#InPerfecciones
“Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece” Jorge Luis Borges, Nota para un cuento fantástico
Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com
Hay instantes en los que el mundo entero suspira al mismo tiempo. Son momentos raros, casi milagrosos, en los que la babel de lenguas, credos e historias que somos los seres humanos se disuelve en una sola emoción compartida. El Mundial de fútbol es uno de esos instantes. Y cuando ocurre, vale la pena preguntarse por qué.
Desde el 11 de junio de 2026, cuarenta y ocho selecciones nacionales se congregan en los estadios de Canadá, Estados Unidos y México para disputar la vigesimotercera edición de la Copa del Mundo FIFA. Es, por primera vez en la historia, un torneo organizado por tres naciones simultáneamente. No es un detalle menor. Resulta simbólico que precisamente en un período marcado por el auge de los nacionalismos, la desconfianza entre pueblos y las fracturas diplomáticas, el evento deportivo más visto del planeta obligue a tres países a tender la mano y construir algo en común. Antes de que empezara el primer partido, el fútbol ya había dado una lección.
El pasado domingo 5 de julio, el Estadio Azteca de la Ciudad de México fue testigo de uno de los partidos más emocionantes de la competencia: México enfrentó a Inglaterra en los octavos de final. La selección nacional, que había comenzado su camino derrotando 2–0 a Sudáfrica el primer día del torneo en ese mismo estadio emblemático, cayó al final 3–2 frente a los ingleses en un partido que, según la crónica, hizo que las tribunas “se cimbraran con los bailes de la afición”. “Es muy doloroso soñar y perder”, reconoció con honestidad el entrenador Javier Aguirre al término del encuentro. En esas cinco palabras cabe, quizás, la filosofía entera del deporte.
Hay una pregunta que el fútbol nos plantea una y otra vez y que rara vez nos detenemos a responder: ¿qué nos hace reunirnos? El hombre moderno, que ha convertido el individualismo en una estética de vida, que consulta a sus redes sociales antes de levantar la vista a la calle, que celebra las conexiones virtuales mientras se olvida del vecino, ese mismo hombre llora sin pudor cuando su selección marca un gol y abraza a un desconocido con la misma intensidad con que abraza a su propio hijo. Algo en el juego lo obliga a salir de sí. Y ese algo merece ser pensado.
Los griegos lo intuyó antes que nadie. Aristóteles enseñaba que el ser humano es, por naturaleza, un animal social. No en el sentido trivial de que “le gusta la compañía”, sino en un sentido ontológico más profundo: el hombre no puede ser plenamente humano en soledad. Su florecimiento —lo que el filósofo de Estagira llamaba eudaimonía, el vivir bien y actuar bien— solo ocurre en el marco de la comunidad.¹ El juego, en este sentido, no es una fuga de la realidad: es, paradójicamente, uno de sus modos más auténticos. Cuando una nación entera fija la mirada en un campo de césped, cuando millones de corazones laten al ritmo del mismo balón, algo de lo que Aristóteles llamaba koinōnía —comunidad, participación— se hace visible.
Pero el fútbol no sólo une a quienes comparten bandera. Tiene, cuando se le permite, una capacidad extraordinaria de tender puentes donde antes sólo existían muros. Este Mundial lo ha mostrado de manera particular con un detalle que quiero destacar: es la primera vez en la historia que la competición es organizada por tres países de manera conjunta. La oferta tripartita de México, Estados Unidos y Canadá superó la propuesta rival de Marruecos en el 68.º Congreso de la FIFA del 13 de junio de 2018, en Moscú. Que tres naciones con historias complejas, con tensiones diplomáticas vivas y con identidades profundamente distintas hayan decidido compartir la mayor fiesta del fútbol mundial no es un acto administrativo. Es, en cierta medida, un acto de confianza en el otro. Y la confianza en el otro es la materia prima de la paz.
