#InPerfecciones
“Las barreras construidas por una narrativa impregnada de fanatismo e intolerancia, nos han llevado a cuestionarnos si verdaderamente podemos llamarnos humanos.”
Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com
Para esta semana, querido lector, tengo el gusto de presentarte un relato escrito por Emilio Hernández Cortés. Espero que sea de tu agrado.
Cucarachas
Cucarachas otra vez. Era obvio, aunque raro. Habían pasado tres meses lejos de mí y yo seguía sin superarlas. Ya había olvidado ese color café tan inquietante y también su asqueroso aspecto. Su olor, en cambio, nunca se fue; ése se iba a quedar bien guardadito en mí, era inevitable y, eventualmente, me hice consciente de ello. Quizás si sólo del hedor a insecto se hubiese tratado sí se habría perdido, mas fue la repugnante y húmeda nota de vinagre –ingrediente que mamá usó como pesticida–, la que fulminó mi cordura. El olor se volvió parte de mí. Tardó más en adherirse a mi nariz, que en incrustarse en mi mente. No suelo rendirme fácilmente, por eso, apenas tuve la oportunidad, busqué una solución. Probé inhalar mis plumones, pero el olor no se fue. Tampoco cedió ante las velas aromatizantes de mamá y, cuando terminé mi lavado nasal con alcohol (cosa que no recomiendo), comprendí que era inútil seguir intentando: el olor permanecería por un buen rato. ¿Quién iba a imaginar que se quedaría hasta hoy? Si bien el olor ha persistido desde que surgió, mis peores momentos lo expanden sustancialmente. Y yo, en aquel momento, no lo sabía, pero estaba muy cerca su peor manifestación. En fin, fue un viernes, cuando el olor colmó nuestra paciencia, que decidimos salir de ahí. Esa sería la última vez que pisaría mi casa.
Caos, perfecto caos. Si, como dice Lorenz, el caos es el orden natural de todas las cosas, ese viernes, como a las seis de la tarde, todo estaba en su estado natural en mi cuadra. Policías, gritos, banderas, pancartas, piedras, uno que otro tanque y más policías. Entre más avanzaba el coche, peor era: salimos de la colonia San Rafael y entramos en la boca del lobo. Letreros con hoces y martillos llenaban el panorama y yo no entendía nada, ¿y cómo iba a entenderlo un niño tan pequeño? No había nada que nos separase a mamá y a mí de ese infierno, más allá de la frágil ventana del coche, que, por fortuna, nadie decidió romper. De repente, apareció el olor, que ya significaba mucho más que un montón de cucarachas. ¡Pobre niño ingenuo! No se daba cuenta, todavía, de que la manifestación de su trauma más grande era propio de los peores momentos de su vida. Ese día, pues, las cucarachas inauguraron la tradición de presentárseme en mis más terribles miedos. En algún momento del viaje el pánico fue tal, que pensé que nada podría ser más grande; olor creciente al ritmo y modo de la luna, infranqueable, absoluto, poderoso. Luego, mamá lo arregló. Claro que había algo más grande que ese olor: era ella, mamá, nada era más grande que ella. Sin decir una sola palabra, lo cambió todo. Sólo necesitó mirarme y colocar sus delgados pero fuertes dedos sobre mis manos para recordarme su amor: esa clase de amor que uno ya tiene asegurado incluso desde antes de llegar al mundo. Comprendí, entonces, que mientras mamá estuviese a mi lado, nada podría dañarme. Mamá era mi vida entera. Me dormí.
Desperté en casa de mis abuelos, mi lugar favorito en todo el mundo. Me es difícil explicar lo que sentí cuando por fin estuve ahí, quizás porque nunca había recibido tanto cuidado y cariño como en esa época. Me merecía una bonita noche tras todo lo sucedido. Dieron las nueve y mi abuelo nos complació con unos exquisitos tacos; finalmente, era viernes de tacos. Prendí la televisión mientras mi abuela ponía la mesa. Tardé más en encontrar mi canal favorito que en lo que me pidieron que cambiara al de las noticias, pues se transmitía un reportaje sobre lo que había pasado horas antes. Al parecer, se gestaba un ‘movimiento’ de los estudiantes en contra del gobierno. ¿Por qué los estudiantes se moverían? ¿Acaso era una forma de baile? ¿Bailaban en contra del gobierno? Seguí cenando, pues mi hambre y cansancio superaban, por mucho, cualquier interés. Sin embargo, los tacos nos dejaron de saber cuando, en una de las fotografías del reportaje, apareció él, tan rebelde y terco como siempre. Era él, claro que sí: mi hermano estaba ahí. Sólo pude ver un vacío en el sillón cuando volteé hacia mamá, pues ella ya se alistaba para salir a buscarlo. Mis abuelos, al detener a mamá, anticiparon una tragedia: dondequiera que estuviere mi hermano, seguro corría menos riesgo que al que se hubiera expuesto mamá, si a esas horas hubiese regresado al centro a buscarlo. La convencieron de ir por él hasta el día siguiente. Volví a dormir.
