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Nuevo año, nuevas reglas

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El año nuevo nos ha despertado con nuevas reglas, que en realidad han sido las de siempre: la ley del más fuerte.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com

En el año 1494, se suscribió el Tratado de Tordesillas, un acuerdo histórico mediante el cual los reinos de España y Portugal delimitaron las áreas de exploración y conquista en lo que denominaban el “nuevo mundo”. Este acto, marcado por intereses geopolíticos y económicos, representó una de las primeras manifestaciones formales de la partición territorial a escala global, estableciendo precedentes para futuras negociaciones internacionales. Siglos más tarde, a poco de concluir la Segunda Guerra Mundial, tuvo lugar la Conferencia de Yalta, en la cual Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética definieron sus respectivas zonas de influencia en Europa y acordaron la división de Alemania en dos bloques: el occidental, bajo la influencia aliada, y el oriental, sometido al control soviético. El inicio del presente año ha sido testigo de la captura de Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores, ubicado en la capital venezolana, por fuerzas armadas de los Estados Unidos. Este hecho, carente de la formalidad diplomática que caracterizó los acuerdos antes mencionados, representa el comienzo de una transformación del orden mundial contemporáneo.

Que Maduro debía salir de la presidencia de Venezuela era algo que se había atrasado. No solo por los pésimos resultados en materia económica que han afectado a la población (con caída del PIB en 2019 del 27.7% y por arriba del 30% en 2020, y con inflación del 234.1% en 2022, con una disminución al 25.6% en 2025) sino por el autoritarismo que ante la falta de resultados positivos optó por reprimir manifestaciones en contra del gobierno, encarcelar a los líderes opositores y llegar una elección presidencial este año que los observadores internacionales, en consenso, señalaron como fraudulentas. La falta de legitimidad del régimen de Maduro, se sostuvo, como sucede siempre, en la fuerza de las armas, factor real del poder.

No obstante, la detención de Maduro en su propio país por fuerzas extranjeras no puede ser celebrada; por el contrario, es motivo de preocupación, ya que constituye una violación flagrante al derecho internacional. Desde 2014, Estados Unidos había implementado siete órdenes ejecutivas dirigidas a Venezuela, principalmente en materia económica y en condena a políticas contrarias a los derechos humanos. Ahora, el gobierno estadounidense justificó la acción alegando el cumplimiento de un mandato judicial interno, eludiendo así la aprobación de su Congreso. Sin embargo, aunque se recurra al eufemismo de “mandato de ley” en lugar de “acto de guerra”, la intervención sigue siendo extraterritorial y contradice los principios fundamentales del derecho internacional, específicamente el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas.

La esperanza de que, tras la caída de Maduro, Venezuela recupere el camino hacia las libertades políticas parece desvanecerse. El régimen permanece intacto, con los mismos actores en el poder, siendo el único cambio hasta el momento la sustitución en la presidencia. Las perspectivas económicas tampoco son alentadoras, dado que el presidente Trump ha manifestado abiertamente que el principal (y único) interés de su administración es el control del petróleo venezolano. Al parecer sucedió el milagro de que todo el narcotráfico desapareció con el encarcelamiento de Maduro.

El discurso de las libertades políticas y defensa de la democracia y los derechos humanos que tanto impulsó EU tras la caída de la Unión Soviética y que permitó el auge de la globalización y “el fin de la historia”, ha quedado guardado en un cajón para el olvido. Para Venezuela no hay palabras como democracia, elecciones y voluntad del pueblo. El año nuevo nos ha despertado con nuevas reglas, que en realidad han sido las de siempre: la ley del más fuerte. No está de más señalar que en 2025 Estados Unidos emprendió ataques militares a Irán, Irak, Yemen, Somalia, Siria y Nigeria, siendo la única diferencia con Venezuela el que no hayan apresado a nadie. Así que estrictamente no debe sorprender lo sucedido en días pasados.

El gobierno de los Estados Unidos, por si no fuera suficiente, ha intensificado un discurso agresivo en contra de Colombia, Cuba y México, argumentando razones de seguridad en contra del narcotráfico (sin cuestionar el hecho de que para que haya oferta es porque existe mercado), y por si fuera poco, plantea seriamente la posibilidad de ocupar, incluso militarmente, a Groenlandia, territorio perteneciente a Dinamarca, que a su vez es miembro fundador de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El artículo 5 de la OTAN considera que el ataque armado a uno de sus miembros se considerará un ataque a todos los países integrantes. La paradoja es: ¿qué pasaría si un miembro de la OTAN agrede militarmente a otro miembro de la misma? ¿acudirían los demás países en defensa del agredido?

Lo que sí estoy seguro es de que darse la agresión a Groenlandia, la alianza de seguridad transatlántica quedaría rota y pasaríamos a un periodo de profunda incertidumbre. Estados Unidos se atrincheraría en América Latina dado que dejaría de ser socio confiable para los europeos, e incluso para Canadá, país miembro de la Commonwealth encabezada por el Reino Unido. Rusia, por su parte, ampliaría su política de expansión militar, extendiendo las acciones emprendidas en Ucrania a otras naciones que formaron parte de la extinta Unión Soviética, como ya lo ha manifestado en diversas ocasiones. China encontraría el campo libre para avanzar sobre Taiwán, el resto de Asia y África.

Quedaría en el aire el rumbo que tomaría Europa, que advierte la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Estados Unidos, enfrenta un proceso de borrado civilizatorio. “Un Estados Unidos que aspira a producir miedo no puede permitirse el lujo de los lazos sentimentales que lo ataban a sus raíces europeas” sostiene Michael Ignatieff en un artículo publicado en Letras Libres en diciembre pasado.

Para bien o para mal (eso lo determinará el tiempo) Donald Trump ha reconfigurado el orden mundial. Las medidas arancelarias administración han asestado un golpe mortal a la globalización, dando lugar a la relocalización y al fortalecimiento de los mercados regionales. La captura de Maduro y el discurso orientado a retomar el papel de potencia hegemónica sobre América Latina nos retrotraen a los tiempos en la que prevalece el poder militar sobre la diplomacia y el respeto al orden internacional. Un mundo oscurecido donde la fuerza bruta se impone a la razón.

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