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En los últimos días, miles de migrantes mexicanos han salido a las calles de ciudades como Los Ángeles, Chicago, Houston y Nueva York.
Miguel Angel Millán Cancino / @MiAngel_Millan
miangel.millan@inperfecto.com.mx
En los últimos días, miles de migrantes mexicanos han salido a las calles de ciudades como Los Ángeles, Chicago, Houston y Nueva York. Han alzado la voz frente a una nueva oleada de políticas antiinmigrantes impulsadas por el gobierno de Donald Trump, quien hoy, desde la Casa Blanca, vuelve a ejercer el poder con una agenda todavía más radical, más punitiva y más abiertamente racista que durante su primer mandato.
La historia se repite, pero con una intensidad más cruel. Las redadas se multiplican. La presencia de agentes migratorios y de marines en comunidades latinas ha escalado de forma alarmante. Las protestas pacíficas están siendo reprimidas con violencia sistemática: gases lacrimógenos, arrestos arbitrarios, uso excesivo de la fuerza. Tan solo en la última semana, al menos 37 personas de origen mexicano han sido detenidas en condiciones ilegales, sin acceso inmediato a representación legal, y cinco de ellas han denunciado agresiones físicas por parte de militares estadounidenses desplegados como si se tratara de una ocupación extranjera.
¿Quién se beneficia del miedo? ¿Quién lucra con la discriminación?
Trump lo ha dejado claro: su campaña y su gobierno se sostienen en la lógica del enemigo interno. Hoy ese enemigo tiene nombre, acento y rostro latino. Su retórica incendia. Habla de “invasión”, de “criminales”, de “parásitos del sistema”. Lo que no dice es que, de los 11 millones de migrantes indocumentados en EE. UU., el 47% es de origen mexicano, y que su participación es crucial en sectores como la agricultura, la construcción, la limpieza, la salud y el cuidado de personas mayores.
Según datos del Migration Policy Institute, los trabajadores migrantes mexicanos generaron más de 245 mil millones de dólares en valor económico en 2024 tan solo en salarios y productividad. Leen bien: miles de millones de dólares. ¿Quién está explotando a quién?
La doble cara del sistema estadounidense es descarada: se beneficia del trabajo migrante mientras criminaliza la existencia misma de quienes lo realizan. Y ahora, con el uso de marines —una fuerza militar pensada para operaciones de guerra— en las calles contra manifestantes, el gobierno de Trump ha cruzado una línea roja: la militarización de la política migratoria y la violación flagrante de los derechos humanos.
Hoy, desde este espacio, alzamos la voz con fuerza para condenar esta barbarie.
No, señor Trump, migrar no es delito. Exigir derechos tampoco. Reprimir es violencia de Estado.
Y no basta con mirar hacia el norte. La complicidad también nace en el silencio del sur. ¿Dónde está la postura firme del gobierno mexicano? ¿Dónde están los reclamos diplomáticos, las notas de protesta, las demandas en foros internacionales? Callar frente al abuso es volverse cómplice. Y este gobierno, el de la supuesta defensa de los derechos humanos, el que dice defender a los connacionales en el extranjero, hoy guarda un silencio que huele a cobardía… o a estrategia.
La Secretaría de Relaciones Exteriores no puede seguir actuando como si esto fuera un problema menor. No lo es. Son vidas humanas. Son familias separadas. Son trabajadores deportados sin juicio. Son jóvenes que crecieron en EE. UU. y ahora enfrentan un exilio forzado a un país que muchos ni siquiera conocen.
Y mientras tanto, los consulados mexicanos en Estados Unidos están más preocupados por organizar “ferias culturales” que por brindar defensa legal, asilo o acompañamiento real a los migrantes. El gobierno mexicano debe redireccionar recursos, alzar la voz y, sobre todo, dejar de tolerar la humillación sistemática de nuestros connacionales.
Desde aquí, desde un medio libre, desde la palabra con filo, denunciamos con toda claridad:
La violencia ejercida por el gobierno de Donald Trump en contra de la comunidad migrante mexicana.
El uso de marines como mecanismo de intimidación y represión.
La xenofobia institucionalizada como política de Estado.
El silencio imperdonable de las autoridades mexicanas.
Y la narrativa de odio que se reproduce en medios, redes y discursos políticos sin consecuencias.
No somos ajenos. No estamos lejos. Lo que ocurre allá tiene consecuencias aquí: las remesas que sostienen miles de comunidades rurales, los lazos familiares rotos, la pérdida de vidas, la normalización del racismo. Si un mexicano es golpeado en Texas, también duele en Tijuana. Si una madre es deportada en Arizona, también llora Oaxaca.
Nos toca entonces denunciar, exigir, acompañar. No solo por los nuestros, sino por todos los pueblos migrantes que hoy enfrentan una arremetida global de odio y exclusión. El mundo está viviendo un ciclo de ultraderechización, y los migrantes se han convertido en el blanco perfecto. No lo podemos permitir. Ni como periodistas, ni como ciudadanos, ni como seres humanos.
El odio no se debate, se enfrenta. La discriminación no se tolera, se destruye. Y la represión no se justifica, se condena.
A los hermanos migrantes que marchan, que resisten, que trabajan día con día para sostener un país que los desprecia, les decimos: no están solos. Su dignidad vale más que cualquier frontera. Su voz es nuestra voz.
Y a quienes desde el poder —en Washington o en Palacio Nacional— deciden ignorar el dolor, la injusticia y la violencia, les decimos: los estamos mirando. Y no vamos a callar.




