Editorial

Cómo está cambiando nuestra relación con la Verdad diálogo entre el coronavirus y la epistemología

#InPerfecciones
¿Qué nos enseña esta crisis del COVID- 19 sobre nuestra forma de relacionarnos con la Verdad? Los momentos de crisis son como las piedras que se lanzan al lago: hacen que lo que hay fondo (algas, polvo, suciedades, animalitos etc.) remonte a la superficie. 

 

 

 

Theo Laurendon Maestro del Centro de Estudios Sophia
theo.laurendon@inperfecto.com.mx

 

 

Observamos un cambio del discurso sobre la verdad. A primera vista parece ser un cambio epistemológico, una ruptura del “método” que todo el mundo había asumido que teníamos que usar para relacionarnos con la verdad. Hablo de la opinión, la doxa griega, esta forma personalizada, a menudo falsa, de acerarse a la verdad. Vivíamos hasta hace poco en la dictadura de la opinión: todos teníamos que opinar. “No exista la verdad absoluta”, podíamos escuchar en los cafés, bares y reuniones familiares. “¿Tu qué opinas?”; ¿Mira, todos tenemos opiniones diferentes, no hay una sola verdad” . Protagoras, estaría seguramente sonriendo desde su tumba.


Pero todo cambio: ahora el nuevo imperativo categórico es que debemos dejar todos de opinar (claro, es que ahora ya no es gratuito equivocarse, si te equivocas te mueres) y escuchar y obedecer a lo que dicen los científicos.


De nuevo, después de muchas décadas (¿Siglos) la ciencia se reconcilia con la ética, la verdad vuelve a celebrar la concordia renovada con las praxis individual, la moral, la toma de decisiones de parte de los ciudadanos. La ciencia ha vuelto a ser un código de conducta. Ya no vive en las altas esferas del Olimpo de los comités científicos y universidades y empresas de investigación: es un ejercicio de nuestra libertad.
Paradójicamente (pero es que el camino hacia la verdad está lleno de paradojas) no hemos salido de nuestra definición materialista de la verdad: esta sigue siendo algo empírico,  que se tiene que poder tocar, medir, comprobar y más que nada: ser utilitarista. Debe de tener un fin práctico. Pero al sujetar la verdad a una finalidad material (tener más salud para el cuerpo, más producción para comer más etc.) le estamos quitando su esencia y la del camino filosófico: uno no busca la verdad para proteger al cuerpo sino para liberar al alma. Es el amor a las estrellas, al conocimiento de lo real que mueve la conciencia a elevarse. No el miedo, no el instinto de supervivencia.

Pero no ha cambiado que para esta sociedad la verdad sigue siendo ruido, sigue siendo discurso. Consiste en rellenar tu mente de millones de ideas, documentales. Nos angustia el silencio. Para la postmodernidad la verdad se tiene que buscar de la misma forma que uno vive un concierto de rock: mucho ruido y mucha gente a tu alrededor y todo el mundo repitiendo la letra (la verdad) de la canción de forma colectiva.


Basta con observar la frenética y compulsiva tendencia que consiste en compartir con todo el mundo miles de contenido cultural para nos aburrirse durante la cuarentena. Acto bien intencionado y que puede elevarnos durante varias horas, es un gran cambio positivo. Pero también es una gran trampa, pues seguimos atrapados por la misma definición limitante de lo que es la verdad y como acceder a ella: seguimos creyendo que consiste en rellenarnos, en vez de vaciarnos. Que se trate de un contenido mental, no vivencial. Que se trata de algo que de forma pasiva debo consumir (si, la doctrina materialista del consumismo ha contaminado hasta los axiomas primarios de la filosofía sapiencial) y no algo que requiere un esfuerzo de conciencia de mi parte. Una verdad que tiene que ser divertida, entretenida y que está más motivada por el miedo al aburrimiento que por un genuino amor hacía lo real.


Pero tal vez esto sea un paso previo hacia otros niveles, pues de verdad que alegría ver tantas personas cultivarse. Millones de veces mejor un uso egoico de la cultura que una ausencia absoluta de cultura.


Tal vez esta crisis sanitaria y económica sea una oportunidad que nos da la vida para escuchar el silencio que hay en nosotros, para cambiar nuestra forma de acercarnos a lo real. Pues solo en las cuevas silenciosas de nuestro mundo interior podemos escuchar los ecos de la verdad.

