#InPerfecciones
La Ciudad de México no necesita ajolotes gigantes ni gobiernos obsesionados con pintar bardas para sentirse cercanos al pueblo; necesita funcionarios capaces de entender que una identidad visual jamás va a tapar la inseguridad, el abandono urbano y la incompetencia disfrazada de propaganda.
Eder Mendoza / @ai.edcissce
editorial@inperfecto.com.mx
Hay algo profundamente extraño en ver a una ciudad que se cae a pedazos mientras el gobierno insiste en maquillarla de identidad. Como si el problema de la Ciudad de México fuera estético y no estructural. Como si el ciudadano estuviera indignado por el color morado y no por vivir atrapado entre la inseguridad, el transporte colapsado, la gentrificación, las fugas de agua, el abandono institucional y la sensación constante de que gobernar se volvió una campaña permanente de propaganda visual.
La semana pasada, la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, cuestionó por qué había molestia alrededor de los ajolotes y el color morado que hoy invaden distintos espacios públicos de la capital. Y justo ahí está el problema: creer que la crítica nace del símbolo y no de lo que el símbolo representa.
Porque no, Clara, la molestia no es el morado. Tampoco el ajolote.
La molestia nace cuando una administración parece más preocupada por construir una identidad gráfica que por resolver el deterioro de una ciudad que exige atención urgente. La Ciudad de México no necesita ser “brandeada”; necesita ser gobernada.
Y eso es importante decirlo porque pareciera que entramos a una etapa donde la política dejó de enfocarse en resultados para enfocarse en narrativa. Hoy todo necesita un personaje, una mascota, un slogan, una estética reconocible para redes sociales. La política entendió el algoritmo, pero olvidó entender la ciudad.
La ajolotización de la CDMX no es realmente sobre ajolotes. Es sobre convertir el espacio público en una extensión visual de un proyecto político. Es tomar una ciudad compleja, diversa y contradictoria para reducirla a una estética uniforme que busca identidad, pero termina generando propaganda.
Porque la Ciudad de México no es Iztapalapa.
Y decirlo no es clasismo ni desprecio territorial. Iztapalapa tiene identidad propia, historia, cultura popular y una fuerza social enorme. Pero gobernar toda la capital desde una visión que intenta replicar la lógica simbólica de una sola alcaldía es un error. La CDMX está hecha de muchas ciudades distintas coexistiendo al mismo tiempo. No puede resumirse en una sola narrativa cromática ni en un imaginario político centralizado.
Además, resulta paradójico hablar de “arte urbano” cuando gran parte de estas intervenciones carecen de diálogo con artistas reales. Si el objetivo era resignificar espacios públicos, ¿por qué no abrir convocatorias para muralistas, ilustradores, colectivos urbanos y artistas independientes de toda la ciudad? ¿Por qué no convertir bardas y muros en plataformas culturales vivas, como ocurre en zonas del Circuito Interior a la altura de Tlatelolco o en algunos espacios cercanos a Chapultepec?
Eso sí habría sido gobernar desde la cultura.
Eso sí habría significado trabajar para el pueblo y no solamente intervenir visualmente el entorno desde el aparato institucional. Porque el arte urbano auténtico nace de la comunidad, de la conversación colectiva y de la diversidad estética, no de la homogenización política del espacio público.
Y quizá eso es lo más preocupante de todo: la normalización de gobiernos que confunden presencia visual con transformación social. Pintar no es resolver. Decorar no es administrar. Posicionar una imagen no sustituye políticas públicas eficientes.
Mientras aparecen ajolotes gigantes y murales institucionales, millones de capitalinos siguen enfrentando trayectos interminables, rentas impagables, servicios deficientes y una ciudad donde sobrevivir cuesta cada vez más.
La política mexicana lleva años obsesionada con construir símbolos antes que soluciones. Y la ciudadanía, agotada, termina atrapada en discusiones superficiales donde cuestionar una estrategia visual automáticamente te convierte en adversario político.
Pero no todo cuestionamiento es conservadurismo.
No toda crítica es derecha.
No toda inconformidad es odio.
A veces simplemente es ciudadanía.
Y desde ahí nace esta crítica: no desde la izquierda ni desde la derecha, sino desde el cansancio de una generación que creció viendo cómo la ciudad se convierte en escenario de proyectos políticos que priorizan percepción sobre profundidad.
Porque quienes habitamos esta ciudad la caminamos, la sobrevivimos y la enfrentamos todos los días. Y justamente por eso la crítica sigue siendo necesaria. Porque la Ciudad de México merece mucho más que ser pintada de morado. Merece visión, capacidad y gobierno.




