#InPerfecciones
Para el populismo, su noción de pueblo corresponde al “pueblo bueno”: es al dirige sus acciones, porque la contraparte, el “pueblo malo” no merece nada.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Entre los múltiples defectos que suele tener la clase política, uno de ellos es la falta de claridad para entender los conceptos mínimos de la política, como es el caso del concepto “pueblo” al cual se le dan diferentes connotaciones.
Para Nadia Urbinati, en Yo, el pueblo: cómo el populismo transforma la democracia, en primera instancia el pueblo es considerado como la autoridad que gobierna un territorio e incluye a todos los miembros del sistema de gobierno. De esta forma, el pueblo es identificado con quien gobierna. Ojo: no es el gobierno del pueblo, sino el pueblo equiparado a la clase gobernante.
En su configuración moderna, nos dice Urbinati, el pueblo es: persona ficta o el soberano colectivo que actúa como tal y en cuyo nombre se crean e interpretan leyes; el cuerpo sociohistórico que vive en un territorio específico y a veces se le identifica con la nación; el colectivo o electorado político que exije una capacidad de acción en términos políticos mediante movimientos de opinión, partidos y representantes.
Sin embargo, en las democracias contemporáneas, los líderes populistas se han apropiado del concepto para argumentar haber sido elegidos por la voluntad del “pueblo bueno”, convirtiéndose no en sus representantes, sino en la encarnación misma de su voluntad. Para el populismo, su noción de pueblo corresponde al “pueblo bueno”: es al dirige sus acciones, porque la contraparte, el “pueblo malo” no merece nada.
En cualquier país es común ver que se usa el término pueblo de acuerdo con la situación. Por ejemplo, cuando se habla de alguna obra o de una política pública, se justifica en primer lugar diciendo que es para beneficio de todo el pueblo, así, sin distingos, aunque en realidad no todos la van a usar. Pensemos en la construcción de un puente en Hidalgo. Ahí el discurso baja del pueblo mexicano al pueblo hidalguense, por ser sus habitantes los principales beneficiarios, aunque cualquier persona pueda utilizarlo.
En los años cincuenta se hizo famosa la interpretación de Jorge Negrete de una canción compuesta por José Alfredo Jiménez, El hijo del pueblo, donde equiparaba el pueblo con la pobreza, en contraposición con la falsa sociedad. Por las misma época, en el futbol teníamos al Atlante, conocido como el “equipo del pueblo” o los “prietitos”, donde el concepto de pueblo era equivalente al de pobres. Por su parte diego Rivera pintó el mural “Epopeya del pueblo mexicano”, como la historia visual de México.
Cuando ganó sus partidos del Mundial la selección mexicana de futbol, las expresiones eran calificadas como el festejo del pueblo mexicano, que incluía incluso a extranjeros, como vimos en muchas imágenes. Aquí el pueblo incluyó a todos los habitantes y visitantes como un todo.
En México, la expresión pueblo también se usa para referirse a pequeñas comunidades que no están en la capital (de ahí conceptos turísticos como “Pueblos Mágicos” o “pueblos con sabor”, o simplemente, pueblos), así como con un sentido peyorativo para quienes proceden de esos lugares al llamarles pueblerinos. De hecho, en las ferias donde se festeja al santo patrono del pueblo, al festival público se le denomina, como no podía ser de otra forma, “el teatro del pueblo”.
Más contemporáneos tenemos a los iluminados, aquellos que son tan buenos que se llaman a sí mismos representantes del pueblo: el abogado del pueblo, el médico del pueblo, el presidente del pueblo. Es curioso porque, por un lado, se entiende que hablan de ser representantes de la totalidad, pero su enfoque de pueblo es, en realidad, hacia aquellos que forman parte de la escala inferior de ingresos
Más recientemente, en este afán de reivindicación cultural e histórica, para no llamarles por su nombre (mayas, toltecas, zapotecas, etcétera), ni referirse a ellos como etnias, ni utilizar el genérico “indígenas”, se les ha dado en llamar pueblos indígenas o pueblos originarios.
La confusión existe en nuestra constitución, El artículo 39 señala que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo (uno quisiera entender que como la suma de todos) pero el artículo 4 afirma que el maíz es “alimento básico del pueblo de México (una totalidad) y base de la existencia de los pueblos indígenas y afromexicanos (grupos específicos”.
Giovanni Sartori, en ¿Qué es la democracia?, nos plantea diferentes formas para entender y clarificar el concepto de “pueblo”. La primera es usarlo como sinónimo de “todos”. En esta acepción, de primera vista no hay distingos de ninguna especie, ya que involucra a la totalidad de personas de un país determinado: el pueblo mexicano, el pueblo español, etcétera.
Ahora bien, ese “todos”, en un mundo de alta movilidad, también considera como parte del pueblo a aquellos ciudadanos nacionales que viven en otro país. Por ejemplo, los mexicanos que radican en el exterior son considerados parte del pueblo mexicano. En este “todos” que incluye a los nacionales que viven en otro país, curiosamente se llega a excluir a los habitantes dentro del territorio nacional que no son ciudadanos: los migrantes y los extranjeros que viven, temporal o permanentemente, en el país.
Luego tenemos al pueblo como una pluralidad aproximada, como “los más”, que es un criterio general cuantitativo donde se piensa en una mayoría y no en una totalidad. Seguimos con “el pueblo como sinónimo de populacho, clases inferiores o proletariado”. Esta visión proviene directamente del marxismo y se usa más como una forma elitista y excluyente.
También tenemos al pueblo como una totalidad orgánica e indivisible, donde se le considera no como la suma de todos, sino como si todos fueran uno solo. Es decir, se considera al pueblo como si fuera una sola persona, un solo pensamiento, una sola necesidad, una sola voluntad.
Finalmente, Sartori señala que el pueblo puede identificarse con dos principios mayoritarios: absoluto y moderado. Este criterio se establece básicamente para el momento de la elección democrática, donde se anticipa que no habrá unanimidad, pero se atenderá la voluntad de la mayoría. En el primer caso, en el principio mayoritario absoluto, las minorías son relegadas; mientras que en el segundo, las minorías son incorporadas.
Y aquí queda la pregunta: cuando un político habla en nombre del pueblo, ¿de cuál pueblo está hablando?
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