Juan Pablo II —que fue, entre muchas otras cosas, un hombre que conocía de cerca tanto el deporte como el sufrimiento— lo dijo con claridad en su discurso al equipo del AC Milán, el 12 de mayo de 1979: “los deportes son un medio muy eficaz para suscitar la estima y el respeto mutuos, la solidaridad humana, la amistad y la buena voluntad entre los individuos”.² El papa polaco no hablaba como teólogo, sino como alguien que había vivido. Sabía que hay gestos que un discurso diplomático jamás logrará: un abrazo en la cancha, una mano tendida al adversario caído, el silencio de un estadio entero ante una lesión grave. Esos gestos son pequeños, pero dicen algo que las palabras no saben decir: que el otro, aunque sea mi contrincante, es también un ser humano. Y eso basta para reconocerlo.
Hay aquí una palabra que no debemos evitar: dignidad. En el vocabulario filosófico, la dignidad no es un atributo que se gana ni se pierde con el marcador. Es una condición que se tiene por el mero hecho de ser persona. Kant la formuló con su acostumbrada rigidez conceptual al decir que la humanidad en toda persona debe ser tratada siempre como fin en sí misma, nunca como mero medio.³ El fútbol, cuando se practica bien, encarna esa exigencia. Competir dignamente es, en el fondo, reconocer que el adversario merece ser vencido por mérito y no por trampa, que su esfuerzo tiene valor, que su derrota no es motivo de burla sino de respeto. Por eso hay victorias que nos empequeñecen y derrotas que nos engrandecen.
La selección de México en este Mundial ha sido, para mí —y creo que para muchos— un ejemplo involuntario de esto último. Cayeron ante Inglaterra en un partido en el que, según las crónicas, “dejaron la piel en el campo”. El entrenador Aguirre, en vez de excusas, ofreció responsabilidad: “si hay una crítica debe ser al entrenador”. En esas palabras hay una ética. La derrota con honestidad revela, parafraseando a Alasdair MacIntyre, que el bien interno de una práctica —la excelencia deportiva genuina— se preserva incluso cuando los bienes externos —el trofeo, la gloria— no llegan.⁴
Quisiera detenerme aquí un momento. Me parece que uno de los mayores equívocos de nuestra cultura deportiva —y, por extensión, de nuestra cultura a secas— es haber confundido el triunfo con el valor. Vivimos en tiempos en que el perdedor se disculpa por existir, en que la derrota se vive como una vergüenza que debe ser enterrada a la mayor brevedad posible. Los medios de comunicación alimentan este fuego: los análisis pospartido no suelen preguntar «qué hermoso fue ese juego», sino «¿a quién hay que culpar?». Como si el mérito y la culpa fueran las únicas categorías disponibles para entender lo que ocurre en un campo de fútbol.
El filósofo Pablo VI, en su discurso a los ciclistas del Giro de Italia de 1964, vislumbró algo más profundo: la vida es esfuerzo, competencia, riesgo y carrera; “una esperanza hacia la meta final, una meta que trasciende la escena de la experiencia común, y que el alma entreve y la religión nos presenta”.⁵ El fútbol es, en esta clave, una metáfora de la condición humana: empujamos hacia algo que a veces alcanzamos y a veces no, pero el empuje mismo, el querer llegar, tiene una dignidad que no depende del resultado.
Este Mundial —el más grande de la historia, con cuarenta y ocho selecciones participantes por primera vez— tiene además una condición especial: es el escenario donde Lionel Messi, de 39 años, busca defender la corona que Argentina obtuvo en Qatar 2022. No quiero caer en la hagiografía del astro deportivo, que es un género literario tan tentador como fatídico. Pero sí quiero señalar que hay algo en la figura de un hombre mayor tratando aún de alcanzar la excelencia que nos interpela de manera especial. Los clásicos conocían bien ese tipo de grandeza: no la de quien triunfa fácilmente, sino la de quien persiste cuando la naturaleza misma empieza a poner límites. Ese tipo de empuje —esa terquedad digna— es también una forma de afirmar la libertad humana frente al tiempo.
Y luego está la cuestión de la paz. El fútbol no es pacifista por naturaleza; sería ingenuo pensarlo. Hay en él también violencia, demagogia, corrupción, intereses económicos descomunales. El mismo partido entre México e Inglaterra en el Azteca estuvo salpicado de ese grito homofóbico que la afición mexicana aún no ha logrado erradicar. Sería deshonesto callar esto. Pero también sería deshonesto no ver que, en ese mismo estadio, decenas de miles de personas de ambos países compartieron durante dos horas el mismo aire, el mismo asombro, el mismo gol. Y eso no es poco.
