Editorial

Desromantizar la sororidad

#InPerfecciones
La fe ciega con la que ejercemos la sororidad puede ser peligrosa, pues nos arriesga a pasar por alto acciones de abuso, violencia, maltrato o faltas de respeto.

 

 

Karla Soledad / @kasoledad
k28soledad@gmail.com

 

Hace unos meses terminé una relación de colaboración con una compañera con quien compartí un proyecto de feminismo que me apasionaba mucho. Fueron diferentes motivos los que poco a poco crearon distancia entre nosotras, y que finalmente nos llevaron a tomar la decisión de separarnos y específicamente, que ella abandonara el proyecto. Lo cierto es que la manera en la que se dio esa ruptura me afectó mental y emocionalmente durante varias semanas.

 

En un ejercicio de autorreflexión, hice un repaso por las emociones y los pensamientos que me inundaron el día que nos separamos. Por un lado, sentí un gran enojo por las acciones que ella había tenido en las últimas semanas: la falta de asertividad en su comunicación, la deshonestidad y la falta de compromiso y seriedad, la teatralidad dramática y berrinchuda de su salida, la nula respuesta a mi agradecimiento cuando me despedí de ella, y más.

 

Por el otro, sentí una profunda culpa que resultó en muchos pensamientos de reproche hacia mí misma. Pasé toda la noche cuestionando por qué permití tantas y tan repetidas faltas de respeto hacia mi persona, hacia mi trabajo, y hacia el proyecto mismo. A estas reflexiones también se sumaron emociones de decepción y de tristeza, pues me sentí abandonada, rechazada y engañada. 

 

La empatía que creí que todas las mujeres feministas teníamos entre nosotras, y a la cual llamamos sororidad… me desilusionó. ¿No se supone que entre mujeres somos empáticas y comprensivas? ¿No se supone que entre mujeres priorizamos el lazo que nos hermana por encima de lo que nos separa? ¿Por qué me trató así? ¿Qué hice para merecer su desprecio y sus abusos?

 

El feminismo tiene transformaciones positivas y poderosas en nuestra vida una vez que lo abrazamos como una perspectiva para mirar y entender el mundo. Una de esas transformaciones maravillosas es la integración de la sororidad en nuestro día a día, pues se convierte en una herramienta que nos acerca a las demás mujeres y que nos permite crear comunidad entre nosotras.

 

“La belleza de la sororidad es que, en la práctica, podemos ejercerla de manera transversal en cada uno de nuestros actos individuales, y podemos también utilizarla como un eje rector para impulsar transformaciones sociales profundas. La sororidad es personal y también es colectiva, es política y revolucionaria. En el plano personal, la sororidad es la medida con la que desarrollamos nuestras relaciones con otras mujeres, y en el plano colectivo es la bandera con la que generamos políticas públicas con perspectiva de género.”

 

Este es un fragmento de una columna que publiqué el año pasado, hablando sobre el poder transformativo de la sororidad colectiva. Puedes visitarla dando click aquí

 

Sin embargo, por mucho que la sororidad es un pacto político de equidad entre mujeres – como conceptualizó Marcela Lagarde – con una belleza y un valor intrínsecos, también puede malinterpretarse como una hermandad incondicional entre mujeres. 

 

Quiero detenerme aquí para resaltar la importancia de analizar la palabra incondicional, pues comúnmente le atribuimos una connotación positiva. La incondicionalidad no solo tiene las atribuciones de lealtad y fidelidad, sino que carga en ella la falta de criterio, una ausencia total de trazado de límites y una fe ciega y cegadora.

 

La fe ciega con la que ejercemos la sororidad puede ser peligrosa, pues nos arriesga a pasar por alto acciones de abuso, violencia, maltrato o faltas de respeto. Muchas veces en nombre de la sororidad, ignoramos acciones de otras mujeres que nos dañan o nos hieren, e invalidamos nuestras emociones de molestia, incomodidad, tristeza, enojo o decepción.

 

Esa sororidad ciega y cegadora nos hace caer en el comportamiento al que tanto estamos acostumbradas y adoctrinadas: poner a la otra persona primero, pues en el intento de ser sororas, nos callamos lo que pensamos y seguimos con nuestras vidas. Esa sororidad ciega nos lleva a decirnos a nosotras mismas aquellas frases que tan bien conocemos y que tanto nos lastiman: “no es para tanto”, “tal vez me lo estoy tomando muy personal”, “quizá no fue su intención”, “estoy exagerando”.

 

Este fue uno de los principales aprendizajes que tuve al analizar lo que me pasó con la chica de aquel proyecto. En mi intención de ser sorora, la puse a ella primero y al centro de mis decisiones y mis reflexiones. Quise ser empática y considerar las complicaciones de su vida diaria, pues esas complicaciones le impedían comprometerse al cien por ciento con nuestro proyecto. Quise ser compasiva y poner el doble de tiempo y esfuerzo de mi parte, compensando así lo que ella no podía dar. Quise ser sorora, y en el camino me fallé a mí misma.

 

Sí, la sororidad es una práctica maravillosa que el feminismo nos enseña. Es una herramienta que nos ayuda a tejer lazos profundos, redes de apoyo y tener un trato más amable hacia nuestras compañeras como un antídoto ante la narrativa patriarcal que nos prefiere enemistadas.

 

Sin embargo, también es importante reevaluar el peso que le hemos dado a su presencia y sus efectos en nuestras vidas. Es importante re evaluarla para desromantizarla y resignificarla. Así podremos darnos cuenta si en el afán de ser sororas estamos pasando por alto acciones y comportamientos que de otra forma y viniendo de cualquier otra persona, no estaríamos dispuestas a aceptar.

 

La sororidad puede seguir siendo el primer código ético al relacionarnos con otras mujeres para entendernos como iguales en el mundo que caminamos juntas. Si nos atrevemos a desromantizarla, y regresamos al origen de su significado, podremos ejercerla como una práctica de cuidado hacia las demás, sin descuidarnos a nosotras mismas.

 

#InPerfecta

 

Iustración de @lio.ilustracion