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ESPECIAL DE ARQUITECTURA ARQUITECTURA Y NATURALEZA parte 1

#Arquitectura

Algunas cosas son evidentes, sin embargo el desconocimiento y falta de sensibilidad al entorno o la teoría pueden restarle interés a lo que tiene tanto contenido para ser aprendido y aplicado al ejercicio del diseño.

 

Carlos Rosas C.   

carlos.rc@inperfecto.com.mx

 

Es probable que los que nos vemos implicados en el diseño de espacios de cualquier índole hayamos tenido cursos o incluso quienes hayan cursado maestrías que tuvieran que ver con la historia de la arquitectura, quizá fueron conocimientos que dentro del mercado de la oferta de trabajo han caído en desuso porque la parte teórica que implica el emplazamiento de los objetos y los espacios ha dejado de tener importancia dentro del proceso creativo que insistiré debe apropiarse de este conocimiento histórico, teórico, y de profundas raíces que no deben echarse al olvido si lo que se pretende es volver a conectar al hombre con el entorno natural.

 

Geometría y Naturaleza fue el tema que exploramos en la entrega anterior que como comenté nos dará la plataforma para introducirnos en el estudio de la arquitectura como parte de un conocimiento que sin duda nos dará muchas herramientas para analizar o simplemente disfrutar de la arquitectura.

 

La primera parte de este ensayo que a continuación les traemos es de la autoría de Vincent Scully, y es producto de sus apreciaciones personales sobre arquitectura en el seno de las diferentes culturas del mundo. Los monumentos arquitectónicos que aquí se presentan han inspirado diversas teorías a diferentes investigadores. La de Scully es la de las formas arquitectónicas como respuesta del hombre al paisaje en su entorno.

 

ARQUITECTURA Y NATURALEZA

 

Cuando en 1952 en Pesto –al sur de Italia-, visité por primera vez los templos griegos comprendí de inmediato que, pese a las observaciones de algunos viajeros y mitógrafos, muy perceptivos, los historiadores de la arquitectura no habían descrito estos templos en términos adecuados. De hecho una de las fallas más graves de la arqueología moderna y de la historia de la arquitectura ha sido su incapacidad para conceptuar y reconocer la relación que siempre ha existido entre la topografía y la construcción en todas las culturas humanas.

 

Tal ceguera intelectual deriva simplemente de la arrogancia de la humanidad moderna urbanizada, misma que hasta ahora le ha impedido ver lo que no puede concebir como importante para ella. De ahí que por lo general la arquitectura del México prehispánico se la ubicara en una categoría de algo puramente geométrico y antinatural sin tomar en cuenta los sitios donde se localiza.

 

A su vez, se analizaba y describía meticulosamente los templos griegos, como si se encontraran en Estados Unidos. Por fortuna, el proyecto de “las Américas Unidas” pone de manifiesto que los eruditos americanistas han dejado de lado los viejos prejuicios mucho más que los estudiosos de la arqueología clásica y que están dispuestos a estudiar los sitios sagrados desde el punto de vista de sus formas relevantes que incluyen ante todo las de los mismos paisajes sagrados.

 

Vistas en el contexto de la urbanización europeoamericana, las construcciones mesoamericanas revelan una actitud característicamente pregriega y no griega hacia las formas del paisaje: las imitan. Lo mismo sucede en Mesopotamia, Egipto, y, a su manera, en Creta durante la edad de bronce. Los griegos fueron los primeros en romper con esta tradición: sus templos contrastan con las formas sagradas naturales e introducen en la naturaleza la materialización de la voluntad y el deseo humanos, de una divinidad concebida por el hombre, diferente de la divinidad natural y en marcado contraste con las formas naturales.

 

 

Desde luego, es fundamental el concepto de la montaña sagrada que, en su forma más pura y sencilla, se puede apreciar en Teotihuacán, el centro ceremonial más importante y tal vez el más grandioso de las américas. Su eje principal, la calzada de los muertos (conocida también como calzada norte-sur o camino de los rituales), lleva directamente al templo de la luna –llamado así por los Aztecas y tal vez por pueblos más antiguos todavía-, cuyos perfiles reproducen y condensan los del lugar sagrado que lleva por nombre “Cerro Gordo”, o más precisamente “Tenán” –Nuestra Madre de Piedra-, que se eleva detrás del templo. Por su ubicación, dicho templo puede considerarse como una expresión de la manera como el hombre de Mesoamérica se veía a si mismo: esta inmerso en la naturaleza y forma parte integral de ella, pero también puede –y de hecho, debe- ayudarla mediante el poder de sus ceremonias, sobre todo el sacrificio humano.

 

 

El templo ayuda a la montaña a producir los manantiales que abastecen de agua al valle de México, su base está formada por líneas horizontales fracturadas, como aquellas por donde con dificultad pasan los manantiales de la tierra. Vista desde la calzada, la masa de la montaña parece comprimir al templo al punto de fracturarlo. La diosa de las aguas (Chalchiuhtlicue –la de falda de piedra verde-) que se encuentra en el Museo de Antropología de la Ciudad de México es una descripción figurativa de esta condición. Su cabeza soporta un bloque masivo de piedra hendido en el centro, tan como está hendida la montaña, como están igualmente hendidas las cabezas de los dioses Olmecas. El peso del bloque comprime el cuerpo de la diosa haciendo que de sus manos salga el agua y que su falda se fracture en fallas horizontales. En esto es exactamente igual a la estructura del tablero que caracteriza al templo de Quetzalcóatl, el cual se encuentra al lado derecho de la calzada en el punto donde el eje ceremonial empieza a sumergirse en el corazón del lugar.

 

 

 

También a esta construcción se le dio un aspecto comprimido y fracturado, y de ella también brotan manantiales representados por serpientes emplumadas (Quetzalcóatl) que emergen de su fachada y alternan con caras de Tláloc (dios de la lluvia y de la agricultura) y conchas marinas. A lo largo de las escaleras, ante los templos y la montaña destacan las grandes cabezas de serpiente (o dragón) que simbolizan tanto el agua de la tierra como la del cielo.

 

 

Al observar el eje del sitio desde el templo de la luna se hacen manifiestas otras relaciones complementarias entre los templos y las montañas de Teotihuacán, pero sin duda los elementos que más destacan son la montaña madre, Tenán y su fuerza creadora.

 

 

En la siguiente entrega continuaremos con el ensayo de Vincent Scully que nos develará más datos muy interesantes sobre la relación que encontraron las culturas antiguas y que reflejaron en su obra arquitectónica, no se lo pierdan. Saludos.

 

#InPerfecto

FUENTE

“SABER VER Lo contemporáneo del arte”

Nº 11 JULIO-AGOSTO 1993

Fundación Cultural Televisa

PÁG. 40-47

ISSN. 0188-6819

 

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