Editorial

LA RECONQUISTA DE LO HUMANO

#InPerfecciones
“No es sino gracias la belleza que incluso lo ínfimo adquiere un valor infinito”

 

 

Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com

 

Suena el despertador y ¿qué es lo primero que haces? Ves una pantalla mientras desayunas, en el trayecto hacia el trabajo, cuando comes, por las noches al estar con tu familia, cuando vas al baño: siempre. Parece que el reflejo del celular se ha vuelto parte de tu retina. Vas con la cabeza gacha, silencioso y apático. El mundo que te rodea ––basto sin duda alguna–– ya no es suficiente; para ser sincero, nada lo es. Inmersos en una rutina venenosa, nos hemos olvidado de lo que significa ser humanos. 

 

A lo largo de la historia, algunas personas han defendido que el hombre no es más que materia: un conjunto de células que constituyen un organismo extremadamente avanzado con capacidades únicas e inigualables. Las circunstancias materiales determinan quiénes somos y explican, por sí mismas, la manera cómo funciona el mundo. No suena descabellado, nuestro mundo tiene de suyo una innegable materialidad, sin embargo, ¿es eso todo lo que hay? Cuando nos preguntamos por aspectos como la voluntad, la libertad o la belleza, es claro que el hombre se rebela contra estas posturas despóticas para sacar a relucir su dimensión más íntima: la inmaterial.

 

Pensémoslo de la siguiente manera. Si los seres humanos fuéramos sólo un conjunto de tejidos y átomos, ¿cómo explicamos nuestro actuar voluntario? Hasta este punto la racionalidad da cuenta de muchos de los motivos que nos hacen actuar, pero ¿cómo explicamos aquello que parece irracional? Pongamos un ejemplo. Imagina que eres un joven que se encuentra en una fiesta donde se la está pasando genial. Tu madre, como siempre al pendiente de ti, te ha pedido que regreses a las 2:00 am. Hasta ahora, todo marcha bien. El tiempo pasa y cuando faltan 5 minutos para que den las dos ves a la chica de tus sueños y se te acerca para platicar contigo. Te quedan 5 minutos, debes despedirte y partir rumbo a casa. ¿Lo harás? Tu inteligencia sabe qué está bien y qué está mal. Las neuronas y tu corporeidad entera te permiten deducir cuál es la decisión que debes tomar, no obstante, eliges la otra opción. ¡Te quedas! ¡No te importa el regaño, las consecuencias y la falta de certeza! Sabes que no es correcto, pero quieres quedarte más tiempo y eres libre de hacerlo. ¿Cómo puede pasar esto en alguien que fuera solamente material?

 

Me disculpo por el tonto ejemplo, pero me parece que ha sido de utilidad para demostrar mi punto: en el hombre hay algo más, un anhelo de trascendencia que rebasa y desborda lo sensible. No todo debe ser útil, no todo es dinero o fama. En lo más profundo del hombre se encuentran cosas de mayor valor que cualquier lingote de oro. Sería un disparate afirmar que tener ambiciones y metas es perverso, por el contrario, es algo enteramente deseable. El problema aparece cuando nos quedamos encerrados en la inmediatez y lo mundano olvidándonos de nuestra propia esencia.

 

Me vienen a la mente algunas consideraciones sobre lo que podemos hacer para no llenarnos de frivolidades y alcanzar una vida realmente plena, una existencia que tenga un sentido auténtico y profundo. Con todo, me quiero centrar específicamente en una: la belleza.

 

El hombre es un ser que se alimenta de lo bello y lo busca por doquier. ¿Quién más puede crear obras de arte que no seamos nosotros? Vivir una vida plena es posible cuando se transita por esta senda. ¿Por qué nuestra casa nos resulta tan afable y le llamamos hogar? No hay mejor momento que el de refugiarse en la comodidad de nuestra sala en compañía de nuestros seres queridos. Todo ello se lo debemos a la belleza. Sería imposible hablar de un hogar si este no fuera bello, si no expresara nuestra identidad. Hacer cosas bellas nos revela que no sólo dialogamos en nuestra lengua materna, sino que hablamos un lenguaje universal, el lenguaje de lo bello.

 

Al convertir nuestra rutina en una existencia contemplativa seremos capaces de advertir la grandeza que se oculta en las pequeñas cosas, en los pequeños detalles. Nuccio Ordine escribe en La utilidad de lo inútil lo siguiente:

 

La mirada fija en el objetivo a alcanzar no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos ni descubrir la belleza que palpita en nuestras vidas: en una puesta de sol, un cielo estrellado, la ternura de un beso, la eclosión de una flor, el vuelo de una mariposa, la sonrisa de un niño. Porque, a menudo, la grandeza se percibe mejor en las cosas más simples (2013: 16).

 

No es sino gracias a la belleza que incluso lo ínfimo adquiere un valor infinito. El hombre, sólo cuando quita la mirada de lo material e inmediato, logra ver el milagro de cada escena cotidiana. Al tocar una canción, subir una montaña o pintar un paisaje, nos sentimos llenos, realizados. Ponlo a prueba y verás.

 

Te propongo, querido lector, que no descuides lo más humano que hay en ti, que no te olvides de lo que en esencia eres. Escucha algunas sinfonías, ve a un concierto, cocina, aprende a cantar: la vida se deja los tonos grises cuando vivimos una vida auténtica. Haz cosas bellas ––no lo digo en el sentido cursi de la expresión–– y date cuenta de que, como escribe Juan Carlos Mansur:

 

… la belleza no es algo accesorio y superficial en nuestra vida; antes bien, la belleza que

se busca de forma auténtica y no por vanidad, es una necesidad fundamental en el hombre y preservarla refleja la profundidad de vida interior de la persona y de las comunidades en que habita (2018: 21).

 

Sólo mediante lo aparentemente inútil, sólo mediante lo bello podemos vivir de manera auténtica. Aprender a ser humanos es una tarea compleja pues hemos olvidado qué significa. El consumismo y la avaricia han cavado nuestra propia tumba, pero, en el fondo, tú sabes que hay algo más. Levántate con la misión de hacer que tu corazón vuelva a latir.

 

Un abrazo.

 

Referencias:

Mansur, Juan (2018). Derecho a la belleza en las ciudades. Estudios: filosofía, historia, letras16 (126): 15. DOI: 10.5347/01856383.0126.000289491

 

Ordine, Nuccio (2013). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.

 

#InPerfecto