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MORENA YA NO ES OPOSICIÓN. ESE ES EL PROBLEMA.

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Sheinbaum enfrenta la paradoja de todo sucesor: ejercer el poder que heredó sin romper con quien se lo heredó. Rocha y Andy revelan hasta dónde llega —y dónde termina— su autoridad dentro del movimiento.

Eder Mendoza / @ai.edcissce
editorial@inperfecto.com.mx

Hay algo particularmente mexicano en la política de estos días: un gobernador puede regresar a su despacho durante 33 horas, descubrir que su propio partido ya no está dispuesto a acompañarlo y volver a pedir licencia; mientras, a miles de kilómetros, Estados Unidos puede retirar una visa y provocar que el partido gobernante cierre filas alrededor del hijo del expresidente.

Todo en la misma semana.

Si esto fuera una serie política, probablemente ya nos estaríamos quejando de que el guion exagera.

Pero no.

Es Morena.

Y quizá por eso los episodios de Rubén Rocha Moya y Andrés Manuel López Beltrán merecen leerse juntos. No porque tengan exactamente la misma naturaleza, sino porque ambos exhiben una pregunta que Morena lleva tiempo esquivando:

¿Quién manda realmente dentro del movimiento cuando Andrés Manuel López Obrador ya no ocupa la Presidencia?

La respuesta fácil sería Claudia Sheinbaum.

Es la presidenta. Tiene el Poder Ejecutivo, una mayoría legislativa, una coalición electoral formidable y una popularidad que le permitió llegar a Palacio Nacional con una legitimidad democrática propia.

Pero Morena no nació con Sheinbaum.

Y esa diferencia importa.

Morena fue construido durante años alrededor de una figura que no solamente dirigía al partido: lo explicaba. López Obrador era candidato, dirigente moral, intérprete del pueblo, árbitro de las disputas internas y, cuando hacía falta, hasta generador de la narrativa del día.

El movimiento podía cambiar de candidato, de cargo o de estrategia.

La referencia seguía siendo él.

Sheinbaum recibió buena parte de ese capital político, pero no recibió algo mucho más difícil de heredar: la obediencia emocional de un movimiento acostumbrado a tener un solo centro de gravedad.

Y eso es justamente lo que empieza a ponerse a prueba.

El pequeño detalle de que Rocha no avisó

Rubén Rocha Moya llevaba meses separado de la gubernatura de Sinaloa en medio de señalamientos y una investigación relacionada con presuntos vínculos con el crimen organizado. Estados Unidos incluso lo acusa de haber colaborado con integrantes del Cártel de Sinaloa, acusaciones que Rocha niega. La Fiscalía General de la República mantiene abierta una investigación.

Hasta ahí, tenemos un problema político, judicial y de seguridad.

Pero después ocurrió algo bastante más revelador.

Rocha decidió regresar.

Y, según relató la propia presidenta, Sheinbaum se enteró del regreso por redes sociales.

Uno pensaría que, en un sistema presidencialista donde el partido gobernante presume coordinación política, un gobernador de la misma fuerza política que la presidenta tendría la cortesía —o el instinto de supervivencia— de avisarle antes de regresar a un cargo rodeado de semejante controversia.

Pero no.

Rocha volvió.

Durante aproximadamente 33 horas.

Y luego volvió a pedir licencia.

La escena tiene algo de tragicomedia burocrática: un gobernador que regresa a gobernar, la presidenta que dice que no le parece pertinente, el partido que comienza a desmarcarse y, finalmente, el gobernador que vuelve a dejar el cargo.

La política mexicana, a veces, parece una reunión de condóminos donde nadie leyó el reglamento pero todos tienen opinión.

Sin embargo, debajo de lo anecdótico hay algo serio.

Rocha intentó ejercer una autoridad propia frente a la autoridad presidencial.

Y perdió.

El dato importante no es solamente que Sheinbaum haya logrado frenarlo. Es que Morena, sus gobernadores y sus legisladores terminaron cerrando filas alrededor de la presidenta. La rebelión de Rocha produjo, paradójicamente, una demostración de fuerza de Sheinbaum.

Por primera vez en este episodio, la sucesión del liderazgo dentro del movimiento dejó de ser una especulación.

