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Desde la butaca: Pluribus y el virus de la felicidad

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El virus de la felicidad tiene otra consecuencia significativa, el efecto colmena, donde todos los seres humanos están conectados mentalmente como si fueran una sola persona.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com

La humanidad ha perseguido desde siempre el anhelo de vivir en armonía y paz. La historia nos ha mostrado que dicha pretensión es sencillamente inalcanzable. Tal vez en otra dimensión u en una vida diferente se logre, tal y como lo plantean las religiones. Quizá puede que esa utopía existiera en esas tierras o lugares que “han creado quimeras, utopías e ilusiones, porque mucha gente ha creído realmente que existen o han existido en alguna parte”, como la Atlántida o el Paraíso Terrenal bíblico, según nos dice Umberto Eco en su libro Historia de las tierras y los lugares legendarios.

Lo cierto es que este antiguo anhelo persiste hasta nuestros tiempos donde los nuevos juglares anuncian la existencia mejores lugares, ya sea en la Tierra Media de los hobbits (El señor de los anillos), en una misteriosa isla amazónica (La mujer maravilla), Wakanda (Black Panther) o un lugar color de rosa (Barbie). Sitios donde las personas viven felices, en armonía y paz, aunque enfrentan amenazas externas. Primero la literatura y posteriormente el cine, nos han llevado a imaginar estos maravillosos sitios, lo malo es que pertenecen a mundos fantásticos.

A partir de la proliferación de plataformas digitales, se ha venido consolidado un viejo producto, pero adoptando un lenguaje que fusiona la producción cinematográfica, creada para una gran pantalla, con la ligereza del streaming propio para los dispositivos móviles. Hoy el gran nicho de mercado son las miniseries que llegan a tener producciones dignas de películas de David Lean (Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago) donde se abordan los mismos temas que han atormentado a la humanidad por siglos: el amor, la vida, la muerte, el poder, y no podía faltar, el anhelo de una sociedad perfecta.

Una de las plataformas digitales, la misma que es famosa por sus computadoras, tablets y celulares, se ha ido enfocando en series que retratan mundos distintos, como For all mankind donde se plantea qué hubiera pasado con la carrera espacial de la década de los años sesenta si quienes llegaran a la luna fueran los antiguos soviéticos. Otra serie aborda cómo sería la vida de las personas si, ayudados por modernos procedimientos tecnológicos, pudiesen olvidar quienes son al llegar a su trabajo y, al salir del mismo, recuperar la memoría sobre su identidad como sucede en Severance. ¿Es el espacio laboral un escape o una prisión? Sea cual sea la respuesta, claramente no es algo sencillo.

La serie más reciente se llama Pluribus, palabra proveniente del latín que significa, “de muchos”, y que hace referencia la frase “E pluribus unum”, que significa “de todos uno”, utilizada al principio de la guerra de independencia de Estados Unidos en 1776, y que simboliza la unión de las trece colonias. La serie nos plantea un mundo idílico donde no hay guerras, odios, egoísmos, violencia ni mentiras, y por lo tanto no se requiere de gobiernos, legisladores, jueces, ejércitos ni policías. De tal forma que los seres humanos viven en un estado permanente de felicidad, donde todos es sonrisas y fraternidad. Imagine de John Lennon pasó de ser canción a volverse realidad, un mundo sin países ni religiones.

Sin embargo, ese mundo paradisiaco no surge por que la humanidad haya alcanzado un estado de gracia e iluminación sobre lo que es bueno y malo, sino que su origen proviene del espacio exterior. Al igual que Jodie Foster en la película Contacto, gigantescas antenas parabólicas captan un ininteligible mensaje proveniente del cosmos que pronto es descifrado . En el caso de Pluribus se trata de la fórmula de un virus que es creado en un laboratorio del ejército de los Estados Unidos (¿dónde más?) y probado en ratones de laboratorio, donde accidentalmente una científica es mordida y, a partir de ahí, se desata la propagación afectando a toda la humanidad, excepto a una decena de personas en todo el mundo.

Este virus no busca alimentarse de su huesped (las personas) como los hongos de The last of us, ni revivir muertos para comerse a los vivos como en The walking dead y derivados. Este es un virus de la felicidad y de armonía con el entorno, pues quienes lo portan son incapaces de matar a otro ser vivo, y con esto no solo me refiere a otro ser humano, sino que incluye animales, futas y vegetales, así sea cortar una manzana o una zanahoria.

El virus de la felicidad tiene otra consecuencia significativa, el efecto colmena, donde las individualidades han desaparecido y todos los seres humanos están conectados mentalmente como si fueran una sola persona. Las acciones, pensamientos, concimientos e incluso recuerdos, se comparten colectivamente. Se acabó la individualidad y la conciencia, ya no existe el “yo” sino el “nosotros”, pero también desaparece el sufrimiento inherente el simple hecho de vivir. ¿qué hacer ante esta situación? Una de las personas inmunes opta por fingir que nada ha pasado a fin de estar con su hija. Otro decide mudarse a Las Vegas y disfrutar de carros deportivos, supermodelos en la cama y todos los lujos posibles.

El personaje principal, Carol (Rea Seehorn), una escritora de best sellers de dudosa calidad, y que parece estar siempre enojada, se debate entre tratar de revertir la infección y que todo vuelva a su estado previo, o darse por vencida. Aquí flota la pregunta acerca de qué es lo mejor para la humanidad, cuya premisa principal es la sobrevivencia de la especie, y qué es lo mejor para cada persona en los individual, porque mientras unos viven con comidades, para quienes viven con miedo a sufrir violencia, hambre, maltratos, sufrimientos, etc, a lo mejor no es tan buena idea regresar al mundo tal y como era antes.

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