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Leer a los clásicos: Max Weber

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A la fecha, las ideas de Weber sobre Estado, poder, dominación y furza siguen vigentes y nos ayudan a entender nuestra realidad.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com

Max Weber se encuentra en el Olimpo de los grandes autores de las ciencias sociales. Nacido en 1864 en una provincia de la entonces Prusia, poco antes de la formación del Imperio alemán en 1871, falleció a los 56 años en 1920. En las aulas universitarias de economía, ciencia política, administración pública o sociología se siguen estudiando y debatiendo sus ideas y propuestas. Por ejemplo, la tesis de que el desarrollo del capitalismo moderno estuvo influido por valores religiosos derivados del protestantismo, expuesta en La ética protestante y el espíritu del capitalismo; o la coexistencia del político que vive para la política (como vocación y servicio) y del político que vive de la política (como fuente de ingresos o carrera profesional), siendo ambos necesarios para el equilibrio del servicio burocrático, cuestión que aborda en El político y el cientifico.

Por ahora, nos enfocaremos en Economía y sociedad, obra publicada de manera póstuma. En ella, Weber define el poder como “la posibilidad de imponer la propia voluntad sobre la conducta ajena”, es decir, la viabilidad de que una persona obligue a otras a hacer algo que de otra forma no harían. En un rango más específico encontramos la dominación, definida como “la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos”. En otras palabras, la dominación equivale a una forma de autoridad que se ejerce porque existe un conjunto de costumbres, afectos, intereses materiales e ideológicos que la sostienen pero no garantizan que sea de obediencia absoluta. Sin embargo, advierte Weber, para que la dominación perdure en el tiempo es necesario que vaya acompañada de una legitimidad; es decir, que sea aceptada por la población.

La dominación legítima (esto es, aquella que no se impone exclusivamente por la fuerza) Weber la divide en tres tipos. El primero es la dominación racional-legal, que predomina en el Estado moderno. Está fundamentada en un conjunto de leyes, normas y reglamentos mediante los cuales la autoridad ejerce su mando. Esta forma de dominación otorga certeza, ya que el gobernante no puede ir más allá de lo establecido por el marco legal. Además, permite el desarrollo de una estructura institucional reflejada en una burocracia que mantiene en funcionamiento al aparato gubernamental en todos sus niveles.

El segundo tipo es la dominación tradicional, basada en la costumbre y en la creencia de que ciertas formas de poder han existido siempre. El ejemplo más claro es la monarquía hereditaria, en la cual no se cuestiona por qué el rey o la reina ocupan el cargo más altó en un Estado, ni se somete su permanencia ni descendencia (se mantiene el derecho a heradar el trono al hijo/hija promogénito) a la voluntad popular; simplemente se asume como algo que siempre ha sucedido.

El tercer tipo es la dominación carismática, que descansa en las cualidades extraordinarias de una persona. El líder carismático es percibido como alguien excepcional: un héroe, un profeta o un revolucionario. Su legitimidad no proviene de normas ni de tradiciones, sino del reconocimiento emocional de sus seguidores. No es raro que tipo de liderazgo, al no sentirse limitado por leyes o costumbres, termine considerándose como el iluminado que entiende a su pueblo o como el elegido para guiar a su nación. Este liderazgo es inherentemente inestable y puede diluirse con el tiempo ya que depende de la permanencia del carisma, a menos que se institucionalice durante su permanencia en el poder. En este sentido, el carisma del caudillo (término utilizado por Weber) no puede heredarse, como lo entendió Plutarco Elías Calles tras la muerte de Álvaro Obregón, cuando habló del inicio de un país de instituciones. A propósito de este tema, siempre será buena idea leer o releer La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán que retrata la fuerza del caudillo sin que tenga que ser siquiera nombrado

Otra valiosa aportación de Weber es su definición del Estado como “aquella comunidad humana que en el interior de un determinado territorio (el concepto de territorio es escencial para la definición) reclama para sí (con éxito) el monopolio de la coacción física legítima”. En otras palabras, el Estado posee el monopolio legal del uso de la fuerza. Esto implica que, en una nación, solo puede existir un actor legítimo que ejerza la fuerza (aunque suene como si fuera un capítulo más de la saga de Guerra de las Galaxias) y ese debe ser el gobierno, particularmente a través de las fuerzas armadas y las instituciones policiales.

Cuando ese monopolio está en disputa o el uso de la fuerza es compartido entre dos o más actores dentro de un mismo territorio, dejamos de hablar de un Estado moderno y consolidado, y entramos en categorías aún en debate, como Estado fallido, débil, frágil, criminal o colapsado. Los ejemplos más claros suelen citarse en países como Haití o Somalia, donde, si bien existe una autoridad formal, en la práctica amplias zonas del territorio están controladas por poderes fácticos de carácter criminal. También pueden darse escenarios de coexistencia entre el poder legal y el poder criminal, como ocurre en algunas regiones de México.

A la fecha, las ideas de Weber sobre Estado, poder, dominación y furza siguen vigentes y nos ayudan a entender nuestra realidad. Podemos identificar en cualquier país los tres tipos de dominación solos o en diversas combinaciones, como las monarquías constitucionales o parlamentarias, donde conviven la dominación legal y la tradicional; o en gobiernos donde se entrelazan la dominación legal y la carismática, como ha ocurrido con diversos líderes contemporáneos que van de Trump y Berlusconi hasta Chávez o Castro

Asimismo, continúa siendo útil reconocer que solo el Estado tiene el derecho legítimo de usar la fuerza o de autorizar su uso. Cuando una persona o grupo la emplea fuera del marco legal, se trata de conductas delictivas. Y si ese uso de la fuerza se extiende a regiones enteras, significa que el Estado ha perdido el control de su monopolio, debilitando su autoridad y dando paso a estructuras paralelas de poder y poniendo en riesgo la existencia del propio Estado.

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