pero contundente: demostrar con hechos —no solo con discursos— la corrupción y la ineficacia de Morena. Exhibir cómo el poder actual se parece demasiado a lo que antes se criticaba: clientelismo, contratos opacos, impunidad selectiva. El país necesita que alguien lo diga con claridad, con pruebas y con valor.
Mientras tanto, el ring se convierte en circo. Noroña grita, Alito se tambalea, y la ciudadanía observa con hastío. El verdadero nocaut no es para un político u otro: es para México, que sigue esperando soluciones mientras sus líderes desperdician la política en espectáculos bochornosos.