El día comenzó con la exaltación de la puerta y de los muebles, de la casa en general. Salí de la recámara tallándome los ojos y, apenas los abrí bien, vi a mi hermano, tan rebelde y terco como siempre. Él no me quería, yo sabía perfectamente. Las cosas habían cambiado. De mis primeros años de vida sólo puedo mencionar buenos recuerdos con él: jugábamos diario a las escondidas, veíamos películas y cada viernes lo esperaba ansioso en la salida de mi escuela para regresar a casa, no sin antes haber hecho una parada en el puesto de revistas para comprar el nuevo número de Spiderman. Era mi compañero, mi mejor amigo, mi ejemplo a seguir. Claro que lo seguía amando, pero ya no era el mismo. Un día, simplemente, dejó de interesarse por jugar o reír juntos. Dejó de interesarle convivir conmigo. Los cómics dejaron de importarle y su emoción por irme a recoger a la escuela se tornó en mera obligación. Cualquier oportunidad que tuviera para alejarse de mí y de mamá, él la aprovechaba. Durante un tiempo traté de acercarme a él. Quería entender qué le sucedía y cómo podía regresar a la normalidad, mas pronto entendí que ya no existía esa normalidad y acepté el fin de esa bonita época. Pronto, su actitud se replicó hacia toda la familia y, con eso, las peleas entre él y mamá se volvieron el pan de cada día. Ella, como trabajaba tanto, le exigía cuidarme, pero él deseaba tiempo para divertirse con sus amigos. Un día, mientras peleaban, descubrí en ambos las mismas cosas: tristeza y angustia, porque no tenían lo suficiente, porque no vivían las vidas que deseaban. ¿Y por qué no lo hacían? Pues porque yo existía: era su problema más grande. Los interrumpía todo el tiempo, tanto en sus peleas, como en sus deseos y ambiciones. Por mucho que mi mamá me recordara cuánto me amaba –y por mucho que de verdad lo hiciera–, cada discusión con mi hermano me hacía sentir como un impedimento para la felicidad de ambos. En fin, esa mañana, al salir, yo los interrumpía de nuevo. Mamá regañaba y mi hermano rezongaba. Al parecer, mi hermano mintió con su “fiesta” y fue al mismo lugar del que nosotros escapamos. ¿Por qué él haría tal cosa? ¿En qué estaba pensando? Se callaron al verme. De pronto, el olor. Mucho más agudo que el día anterior, tanto, que hasta me dolió la nariz. Asqueroso, nauseabundo. Habría vomitado de no ser porque una cucaracha que descendía por la pared robó mi atención; pero luego, ya no estaba. Quizá nunca estuvo. Mis abuelos, sentados detrás en el sillón, me ofrecieron desayunar. En breve, todos almorzábamos: ni una palabra en la mesa. Ese ambiente que tanto me alivió la noche anterior, no podía ser peor esa mañana: mis abuelos frustrados por la discusión, mi mamá enfurecida, mi hermano harto de todo y yo, luchando contra las cucarachas.
Pocas cosas sucedieron después. Naturalmente, a mi hermano se le castigó. Habiéndonos mudado a casa de mis abuelos, tuvimos que seguir adelante con nuestras vidas, al menos hasta que encontráramos una solución para las cucarachas, pero la fumigación salía muy cara y, además, debíamos varios meses de renta, por lo que regresar parecía cada vez más difícil. Un día, mamá regresó del trabajo y nos explicó que ya no viviríamos ahí: aprovechó la situación de la plaga para convencer a quien nos rentaba de sólo cobrar una parte de la deuda y, por fin, dejarnos en paz. Digamos que las cucarachas nos hicieron un favor al quitarnos la deuda, aunque también nos quitaron nuestra casa. Unas por otras. Con su inteligencia y sensatez, mamá logró calmar hasta a mi hermano con su promesa pronto encontrar un nuevo hogar.
