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Blindar el poder, desnudar la austeridad

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El problema no son las camionetas, sino quienes las conducen y convierten la austeridad en una narrativa blindada al servicio del poder.

 

 

Eder Mendoza | ai.edcissce
editorial@inperfecto.com.mx

En política, los símbolos pesan más que las explicaciones. Y hay símbolos que, por más comunicados que se emitan, no se pueden desblindar.

La adquisición de camionetas blindadas Jeep Grand Cherokee para ministras y ministros de la Suprema Corte no tendría por qué escandalizar por sí sola. Vivimos en un país violento, desigual y contradictorio; nadie espera que quienes toman decisiones de alto impacto se desplacen con ingenuidad. El problema no es el vehículo. El problema es el discurso que lo acompaña… o que intenta esconderlo.

Porque mientras desde el poder se repite hasta el cansancio la consigna de la austeridad republicana, en la práctica seguimos viendo cómo el concepto se estira, se acomoda y se redefine según convenga. “Nada que provenga del erario público”, dicen. “Nada de lujos”, prometen. Y cuando la realidad contradice la narrativa, aparece la defensa automática: no es lujo, es seguridad; no es gasto excesivo, es necesidad; no es incoherencia, es contexto.

La austeridad se ha convertido en una palabra elástica. Sirve para señalar al adversario, pero no para mirarse al espejo. Se exige hacia abajo, se relativiza hacia arriba. Y cuando la incongruencia se vuelve evidente, se intenta apagar el incendio con tecnicismos administrativos y aclaraciones que nadie pidió.

Aquí no importa si las camionetas cumplen con todos los requisitos legales. No importa si el proceso fue correcto ni si los recursos estaban presupuestados. La discusión es ética, no contable. Porque cuando un movimiento político se construye sobre la idea de superioridad moral, cada acto se vuelve un mensaje. Y este mensaje es claro: la austeridad es discurso, no conducta.

La analogía es simple. Es como quien presume vida sencilla, critica el consumo excesivo y da lecciones de humildad… pero al final del día cierra la puerta del garaje para que nadie vea en qué llegó. No es ilegal. No es pecado. Pero sí es profundamente contradictorio.

Y lo más grave no es la camioneta blindada. Lo grave es el blindaje discursivo: esa capacidad de justificarlo todo sin asumir el costo político ni moral. Ese reflejo de explicar por qué está bien lo que claramente choca con lo que se dijo que estaría mal.

Morena no gobierna solo con políticas públicas; gobierna con relato. Un relato que prometió ser distinto, austero, congruente. Cuando ese relato se rompe, no se rompe por un vehículo de lujo, sino por la normalización de la incongruencia. Por la idea de que decir una cosa y hacer otra es aceptable mientras se explique bien.

Como sociedad también tenemos responsabilidad. Nos indignamos unos días, discutimos marcas, precios y versiones, y luego seguimos adelante. Nos acostumbramos a que el poder ajuste la narrativa en lugar de ajustar la conducta. Y así, poco a poco, la austeridad deja de ser un principio para convertirse en un slogan vacío.

Porque la transformación no fracasa cuando se compra una camioneta. Fracasa cuando ya nadie espera coherencia. Cuando asumimos que el discurso es solo eso: palabras blindadas, circulando a toda velocidad, lejos de la realidad que dicen representar.