Se volvió una escena pública.

Pero entonces apareció Andy

Y aquí es donde la historia se pone más interesante.

Porque mientras Morena permitió que Rocha quedara prácticamente solo, el partido reaccionó de manera muy distinta cuando Estados Unidos revocó la visa de Andrés Manuel López Beltrán.

Andy, hijo de López Obrador y secretario de Organización de Morena, se convirtió de inmediato en el centro de una nueva batalla política. La oposición exigió explicaciones, pidió investigaciones y utilizó la decisión estadounidense como munición contra el oficialismo. Incluso hubo legisladores que retaron a integrantes de Morena a entregar sus propias visas en solidaridad con él.

Morena respondió denunciando una posible forma de presión o injerencia estadounidense.

Y aquí conviene poner algo sobre la mesa que debería ser obvio, pero que en nuestra política necesita repetirse: que Estados Unidos retire una visa no demuestra por sí mismo que una persona haya cometido un delito.

Pero tampoco convierte automáticamente la noticia en una conspiración extranjera.

El problema es que la política rara vez se conforma con los hechos.

Necesita relatos.

Y ambos bandos encontraron uno.

La oposición encontró una oportunidad para decir:

¿Ven? Hasta Estados Unidos está poniendo atención en Morena.”

Morena encontró otra:

¿Ven? Estados Unidos quiere intervenir en nuestra política.”

Y de pronto nadie está hablando demasiado de las razones concretas de la decisión estadounidense.

Todos están hablando de lo que conviene que la decisión signifique.

Eso es comunicación política en su estado más puro.

Y también es donde la oposición debería tener cuidado.

Porque si para desgastar a Morena necesita que Washington le haga el trabajo sucio, entonces hay una pregunta incómoda que también debería responder:

¿La oposición mexicana está construyendo una alternativa política o está esperando que Estados Unidos le proporcione los escándalos que no ha podido producir por sí misma?

Porque convertir cualquier acción de un gobierno extranjero en una especie de certificado de culpabilidad es tan pobre intelectualmente como convertir cualquier señalamiento extranjero en una conspiración contra México.

Una democracia adulta debería poder hacer algo mucho más difícil:

investigar sin obedecer a Washington y defender la soberanía sin convertirla en una excusa para no investigar.

Pero eso exigiría algo que la política mexicana no suele practicar demasiado: matices.

El problema no es Andy. Es lo que Andy representa.

Aquí es donde Morena debería hacerse una pregunta que hasta ahora parece no querer formular.

¿Por qué la defensa de Andy provoca una reacción tan visceral?

No necesariamente porque sea culpable de algo.

Ni porque Estados Unidos tenga razón.

Sino porque Andy representa una conexión particularmente delicada entre el pasado y el presente de Morena.

Es hijo del fundador del movimiento.

Es un dirigente partidista.

Y está dentro de la estructura que tendrá que organizar el partido rumbo a las elecciones de 2027.

Por eso defenderlo puede ser leído como solidaridad política.

Pero también puede ser leído como una defensa del propio ADN del movimiento.

Porque tocar a Andy no significa necesariamente tocar jurídicamente a López Obrador.

Pero sí significa tocar una de las figuras que hacen visible que el obradorismo no desapareció el día en que Andrés Manuel salió de Palacio Nacional.

Y quizá ahí está la verdadera incomodidad para Sheinbaum.

Porque la presidenta necesita construir una identidad propia sin romper con el hombre cuya popularidad ayudó a llevarla hasta la Presidencia.

Necesita gobernar con el legado de López Obrador sin convertirse en administradora de su legado.

Necesita que Morena le responda a ella sin pedirle al partido que deje de ser Morena.

Y eso es muchísimo más complicado que ganar una elección.

La paradoja de la Cuarta Transformación

Durante años, Morena se presentó como algo distinto a los partidos tradicionales.

No era PRI.

No era PAN.

No era una maquinaria electoral.

Era un movimiento.

Una transformación.

Una nueva forma de hacer política.

Pero hay una pequeña trampa en esa narrativa:

los movimientos también se convierten en estructuras de poder.

Y cuando llegan al poder, empiezan a aparecer las mismas tentaciones que alguna vez denunciaron.