Una verdad sujeta al tiempo, esclava de “lo último”, “lo urgente” y de los “nuevos acontecimientos”. Cuando en la antigüedad se aconsejaba la paciencia para que pueda lentamente desvelarse lo real, ahora corremos el peligro de alejarnos cada vez más de este al estar esclavizados por la sensación de lo “urgente”. Si bien el discurso científico tiene el gran merito y poder de responder a las necesidades inmediatas, se vuelve relativista al estar cambiando todo el tiempo, según se va modificando el mundo “tangible” y se olvida y aleja cada vez más de lo que nunca cambia. Tenemos una percepción antropocéntrica de la verdad y de lo real: es verdadero lo que es útil para nosotros en este periodo de tiempo concreto. Ya la semana que viene puede cambiar lo “verdadero”. O en seis meses.  Hemos perdido la capacidad de admirar y contemplar la eternidad, esta dimensión del cosmos que no esta sujeta al tiempo. Y donde se encuentra, como decía un Platón, Pitágoras o Plotino, lo real.

Hay un cambio epistemológico interesante en este momento preciso:
pensar ya no es un proceso individual, ya no es el “yo” personal (diferente al “cogito” cartesiano) que opina de todo y sin saber realmente mucho sobre el tema del que opina, sino que ahora “nosotros” pensamos. Nos hemos acordado que el sufrimiento, lejos de ser solo un problema, es un factor también de cohesión, de unión. Por una parte nos eleva la conciencia, pues nos hace más compasivos, más bondadosos y agradecidos hacia los que nos protegen. La verdad ahora es “lo que nos puede proteger”, “lo que nosotros ciudadanos debemos hacer o no hacer”. Y las recomendaciones científicas también son un “nosotros”, son comunes a todos los países contaminados.


Y por otra parte, el yo individual, instintivo y llenos de miedos se aprovecha de la situación: abrumados en los ecos de nuestros silencios interiores, buscamos refugio en formas mentales colectivas que nos permiten experimentar alguna certeza, darnos algún rumbo…


Este recordatorio de que somos una unidad conlleva el peligro de la multitud: dejamos de pensar, y dejamos que lo colectivo, la masa, pensé por nosotros. Ondas colectivas que todos repetimos, sin realmente saber pero que nos tranquiliza hacerlo. El ser humano a veces prefiere la unión en la ignorancia y histeria, que la verdad en su soledad e individualidad. De ahí la imposibilidad de acceder plenamente a un conocimiento filosófico si no dialogamos con nosotros mismos…Pensar, decía Platón, es dialogar con uno mismo. Si no hay dialogo sino una única corriente mental colectiva fuerte, ¿realmente estamos pensando?
¿Y sin pensar, de verdad podremos acercarnos a la Verdad?

Como decía Heidegger, la esencia de la época moderna es la tecné, y seguimos haciendo de la tecnología nuestra herramienta principal para conocer: teléfonos móviles, internet, redes sociales, investigación científicas etc. El conocimiento siempre nos viene de fuera,  no buscamos un equilibro entre verdad encontrada por dentro, por uno mismo, y información encontrada fuera.


Y si usamos un método (la tecnología) que por esencia y definición es utilitarista: ¿cómo nos vamos a encontrar una verdad que no lo sea también? Si los métodos están limitados, es decir relativos, la verdad que encontremos también lo será. Y la verdad no es relativa. Es decir, no es Verdad. 

 

Humildad, por otra parte: nos estamos acordando de nuevo que la ciencia es una viaje infinito hacia la Verdad, y que no lo sabemos todo. “Solo sé que no sé nada” decía Sócrates, cuya sincera y filosófica humildad no le impidió de abrazar con plenitud su proprio destino, su propia muerte, conquistando de esta forma una conexión con lo Real, la Verdad, que como sociedad estamos aun a millones de años de luz de poder entender.


Como conclusión, más que una ruptura epistemológica, observamos más bien muchos cambios que no dejan de ser el producto de la visión de “verdad” y “metodología” que vamos arrastrando desde el siglo XIX. Pero que sin duda alguna, la crisis del Coronavirus nos ofrece una oportunidad única para poder transformar de forma individual y colectiva nuestra relación a lo real. Tal vez después de que termine todo esto, podamos observar paulatinos cambios en nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos, con el mundo y con lo Real.

 

#InPerfecto