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VERA CASLAVSKA, LA NOVIA DE MÉXICO 

1968, EN LA MEMORIA DE MÉXICO

 

Eduardo Morales

dorado.deportes@inperfecto.com.mx

 

Saludos amigos, las justas olímpicas además de récords, también marcaron la vida amorosa de una pareja  de atletas checoslovacos. Algunas versiones apuntan que habían hecho un trato: si ella ganaba la prueba de concurso completo y él se colaba a la final de los mil 500 metros planos, se casarían en la Ciudad de México. Ambos consiguieron esas metas y la boda olímpica fue un suceso.

 

“¿Qué pasó, se casa o no se casa?”, se escuchó desde el fondo. Los fanáticos se volvieron periodistas y esa noche fueron ellos los que hicieron la pregunta más importante durante la conferencia de prensa. Era tanta la cantidad de gente que quería ver a Vera que la seguridad no pudo detener la estampida después de las finales por aparatos. Pero la respuesta de la rubia no aclaró las dudas, “Los mexicanos me han tratado en forma tan amable. No he podido hablar con mi prometido, pero hoy mismo trataré de hablar con él.”

Asi pues, la noche del sábado 26 de octubre de 1968, millones de mexicanos vieron a través de la televisión cómo se les casaba -la novia- de todos ellos: frente al altar mayor de la Catedral Metropolitana la gimnasta checoslovaca Vera Caslavska dio el sí a su compatriota Josef Odlozil, corredor de medio fondo, en cumplimiento a una promesa que ambos habían hecho en los anteriores Juegos Olímpicos celebrados en Tokio en 1964.

Como en un ejercicio de equilibrio y precisión, ella desplegó una personalidad encantadora que sedujo a la sociedad mexicana durante aquellos días y fue firme en su oposición a la invasión soviética a su país, la entonces Checoslovaquia.

 

Apenas unos meses antes de que triunfara en aquellos juegos, en los que cosechó cuatro medallas de oro y una de plata, los tanques del Ejército Rojo entraron a Praga. Vera asumió una oposición sin concesiones que le costó años de sanciones y marginación.

Si la imagen de Tommie Smith y John Carlos con puño alzado y enfundado en un guante negro simbolizó de manera enfática la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, Caslavska representó la protesta silenciosa contra la invasión soviética.

En el podio de premiación en el Auditorio Nacional, donde el público protestaba cuando los jueces no favorecían a la gimnasta checa, Vera estaba flanqueada por dos gimnastas soviéticas, con la mirada en el suelo mientras se escucharon las notas del himno de la URSS. La mirada clavada en el suelo con un gesto de gravedad contrastaba con la sonrisa que prodigaba a la afición mexicana.

Esa actitud silenciosa ante los ojos de la opinión pública mundial contra la invasión de Checoslovaquia, dos meses antes, molestó de manera irreversible a los funcionarios de Moscú.

Viajamos a México dispuestos a sudar sangre para derrotar a los representantes deportivos de los invasores, dijo Caslavska varios años después sobre lo que sucedió en 1968.

 

La gimnasta apoyó con todas sus fuerzas el proceso democratizador que pasó a la historia con el nombre de la Primavera de Praga y firmó el Manifiesto de las 2 mil palabras para que continuaran las reformas, pero eso fue su perdición. Sufrió interrogatorios de la policía pro soviética y se vio obligada a trabajar durante un tiempo en la limpieza doméstica para poder alimentar a sus hijos.

 

Vera dejó atrás una carrera de esplendor deportivo, con dominio absoluto en la gimnasia durante los años 60, en los que ganó tres oros en los Juegos Olímpicos de Tokio (1964) y otros cuatro en México 1968.

El público mexicano la siguió con gran interés y cuando abarrotó el Auditorio Nacional, donde se desarrollaron las competencias de gimnasia, festejó a la checa como si fuera una competidora nacional. Crónicas de la época consignaron cómo la afición local protestó calificaciones, aplaudió rutinas y celebró cada movimiento y gesto de Vera.

 

El cortejo entre el público local y la gimnasta checa se fue consolidando durante los días de la competencia. Ella desarrolló su rutina de piso con música mexicana: primero el Jarabe tapatío, seguido de Allá en el Rancho Grande, que arrancaron alaridos en el recinto.

 

Entre la sensación que provocó con el pueblo mexicano y el éxito mediático por sus impecables actuaciones deportivas, la boda fue el clímax por el que se asegura que ganó el apodo de La novia de México.

 

La rebeldía de Vera ante la presencia soviética en su país y la participación activa en el movimiento de protesta de la Primavera de Praga contra la invasión le costó a Caslavska la expulsión del sindicato deportivo checo y la persecución política.

 

En 1974 entrenaba a gimnastas de su país y en el periodo entre 1979 y 1981 lo hizo en México, país donde logró su mayor triunfo deportivo y donde había construido vínculos entrañables.

La novia de México formó a niñas para la disciplina y elogiaba que aquí no sólo había riquezas naturales, sino también existía un alto potencial de talento deportivo, pero al que le hacía falta detectarlo y desarrollarlo.

 

Su declive comenzó a raíz de la muerte de su esposo Odlozil, en 1993, por una pelea con su hijo Martin, quien le provocó lesiones que más tarde le costaron la vida. El hijo de Vera fue condenado a cuatro años de prisión, aunque luego fue indultado.

 

A partir del incidente, Caslavska se recluyó en una casa apartada, con fuertes depresiones, y apenas fue vista durante varios años. Tras su retiro voluntario, volvió de nuevo a participar en la vida pública del país.

 

A finales de los años setenta, el presidente de México José López Portillo solicitó al gobierno de Checoslovaquia que se le permitiera viajar a México como entrenadora del equipo olímpico de gimnasia de nuestro país. La leyenda afirma que fue una condición mexicana para aceptar vender petróleo a aquella nación todavía comunista.

“No quiero decir que fui intercambiada por petróleo”, decía cuando se le preguntaba sobre esa situación.

 

La novia de México era checoslovaca y campeona olímpica. Vera Caslavska, la gimnasta que conquistó al país durante los Juegos Olímpicos de 1968, murió a los 74 años de edad, víctima de cáncer.

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