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México no necesita más defensores de partido; necesita políticos que, por primera vez, decidan defender al país.
Eder Mendoza / ai.edcissce
editorial@inperfecto.com.mx
Hay nombres que pesan más que quienes los portan.
“Transformación”.
“Esperanza”.
“Primero los pobres”.
Y ahora, “Defensores de México”.
Hace unos días, el PRI Estado de México presentó a quienes llevarán ese nombramiento. Un título ambicioso, casi patriótico. Porque cuando alguien se hace llamar “Defensor de México”, la expectativa es enorme: uno imagina liderazgos capaces de enfrentar la violencia, la desigualdad, el rezago económico o la crisis de confianza que atraviesa nuestra democracia.
Pero bastó recorrer las fotografías del evento para que apareciera una pregunta inevitable.
¿Quién está defendiendo realmente a México?
Porque el problema nunca fue el nombre.
El problema fueron las caras.
No porque la experiencia sea un defecto, sino porque el PRI volvió a demostrar que sigue confundiendo renovación con permanencia. Cambió el eslogan, cambió el escenario, cambió el discurso… pero el reparto sigue siendo prácticamente el mismo.
Y eso es exactamente lo que ha llevado al partido a perder la conversación con una generación que ya no vota por nostalgia.
El PRI insiste en recordarnos que ellos sí saben gobernar.
Y, aunque a muchos les incomode reconocerlo, hay una parte de verdad en esa afirmación. Durante décadas encabezó la construcción de instituciones, carreteras, hospitales, universidades y buena parte del Estado mexicano que hoy conocemos.
Pero tampoco conviene romantizar la historia.
Gobernaban.
Era su responsabilidad.
Ningún partido merece otra oportunidad únicamente por haber cumplido con la obligación para la que fue electo.
La política no funciona como una jubilación por antigüedad.
Funciona por la capacidad de convencer que todavía eres útil.
Y ahí comienza el verdadero problema del PRI.
Porque todavía conserva perfiles cuya trayectoria habla por sí sola. Beatriz Paredes sigue siendo una de las parlamentarias más respetadas del país. Ildefonso Guajardo mantiene el prestigio de haber encabezado una de las negociaciones comerciales más importantes en la historia reciente de México. Incluso Manlio Fabio Beltrones, con todos los claroscuros que pueda generar su nombre, representa una escuela de operación política que pocos podrían negar.
El PRI sí tiene experiencia.
Lo que parece haber perdido es la capacidad de convertir esa experiencia en futuro.
Y mientras eso ocurre, Alejandro Moreno insiste en convertirse en el rostro del partido.
Quizá ese sea el acto de optimismo más grande del priismo contemporáneo.
Porque resulta difícil reconstruir credibilidad cuando quien dirige el partido genera más explicaciones que confianza.
Si el PRI fuera una empresa privada, hace tiempo el consejo de administración habría discutido si su director suma o resta valor a la marca.
En política mexicana, al parecer, ocurre exactamente lo contrario.
Y entonces la pregunta cambia.
Tal vez el problema ya no sea únicamente el PRI.
Tal vez el problema sea que nadie ha entendido qué significa defender a México.
Morena sostiene que defender al país consiste en profundizar la llamada Transformación. Pero la realidad es mucho más cruda: cada nuevo caso de opacidad, cada escándalo de corrupción que se minimiza desde el poder, cada territorio que el crimen le arrebata al Estado y cada decisión que concentra más poder en lugar de construir contrapesos exhibe que su discurso de regeneración terminó convertido en una coartada para gobernar con los mismos vicios de siempre. Prometieron acabar con el abuso, pero han normalizado la arrogancia; prometieron combatir la corrupción, pero la han tolerado cuando conviene; prometieron fortalecer al Estado, pero lo han debilitado al someter instituciones, militarizar funciones civiles y confundir lealtad política con capacidad de gobierno. La llamada Transformación ya no se sostiene como proyecto moral: se desmorona, día tras día, como una narrativa que exige fe mientras entrega resultados cada vez más pobres.