Juan Pablo II lo expresó con precisión a los periodistas presentes en el Mundial de Argentina de 1978, alentándolos a “hacer de su actividad profesional un servicio a la fraternidad entre los pueblos y a las virtudes humanas de la sana competición y el deporte”.⁶ Hay una tarea que el periodismo deportivo pocas veces se toma en serio pero que en realidad es exigente: narrar el deporte sin perder de vista lo que hay de humano en él. No solo el marcador, sino el gesto; no solo la victoria, sino el proceso; no solo el campeón, sino el jugador que a los 39 años todavía corre con ilusión de niño.
Hay un momento de este Mundial que quiero rescatar como símbolo. La segunda jornada de la fase de grupos fue testigo de algo fuera de lo ordinario: Lionel Messi marcó un doblete en la victoria argentina 2–0 sobre Austria, ampliando así su propio récord como máximo goleador histórico de los Mundiales con 19 goles. Un hombre mayor, frente a un estadio lleno, haciendo lo mismo que hacía de niño con el balón, pero con la serenidad de quien ya no tiene nada que probar y sin embargo sigue queriendo. Esto, que puede sonar a crónica deportiva ordinaria, dice algo filosóficamente relevante: que la excelencia no es una propiedad que se alcanza y se guarda en un cajón, sino un horizonte que se persigue toda la vida. Lo que los griegos llamaban areté no es un título, es una disposición.
El próximo domingo 19 de julio, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, alguien levantará el trofeo dorado. El mundo lo verá. Los vencedores llorarán de alegría y los vencidos llorarán de otra cosa. Y así terminará este Mundial. Pero lo que no terminará —y esto es lo que me parece más importante— es lo que el torneo ha dejado ya inscrito: cuarenta y ocho banderas que durante semanas compartieron estadios, ciudades y horas de transmisión; países que se miraron a los ojos a través de un balón; hombres y mujeres que salieron de su casa para ver juntos algo bello. No es un tratado de paz. Pero es algo que los tratados de paz jamás podrán fabricar: la experiencia espontánea, orgánica y libre de reconocer al otro como prójimo.
Carlos Llano solía decir que el hombre “es un ser de proyectos, en tensión permanente hacia lo que todavía no es”.⁷ El fútbol, en su mejor versión, es una demostración útil y gozosa de esa tensión. El balón sale de un pie y busca otra dirección; el jugador corre hacia algo que no tiene aún; el equipo proyecta en cada ataque un futuro que quiere construir. Y cuando ese proyecto se realiza —cuando el gol entra y la red se agita— hay un instante de plenitud que parece fuera del tiempo. Un momento en que el proyecto y la realidad se tocan.
Esos momentos son raros en la vida. El fútbol nos los regala con generosidad. Y quizás por eso, al final, el hombre que nunca ha pisado una cancha y el que se ha pasado la vida en una no se sienten tan diferentes cuando el balón entra.
La dignidad humana no necesita demostrarse en el palco de los vencedores. Se muestra —con igual nitidez, y a veces con mayor belleza— en el jugador que pierde y estrecha la mano de quien lo ha derrotado, en el equipo que canta su himno con lágrimas antes del partido más difícil, en la afición que aplaude aunque su selección ya no esté en el torneo.
¹ Cf. ARISTÓTELES, Ética Nicomáquea, I, 7, 1097b.
² JUAN PABLO II, Discurso a los dirigentes y jugadores del equipo de fútbol italiano Milán (12 de mayo de 1979).
³ I. KANT, Fundamentación de la metáfisica de las costumbres, Segunda sección, Ak. 429.
⁴ Cf. A. MACINTYRE, After Virtue, cap. 14.
⁵ PABLO VI, Discurso a los ciclistas del Giro d’Italia (30 de mayo de 1964).
⁶ JUAN PABLO II, intervención a periodistas argentinos y chilenos presentes en el Campeonato Mundial de fútbol, Argentina, 1978. Citado en CATHOLIC.NET, Juan Pablo II y el Deporte (3). Disponible en: https://www.es.catholic.net/op/articulos/47987/cat/1030/juan-pablo-ii-y-el-deporte-3.html.
⁷ C. LLANO, Análisis de la acción directiva, p. 184.
⁸ 2 Cor. 3:17.
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