Editorial InPerfección Principal

75 años de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

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La historia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales ha corrido paralela a la historia contemporánea del país y del mundo.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
Profesor de Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
animasalejandro@gmail.com

Aunque la historia universitaria suele remontarse a la Real Universidad de México, instaurada en 1551 mediante Cédula de Fundación del rey Carlos I de España, y que tuviera como fin “tener por bien que en la dicha ciudad de México se fundase un estudio e universidad de todas ciencias”, el nacimiento de la Escuela de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Nacional Autónoma de México en 1951 fue producto de una evolución histórica.

El momento no pudo ser más oportuno. El mundo apenas comenzaba a recuperarse de la segunda guerra mundial. La creación de las Naciones Unidas, la redefinición del orden internacional y el surgimiento del Estado de bienestar obligaban a repensar la administración pública, la diplomacia y la relación entre gobiernos y sociedades. Al mismo tiempo, México vivía una etapa de industrialización acelerada, crecimiento urbano y expansión del aparato gubernamental. Gobernar dejaba de ser únicamente una cuestión de voluntad política para convertirse en una tarea que exigía conocimientos especializados.

Lucio Mendieta y Núñez entendió esa necesidad antes que muchos otros. Principal impulsor de la Escuela y responsable de diseñar su primer plan de estudios, tomó como referencia las carreras del área de ciencias sociales de la Universidad de Lovaina, Bélgica, pero procuró adaptarla a las condiciones mexicanas. En su artículo La Escuela de Ciencias Politicas y Sociales, consideraba que el desarrollo de las ciencias naturales y los avances científicos se ven limitados por la “falta de principios y de sistemas de organizacion social que hagan posible el disfrute pacifico, equitativo, equilibrado, racional, de esas conquistas, en beneficio de todos”. Para dar solución se deben impulsar las “ciencias del espíritu”, y en específico las ciencias sociales por estar “más íntimamente ligadas a los servicios públicos cuya influencia es trascendental en la vida colectiva”.

Su segunda preocupación era todavía más concreta: dado que “nadie ignora que en la burocracia, en la diplomacia y en la política nuestras han dominado el empirismo y el favor del poder público sobre la preparacion y la competencia” era necesario que dichos ámbitos fueran cubiertos por profesionistas especializados en el complejo mundo de administrar y gobernar, como lo denomina Ricardo Uvalle en Creación de una Institución: la creación de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administtación Pública.

Las primeras clases comenzaron el 25 de julio de 1951 en un edificio de la colonia Roma. El proyecto era modesto, pero la ambición intelectual era enorme. Las carreras iniciales fueron Ciencias Políticas, Ciencias Sociales, Ciencias Diplomáticas y Periodismo. De hecho, los primeros profesores provenían principalmente de las facultades de Derecho y Economía, las únicas áreas desde donde hasta entonces se estudiaban ciencias sociales en la Universidad.

Sin embargo, la Escuela nunca permaneció inmóvil. Conforme cambiaba el país, también se actualizaban sus programas de estudio. Apenas unos años después, la antigua licenciatura en Ciencias Sociales se transformó en Sociología; Ciencias Políticas incorporó formalmente la Administración Pública; Periodismo evolucionó hasta convertirse en Ciencias de la Comunicación, mientras que Ciencias Diplomáticas dio paso a Relaciones Internacionales. En 2015 se incorporaría la licenciatura en Antropología.  Más que simples cambios de nombre, estas transformaciones reflejaban la consolidación de disciplinas que adquirían identidad propia y respondían a problemas cada vez más complejos.

La evolución institucional tampoco tardó en llegar. En 1968, al incorporar estudios de maestría y doctorado, la Escuela obtuvo el rango de Facultad. El cambio fue mucho más que administrativo. Simbolizaba la madurez alcanzada por una comunidad académica que ya no sólo formaba profesionistas para el gobierno, sino que producía conocimiento sobre el Estado, la democracia, las relaciones internacionales y la sociedad mexicana.

Desde entonces, la historia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales ha corrido paralela a la historia contemporánea del país y del mundo. Sus aulas fueron y son escenarios de debates sobre el llamado milagro mexicano, la crisis del Estado de bienestar, el fin de la Guerra Fría y el derrumbe del bloque soviético, la caída de los autoritarismos y las transiciones a la democrática, la llegada de la globalización y el neoliberalismo y, más recientemente, la revolución digital y los nuevos retos sociopolíticos.

En estos años, la Facultad no ha estado exenta de dificultades. Ha enfrentado huelgas, paros, conflictos presupuestales y tensiones propias de una universidad pública que refleja las contradicciones de la sociedad mexicana. La pandemia obligó a rediseñar la enseñanza; la inteligencia artificial plantea nuevos retos para la formación universitaria; y la polarización política desafía permanentemente la capacidad crítica de las instituciones académicas. Sin embargo, ninguna de estas circunstancias ha alterado su razón de ser.

Quizá la mayor transformación ocurrida en estos setenta y cinco años sea que la Facultad dejó de concebirse únicamente como un espacio para preparar funcionarios públicos. Hoy es un lugar donde conviven perspectivas ideológicas diversas, donde el desacuerdo forma parte del aprendizaje y donde la investigación busca comprender antes que justificar el ejercicio del poder. Esa evolución explica buena parte de su relevancia en la vida pública nacional.

Cuando Pablo González Casanova inauguró las instalaciones de la entonces Escuela en el campus de Ciudad Universitaria en 1959, expresó que “nos hemos trazado una meta: lograr que la Escuela tenga el más alto nivel internacional y que sus estudiantes se incendien, se apasionen por razonar, criticar, estudiar y, sobre todo, por poner sus conocimientos técnicos al servicio de la nación”. El contexto ha cambiado profundamente, pero esa aspiración de fomentar en los estudiantes la pasión por el pensamiento crítico conserva una sorprendente vigencia.

Conmemorar el 75 aniversario de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales no significa únicamente celebrar la permanencia de una institución universitaria. Significa reconocer que en una época dominada por la inmediatez, las redes sociales y la abundancia de opiniones, el estudio riguroso de la política, la administración pública, la comunicación, la sociología, las relaciones internacionales y la antropología sigue siendo indispensable. Porque, al final, las sociedades no sólo necesitan buenos gobiernos; también necesitan ciudadanos capaces de entender cómo funciona una realidad cada vez más compleja, y que ejerzan una crítica informada frente al poder sin importar cual sea su signo político.

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