El PAN, por su parte, parece convencido de que el reloj político puede retroceder. Su discurso vuelve una y otra vez sobre los mismos conceptos que hace veinte años movilizaban a su electorado. Pero hoy esa insistencia ya no suena a convicción, sino a agotamiento. El partido sigue atrapado en una visión moralista y profundamente limitada de la política, como si México siguiera discutiendo únicamente la familia tradicional o una libertad entendida desde el conservadurismo más rígido. La realidad, sin embargo, es otra: la conversación pública gira en torno a la vida en su sentido más amplio, a una vida digna con salud, vivienda, trabajo, seguridad y derechos. Y ahí es donde el PAN fracasa con más claridad, porque no solo sigue mirando con desconfianza causas que ya forman parte del presente, como el derecho a decidir sobre el aborto o el reconocimiento pleno de las personas LGBT, sino que además pretende convertir esa resistencia en proyecto de gobierno. El problema no es que existan esas luchas; el problema es que una derecha conservadora siga creyendo que puede gobernar negándolas, como si la sociedad mexicana no hubiera cambiado y como si su incapacidad para entender ese cambio no fuera ya, en sí misma, una forma de derrota.
Y mientras unos miran el retrovisor y otros administran el poder, Movimiento Ciudadano entendió algo que el resto sigue sin procesar: hoy las personas conectan primero con las causas y después con los partidos. No porque eso lo convierta en una fuerza ejemplar ni porque esté libre de oportunismo; también ha sabido leer el desencanto y convertirlo en estrategia. Pero sí comprendió que la política dejó de venderse como una estructura y comenzó a construirse como una conversación. Ahí puede estar, de hecho, su camino más claro hacia el poder. El problema será si, una vez que lo consiga, termina haciendo lo mismo que todos: poner las causas en la vitrina durante la campaña y arrinconarlas después, cuando ya no sirvan para ganar.
Quizá por eso sigue creciendo.
No porque sea la mejor opción.
Sino porque entendió antes que los demás cómo se habla con una generación que ya dejó de creer en las instituciones tradicionales.
Entonces apareció Somos México.
Y, paradójicamente, la primera pregunta no fue quiénes lo integran.
La primera pregunta fue por qué.
Nació como un movimiento ciudadano que prometía hacer política sin convertirse en partido. Sin las viejas estructuras. Sin las mismas inercias. Sin aquello que tanto criticaban.
Hoy buscan exactamente lo mismo que durante meses dijeron querer transformar.
Otro partido.
Otro presupuesto público.
Otra dirigencia.
Otro logotipo.
Otro color en la boleta.
Y uno no puede evitar preguntarse si el problema de la política mexicana realmente se resuelve agregando otro recuadro a la papeleta electoral.
¿De verdad eso era lo que hacía falta?
¿Cuántos partidos necesita una democracia para comenzar a dar resultados?
¿En qué momento confundimos pluralidad con pulverización?
¿No será que seguimos creando nuevas marcas para vender un producto que la ciudadanía hace tiempo dejó de comprar?
Quizá México no necesita más partidos.
Quizá necesita mejores partidos.
Hace unas semanas, durante el Mundial, ocurrió algo que la política lleva años intentando sin éxito.
Millones de mexicanos volvimos a coincidir.
Nadie preguntó por quién votaba el de al lado antes de abrazarlo en un gol.
Nadie celebró solamente con quienes compartían su ideología.
Durante noventa minutos dejamos de ser simpatizantes para volver a ser ciudadanos.
Y eso debería incomodar profundamente a toda la clase política.
Porque demostramos que México todavía sabe unirse.
Lo que no ha encontrado son liderazgos capaces de estar a la altura de esa unidad.
Por eso el nombre “Defensores de México” terminó haciéndome más ruido del que probablemente pretendía provocar.
Porque defender a México no consiste en conservar espacios de poder, reciclar candidaturas, fundar nuevos partidos o repetir consignas cada tres años.
Defender a México debería significar algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil.
Dejar de defender primero al partido para empezar, por fin, a defender al país.




