Editorial InPerfección Principal

La perenne desigualdad

#InPerfecciones
La desigualdad económica, política o social es una construcción humana, y por lo tanto es corregible.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com

Vivimos en un mundo donde la igualdad es más una aspiración que una realidad tangible. Desde la perspectiva económica, Platón sostenía en La República que la diferencia patrimonial entre el más rico y el más pobre no debería exceder una proporción de 4 a 1. Esta idea, aunque noble, se distancia de la realidad histórica, en la que predomina la concentración de riqueza en manos de unos cuantos, ya sea por el ejercicio de la fuerza, justificaciones religiosas o, más recientemente, por habilidades empresariales.

La igualdad, según Nicola Abbagnano en su Diccionario de Filosofía, se define como la “relación de sustitución entre dos términos… sin que cambie el valor del contexto mismo”. Es decir, implica que una persona “que se encuentra en determinadas condiciones posea posea prerrogativas o posibilidades no diferentes de las poseídas por cualquier otra en las mismas condiciones”. Este principio se refleja en la igualdad jurídica donde la ley se aplica sin distinciones, o de la igualdad política en un proceso de elección, donde todos los votos tienen el mismo valor unitario. Si bien en teoría este razonamiento es impecable, la realidad demuestra que la desigualdad prevalece. La ley no se aplica de manera uniforme y, en la práctica, tampoco todos los votos tienen el mismo peso.

La buena noticia, nos dice Thomas Piketty en Breve historia de la igualdad, es que la desigualdad ha mostrado una tendencia decreciente desde finales del siglo XVIII. “Entre 1780 y 2020 se observa una evolución hacia una mayor igualdad de estatus, de patrimonio, de ingresos, de género y de raza en la mayoría de las regiones y sociedades del mundo”. Aunque este proceso no ha sido lineal ni uniforme, el análisis global a largo plazo indica una atenuación progresiva de las condiciones de desigualdad. Actualmente, la población goza de mayores expectativas de vida, las hambrunas han disminuido considerablemente, el acceso a servicios básicos como agua potable y drenaje es más amplio, los ingresos familiares se han incrementado y derechos fundamentales como la salud, la educación y el voto universal se han consolidado. Además, la discriminación por género, raza o credo ha tendido a reducirse.

Sin embargo, persisten retos significativos, y algunos logros incluso muestran signos de estancamiento o retroceso, como el respeto a la diversidad sexual, a la equidad de género, la integración y aceptación del migrante e incluso a la libertad de opinión. Un estudio reciente publicado por Oxfam titulado Contra el imperio de los más ricos, pone de manifiesto que en materia de riqueza, por primera vez en la historia el número de mil millonarios (así son clasificados) ha superado la cantidad de 3 mil, y que “desde que Donald Trump fue elegido presidente en noviembre de 2024, la fortuna conjunta de los milmillonarios del planeta ha crecido tres veces más rápido que el promedio anual de los cinco años anteriores”. Si se sumara la riqueza de los 12 milmillonarios más acaudalados, equilvaldría a la fortuna equivalente de las 4 mil millones de personas más pobres. Destaca también el caso de Elon Musk, quien, tras la fusión de SpaceX y xAI, se ha convertido en la primera persona con una fortuna superior a los 800 mil millones de dólares.

Por otra parte, el World Inequality Report 2026 apoyado por el  Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, indica que la mitad de la población mundial obtuvo 8% de los ingresos globales y posee el 2% de la riqueza total, mientras que el 10% de la población concentra el 53% de las ganancias y el 75% de la riqueza. Proporcionalmente, el 50% más pobre y el 40% de clase media, reciben ingresos inferiores al valor de la riqueza que poseen. De manera regional también se puede ver la desigualdad, ya que el ingreso mensual promedio en el África subsahariana es de poco más de 6 mil pesos, en América Latina es alrededor de 24 mil pesos, en Europa ronda los 60 mil pesos y en Norteamérica (sin contar México) supera los 77 mil pesos.  En otra faceta de la desiguadad,  las mujeres trabajan más horas que los hombres, incluyendo las labores del hogar y de cuidados, y ganan un 63% menos que ellos.

Desde una perspectiva liberal, no se considera negativo que algunas personas obtengan mayores ingresos gracias a la innovación de productos, la comercialización de su imagen o talento, habilidades deportivas, mejoras en procesos productivos o inversiones arriesgadas. El debate surge cuando unos pocos utilizan su poder económico para perpetuar el statu quo y, a la par, incrementar su riqueza.

El propio informe de Oxfam tiene como subtítulo Defendiendo la democracia del poder de los milmillonarios, haciendo hincapié en que el aumento del poder económico conlleva un mayor peso en la toma de decisiones políticas por parte de las élites. De esta forma, la democracia se pervierte porque el milmillonario apoya a los políticos en su ascenso al poder a cambio de mantener las reglas del juego a su favor, y así presentarlas como algo natural e inmutable.

En ese interesante diálogo plasmado en Igualdad, qué es y por qué importa entre Piketty y Michael Sandel, este último pregunta de manera provocadora: si se lograra garantizar el acceso universal a bienes básicos como educación y salud, y existiera una participación política realmente igualitaria (donde el dinero no determinara las decisiones), ¿seguiría siendo problemática la desigualdad de ingresos y riqueza? La respuesta es afirmativa, siempre que se cumplan el acceso a servicios esenciales y exista un debate público libre e informado; si las personas no padecieran hambre y la concentración de dinero en pocas manos no afectara negativamente a los demás. Imposible no es porque la desigualdad económica, política o social es una construcción humana, y por lo tanto es corregible. Más bien la pregunta es ¿queremos y podemos construir una sociedad menos desigual?

#InPerfecto