Editorial

Mamá, empecemos de nuevo.

#InPerfecciones
Este 10 de mayo fue para mí un ejercicio de cuestionar el significado de la maternidad y desprenderla por un instante de la identidad de la mujer que me dio la vida.

 

 

Karla Soledad / @kasoledad
k28soledad@gmail.com

Cada año el 10 de mayo tiene un significado diferente en mi mente. Puedo recordar distintas maneras en que he vivido y pensado la experiencia de esta fecha desde mi condición de mujer y de hija. Definitivamente era uno de mis días favoritos cuando era niña, pues en mi escuela siempre participaba de los festivales bailando al ritmo de hitazos como Sapito y Torero, o cantando Mamá, el imperdible de Timbiriche que a mis veintiséis años sigue provocándome un nudo en la garganta cada vez que la escucho.

 

Luego llegó la adolescencia, y con ella la insoportable inercia por criticar y desacreditar todo lo que pasaba a mi alrededor, incluyendo el Día de las madres. Recuerdo que a regañadientes seguía regalándole detalles a mi mamá el 10 de mayo, arrepintiéndome por formar parte del sistema capitalista que se enriquece al inventar fechas conmemorativas de las que resulta imposible no participar.

 

Ya en la universidad encontré un punto neutro y pacífico en donde decidí acomodarme varios años. Preferí soltar mi negatividad y disfrutar de la fecha de nuevo, aprovechando la ocasión como un pretexto para consentir a mi mamá, pasar tiempo de calidad con ella y de paso, comer pastel como postre durante toda una semana.

 

Este año fue distinto. No es que yo haya decidido darle un nuevo significado, más bien sucedió sin preverlo como una consecuencia natural de mi proceso de inmersión en el feminismo. Porque sí, el feminismo lo cambia todo y no hay vuelta atrás. A veces nos arruina cosas, a veces nos duele y nos incomoda. Pero también nos abraza, nos reconforta y nos desempaña los ojos para hacer una lectura del mundo mucho más tierna, amorosa y comprensiva. Esa es la lectura que el feminismo me ha ayudado a adoptar frente al concepto de la maternidad.

 

Este 10 de mayo pude entender que una fecha tan global, estridente y generalizada puede ser un detonante de emociones complejas para muchas personas que perciben a la maternidad como algo difícil, solitario, lejano e incluso doloroso. Hijes que perdieron a sus madres, hijes que tienen relaciones complicadas con sus madres, madres que lloran hijes que ya no están, mujeres que no pueden ser madres, madres abandonadas por sus hijes, madres que se arrepienten de serlo y madres que no saben lo que hacen. Comprendí que el cajón que ocupa el Día de las madres en la mente de cada quien es muy distinto, y por ello es importante practicar conciencia y empatía en esta fecha.

 

Este 10 de mayo fue para mí un ejercicio de cuestionar el significado de la maternidad y desprenderla por un instante de la identidad de la mujer que me dio la vida. Además de ser mi mamá, ¿quién es ella como mujer y como persona? ¿qué tanto la conozco? ¿es que siempre quiso ser mamá? ¿qué sacrificó por serlo? ¿cómo camina el mundo y cómo habita su cuerpo al día de hoy?

 

Me detuve en una pregunta que al inicio me entristeció, y después me llenó de curiosidad y motivación: ¿qué tanto ha dejado de hacer o decir por actuar como madre antes que como mujer? Se me ocurrió que quizás podemos atrevernos a crear una relación distinta, en donde ella suelte la responsabilidad de darme el ejemplo, y yo me deshaga de la necesidad de hacer lo correcto. Quizás si nos animamos a reconocernos como dos mujeres únicas, distintas, auténticas e independientes la una de la otra, podremos apreciar nuestras diferencias y celebrarnos juntas.

 

Mamá, empecemos de nuevo. Quiero conocerte mejor, que me platiques la historia de tu vida y me tengas la confianza de revelar tus miedos y tus inseguridades, tus pasiones y tus sueños. Si además de todo lo que me has dado quieres darme algo más, regálame compartirte conmigo como todo lo que eres.

 

Fotografía de Angie Vargas Ballestero, @an.vargasb

 

#InPerfecto