La disciplina interna.

Las cuotas.

Las candidaturas.

Los grupos.

Los leales.

Los cercanos.

Los herederos.

Los que tienen acceso.

Los que pueden negociar.

Los que pueden llamar.

Los que ya no pueden llamar.

La diferencia es que Morena todavía necesita contar la historia de que no se convirtió en eso.

Y ahí aparece una de las contradicciones más interesantes del oficialismo.

Cuando alguien cuestiona a Morena, puede ser acusado de atacar a la transformación.

Cuando alguien cuestiona a un dirigente de Morena, puede ser acusado de atacar al movimiento.

Y cuando Estados Unidos cuestiona a uno de sus integrantes, el asunto puede convertirse en soberanía nacional.

La política mexicana descubrió una fórmula maravillosa: si todo es una amenaza contra el movimiento, entonces cualquier crítica puede convertirse en una agresión al pueblo.

El problema es que una democracia no debería necesitar que sus partidos sean tratados como religiones para mantenerse cohesionados.

Sheinbaum está ante una decisión histórica

Por eso creo que la pregunta ya no debería ser si Claudia Sheinbaum controla Morena.

El episodio Rocha sugiere que puede hacerlo cuando está dispuesta a ejercer esa autoridad.

La pregunta realmente interesante es qué hará con ella.

Porque una cosa es conseguir que un gobernador retroceda.

Otra muy distinta es construir un partido que no dependa de la sombra de su fundador.

Y aquí Sheinbaum tiene una oportunidad histórica.

Puede convertirse en la presidenta que simplemente administró el enorme capital político que recibió de López Obrador.

O puede convertirse en la mujer que consiguió transformar una victoria electoral heredada en una nueva etapa política.

Para eso tendrá que hacer algo incómodo: permitir que Morena deje de ser solamente el partido de López Obrador.

Eso implica aceptar que algunas figuras del obradorismo tendrán que perder poder.

Que algunas lealtades tendrán que dejar de ser suficientes.

Que la familia política del fundador no puede convertirse en una especie de monarquía constitucional del movimiento.

Y que la defensa de la soberanía no puede utilizarse como cortina de humo cada vez que aparece una pregunta incómoda.

Pero también implica exigirle algo a la oposición.

Porque sería muy sencillo que este texto terminara diciendo que Morena es hipócrita y que la oposición tiene razón.

No.

La oposición tampoco puede pretender que una visa revocada por Estados Unidos sea su programa político.

México necesita una oposición que pueda decir:

“Investiguemos.”

No:

“Como Estados Unidos lo hizo, entonces es culpable.”

Y Morena necesita ser capaz de responder:

“Investiguemos.”

No:

“Como Estados Unidos lo dice, entonces es una conspiración.”

Entre esas dos frases está la diferencia entre una democracia que funciona y un país atrapado en su propia narrativa.

Quizá por eso Rocha y Andy terminen siendo más importantes de lo que parecen.

Uno mostró que Sheinbaum puede imponer límites al viejo poder dentro de Morena.

El otro mostró que el viejo poder todavía ocupa un lugar demasiado sensible dentro del movimiento como para ser tratado como cualquier otro militante.

Y entre ambos está la transición que Morena todavía no termina de reconocer.

López Obrador ya no gobierna México.

Pero su figura sigue funcionando como una especie de sistema operativo político.

Sheinbaum puede actualizarlo.

Puede modificarlo.

Incluso puede sustituirlo.

Pero mientras Morena siga necesitando consultar emocionalmente con el pasado antes de decidir cómo comportarse en el presente, habrá una pregunta que seguirá persiguiendo a la presidenta:

¿Claudia Sheinbaum está gobernando Morena o Morena todavía está aprendiendo a gobernar sin López Obrador?

La respuesta probablemente no estará en los discursos.

Estará en quién puede desafiar a quién.

En quién puede ser defendido.

En quién puede ser sacrificado.

Y, sobre todo, en quién tiene el poder de decidir cuándo una persona deja de ser indispensable para que el movimiento siga existiendo.

Porque al final, ésa es la prueba de cualquier sucesión política:

no demostrar que puedes ocupar la silla del líder anterior, sino demostrar que ya no necesitas sentarte en su sombra.