Editorial

ENTRE MISILES Y MUERTOS

#InPerfecciones
“El primer deber de la atención es detenernos ante el sufrimiento ajeno” Simone Weil

 

Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com

 

En un tiempo que se pretende ilustrado, globalizado y democrático, el espectáculo de la violencia desatada entre Israel y Palestina no es solo una crisis política o humanitaria: es una tragedia filosófica. La razón, que debiera conducir al entendimiento, parece haber sido relegada por la fuerza. El lenguaje del poder ha sustituido al de la dignidad; la destrucción al reconocimiento del otro. Hoy, Gaza no solo es una zona de guerra: es el emblema de la derrota de la razón ante la barbarie.

 

Desde octubre de 2023, más de 55 000 palestinos han muerto en Gaza, según cifras del Ministerio de Salud local. Más de 127.000 han resultado heridos, muchos de ellos niños con lesiones permanentes. Naciones Unidas advierte que cerca de 500.000 personas enfrentan condiciones de hambruna extrema. En el otro lado del conflicto, el ataque de Hamas a Israel el 7 de octubre dejó 1 200 muertos, en su mayor parte civiles. La violencia no distingue identidades: arrebata vidas, historia y futuro.

 

Hannah Arendt lo afirmó con lucidez: “la violencia puede destruir el poder, pero no puede crearlo” (Sobre la violencia, 1970). Esta cita no es un recurso retórico: es una denuncia fundamental. En nombre de la seguridad se perpetra el castigo colectivo; en nombre de la resistencia se institucionaliza el terror. Y en ambos casos, se renuncia a la posibilidad de la justicia.

 

El conflicto ha alcanzado proporciones inéditas. Un estudio publicado por The Lancet estima que hasta junio de 2024 podrían haberse producido hasta 64 260 muertes por heridas traumáticas. La ONU y la OMS han denunciado que las condiciones humanitarias en Gaza son las peores en décadas. La hambruna es utilizada como arma de guerra. Los hospitales son bombardeados. La ayuda internacional es obstruida. ¿Qué ha sucedido con el derecho internacional, con las Convenciones de Ginebra, con la declaración universal de los derechos humanos?

 

Simultáneamente, en Cisjordania, la violencia ha escalado: más de 130 palestinos han muerto solo en 2024 en operaciones militares israelíes, mientras se han legalizado más de 20.000 viviendas en asentamientos ilegales. Estas acciones, contrarias a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, consolidan un régimen de ocupación y fragmentan cualquier posibilidad de solución territorial.

 

Albert Camus, en El hombre rebelde, advirtió: “la justicia sin la fuerza es impotente, pero la fuerza sin justicia es tiránica”. Esta sentencia debería estar escrita en cada despacho diplomático, en cada gabinete de seguridad, en cada medio de comunicación que pretenda ser ético. Porque Gaza nos recuerda que la fuerza, cuando se divorcia de la justicia, no protege: destruye.

 

Pero más allá de los datos y las denuncias, la filosofía tiene una tarea urgente: devolverle sentido a lo humano. Emmanuel Lévinas, pensador de la alteridad, nos invita a mirar al rostro del otro, no como amenaza, sino como exigencia ética. En Totalidad e infinito, escribe: “la paz no puede fundarse más que en la responsabilidad hacia el otro”. Hoy, ese otro se ha vuelto invisible. En su lugar hay etiquetas: terrorista, colono, escudo humano, objetivo militar. El lenguaje se ha vuelto una forma de violencia.

 

Simone Weil lo había expresado con claridad: “el primer deber de la atención es detenernos ante el sufrimiento ajeno”. Sin esa atención, sin esa capacidad de detenernos, de interrumpir nuestras lógicas de seguridad o poder, no hay paz posible. La tragedia de Gaza es también una tragedia del lenguaje, de una racionalidad instrumental que ya no reconoce lo sagrado de la vida.

 

La filosófica tarea no es solo denunciar, sino proponer. Y en este sentido, tres principios parecen imprescindibles:

 

Un cese inmediato de hostilidades, con mecanismos de verificación independientes, y acceso pleno a ayuda humanitaria. El derecho a la vida y a la alimentación es inviolable. Bombardear campos de refugiados no es defensa, es crimen.

 

El reconocimiento mutuo como principio básico de toda solución. Como sostiene Hans-Georg Gadamer en Verdad y método, comprender al otro exige renunciar a la violencia del prejuicio. Ni el pueblo palestino ni el israelí desaparecerán. Solo el reconocimiento puede fundar la paz.

 

Una condena sin ambigüedades de toda violencia contra civiles. No hay causa política, religiosa ni histórica que justifique el asesinato de niños. El dolor no es un argumento: es un límite.

 

Estos principios no son óptimos idealistas. Son condiciones mínimas de humanidad. Desatenderlos es deshumanizarnos. Como decía Emmanuel Mounier: “la paz no es la ausencia de guerra, sino la presencia de justicia”.

 

La comunidad internacional debe actuar. No basta con comunicados de preocupación. Se requieren sanciones claras a quienes impidan el paso de ayuda humanitaria. Se requiere una presión real, no simbólica, sobre las partes para volver a la mesa del diálogo. Se requiere, sobre todo, una pedagogía de la paz que comience por nuestras propias narrativas.

 

Porque, en última instancia, la guerra se alimenta del odio. Y el odio, como enseñó Sartre, nace del miedo a lo inaprensible, del rechazo a lo que no controlamos. Solo un pensamiento que se abra a la alteridad, que comprenda la fragilidad compartida, podrá romper el ciclo de la venganza.

 

Desarmar el alma. Recuperar el valor de la palabra. Devolverle sentido al rostro del otro. Esta es la tarea de nuestra época. Y es, también, la última esperanza.

 

¡Un abrazo! 

 

Referencias:

  • Arendt, Hannah. Sobre la violencia. Madrid: Alianza, 1970.
  • Camus, Albert. El hombre rebelde. París: Gallimard, 1951.
  • Lévinas, Emmanuel. Totalidad e infinito. La Haya: Martinus Nijhoff, 1961.
  • Weil, Simone. La gravedad y la gracia. París: Plon, 1947.
  • Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método. Tubinga: Mohr, 1960.
  • Naciones Unidas, OMS, OCHA, The Lancet, Save the Children (2023-2025). Reportes consultados en AP, Reuters y The Guardian (junio 2025).

 

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