Aprendí una lección durante aquellos meses: pase lo que pase, el mundo no para. Aunque disminuyeron, no pararon las peleas de mi mamá con mi hermano, ni las aburridas clases de matemáticas. Mucho menos pasó ese famoso ‘movimiento’. No, ese era el más fuerte, cada vez más gente hablaba de él. Yo seguía sin saber de qué se trataba. A pesar de que apenas iniciaba el otoño, mi motivación más grande durante esos meses fue la Navidad: no veía llegar el día en el que, frente al árbol copado de esferas, estuviésemos rompiendo envolturas y abrazándonos unos a los otros. Pero mi deseo más grande, sobre todas las cosas, era sentir de nuevo el verdadero cariño entre mi hermano, mamá y yo. Ese cariño que tanto nos costó conseguir, y que, ahora, parecía repararse poco a poco. Mamá fue recuperando la confianza en mi hermano y él respondió bien. Mi vida, entonces, comenzó a fluir como antes. Luego de semanas, parecía, incluso, que mejoraba. Hasta el olor comenzó a desaparecer a través de las semanas; llegó un momento en el que yo ya ni me acordaba de las cucarachas. Sin embargo, todo se fue al carajo ese miércoles: aquel miércoles que ni yo, ni nadie olvidará jamás.
Cucarachas. Ahora era más raro que obvio. Ese día fue como todos los demás. Quizás mi hermano salió medio nervioso de la escuela, aunque, la verdad, yo ni lo noté. Lo extraño empezó cuando, en lugar de entrar conmigo a la casa, mi hermano me dejó en la esquina. Se excusó con la entrega de un trabajo final y me dijo que ya había avisado a mis abuelos. En efecto, al entrar, ni me preguntaron por él. Mientras comía, pensé en lo extraño de la situación: a mi hermano le daba igual la escuela. Tal vez ahora sí se había decidido a cambiar de verdad. ¡Pobre niño ingenuo! Lo raro apenas comenzaba. Se hacía de noche, dieron las siete y mamá llegó, pero no mi hermano. Cuando mamá habló con mis abuelos, su cara palideció y nos contagió de miedo a todos. De una tacada, cogió las llaves del coche y, sin decir una palabra, se fue. Apenas se cerró la puerta, percibí la misma sensación de caos que la de aquel viernes. Peor aún: el olor otra vez. Claro que pregunté qué había pasado, pero sólo recibí evasivas. Me mandaron a mi cuarto. Con cada minuto que transcurría, aquel hedor, inherente a mis peores tragedias, apestaba mi mente. Salí como una hora después, sólo para ver a mis abuelos comiéndose las uñas de la ansiedad. De nuevo, los interrogué. Sus respuestas eran absurdas, hasta para un niño de siete años. ¿Mi hermano y mamá fueron a la vieja casa? ¿Para recoger unos papeles? ¿En serio? ¿A estas horas? Era impensable dudar de mis abuelos, pero esta vez ocurría algo raro. No daban detalles y se veían muy preocupados. Parecía que ellos mismos no sabían qué pasaba. Pasó más tiempo y nadie llegaba. Definitivamente mis abuelos y mi hermano mentían: no habían papeles ni trabajo final. Nada tenía sentido. Prendí la tele, nada importante. “Hoy fue un día soleado”, decía el señor de las noticias. El olor, todavía más fuerte, incluso más que cuando estaba en mi casa. Ya no se trataba de insectos ni de vinagre. El olor dolía, quemaba, ardía. Ya no había nada ni nadie que pudiera remediarlo, ya no habían delgados pero fuertes dedos, ni inteligencia, ni sensatez. Ya no había amor. Todo eso se había ido. Mientras mamá estuviese a mi lado, nada podría dañarme, pero mamá ya no estaba: las cucarachas habían ganado.
Aquel miércoles, dos de octubre de mil novecientos sesenta y ocho, fue el último día que vi a mamá.




