Editorial

Daniel Blake, la digitalización y convertirnos en cifras.

#InPerfecciones
Todos somos un número, somos potencialmente remplazables y en cualquier momento podríamos dejar de ser funcionales para un sistema que necesita despersonalizarnos para existir.

 

 

 

Manuel E. Herrera Flores / @manumataum
manuel.herrera@inperfecto.com.mx

Yo, Daniel Blake (2016) es una película dirigida por el director británico Ken Loach. Cuenta la historia de Daniel Blake, un ciudadano inglés que padece problemas del corazón. Luego de un infarto, su médico de cabecera le indica la necesidad de dejar de trabajar, él se había desenvuelto en la industria de la construcción como carpintero, por lo que los esfuerzos físicos y contantes podrían poner en riesgo su salud.

 

La película inicia cuando el protagonista es entrevistado por una “especialista de la salud” que evaluará su condición médica para ver si es candidato para recibir la ayuda del gobierno. En repetidas ocasiones, Daniel le cuestiona sobre cómo es que puede hacer una evaluación sin entrevistarse directamente con el médico que ha llevado su diagnóstico. Por lo que la especialista en cuestión se remitía a sus credenciales para legitimar la valía de su método. Finalmente, Daniel regresa a su casa a esperar su resultado.

 

Tiempo después, el protagonista de la tercera edad recibe la notificación de que la pensión solicitada fue denegada porque mostraba todas las condiciones para seguir laborando. Desde ese momento inicia la travesía entre una persona y el aparato burocrático despersonalizado y despersonalizador para buscar una solución a su condición. Acude a una oficina de gobierno a realizar una apelación y le mencionan que deberá llenar una solicitud digital y esperar a que el encargado de la oficina le marque por teléfono para informarle si la apelación procede o no.

 

Luego del periplo por realizar el trámite de manera digital y finalmente atender a la llamada prometida, se encuentra con que simplemente fue rechazada su solicitud para la pensión. Acude a recibir asesoría y sólo le ofrecen una ayuda como desempleado, pero bajo la condición de que compruebe que va a buscar trabajo. Para ese momento, las escenas han mostrado la apatía tanto de los burócratas representantes del Estado, como por la misma estructura fiscal deshumanizada que sólo se interesa por el control de los contribuyentes.

 

Esta película deja ver cómo nos volvemos números por las estructuras despersonalizantes que rigen y dan forma al orden social en que vivimos. Así como Daniel, en la película hay muchas personas con historias y necesidades que no son valorizadas al perder su condición de personas y volverse una cifra más en los sistemas de control gubernamental que funciona a partir de la apatía burocrática. 

 

Mientras una persona sea productiva y genere capital es considerada socialmente como una persona funcional. Pero esa condición lleva implícita, de manera obscena, el tener que dedicar toda una vida al trabajo. Pero a un trabajo que sólo permite sobrevivir y no asegura ningún tipo de desarrollo personal, ni ofrece o vuelve virtualmente imposible algún tipo de seguridad social. 

 

Daniel tiene que resolver su circunstancia a partir de la implementación estatal de procesos digitales, cosa que no necesariamente estaría mal si personas como él recibieran orientación al respecto. Podríamos preguntarnos, siguiendo esa misma línea, si las estrategias de registro y vacunación de los adultos de la tercera edad pueden ser las más adecuadas, en un país con una brecha digital tan severa como el nuestro. Además de relacionar cómo las muertes por Covid llevan meses representando solamente cifras. 

 

¿Será un problema de las macroestructuras al buscar cuantificar todo y, en el proceso, despersonalizar a los individuos o es una condición necesaria de la estructura burocrática para representar eficiencia? Quizá simplemente importa más una persona por la cifra que representa, en nuestro sistema, que por su historia personal e identidad. Son muchas cosas, pero mientras tanto todos somos Daniel Blake. Todos somos un número, somos potencialmente remplazables y en cualquier momento podríamos dejar de ser funcionales para un sistema que necesita despersonalizarnos para existir.  

 

Los procesos de digitalización y la recopilación de datos por las industrias tecnológicas y los gobiernos sólo están acelerando el proceso en que nos convertimos en datos. Frente a los ojos de todos, nos terminamos volviendo cifras cuantificables para medir resultados y pensar en posibles soluciones que no necesariamente nos convienen porque los problemas que se plantean no siempre son nuestros o representan nuestros intereses.  

#InPerfecto