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Crónicas deportivas: El mundial que sobrevivió a todo.

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Al final, el mundial de 2026 será recordado porque el gran vencedor volvió a ser el fútbol.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com

Concluidos los octavos de final del mundial de 2026, ya es posible hacer un primer balance entre lo que esperábamos y lo que realmente ocurrió. Durante poco más de un mes el mundo alteró su rutina como pocos eventos pueden hacerlo. En oficinas, escuelas, restaurantes, calles y plazas públicas la conversación fue la misma. Los horarios laborales se modificaron, las videollamadas comenzaron unos minutos más tarde y millones de personas descubrieron, una vez más, que un partido entre dos países lejanos (a los que quizá ni siquiera podrían ubicar en un mapa) puede provocar emociones tan intensas.

La Copa del Mundo también confirmó una tendencia que parecía inevitable. El número de selecciones participantes ha crecido de manera constante: de los 16 equipos en Argentina 1978 hasta los 48 en esta edición, lo que significa que una de cada cuatro asociaciones afiliadas a la FIFA consiguió disputar el torneo.

A ello se sumó un desafío inédito: organizar un torneo en tres países de manera simultánea. El reto era monumental. Coordinar sedes, entrenamientos, hoteles, vuelos y traslados exigía una logística precisa tanto para las selecciones como para los miles de aficionados. A lo anterior hay que agregarle las enormes distancias; basta recordar que un vuelo entre Nueva York y Los Ángeles es más largo que un viaje desde cualquiera de esas ciudades hasta la Ciudad de México.

Sin embargo, la mayor pesadilla no estuvo en la logística, sino en la política migratoria de Estados Unidos. La cancelación de visas a árbitros oficiales, el trato dispensado a la selección de Irán, obligada a trasladarse a México, así como las exhaustivas revisiones aplicadas a jugadores y cuerpos técnicos dejaron la sensación de que no todos eran igualmente bienvenidos. Si Juan Villoro escribió que Dios es redondo, este mundial demostró que el balón no rueda igual para todos.

Que la política usa al futbol nunca ha sido un secreto, pero ahora hemos visto nuevas formas. Desde el improvisado “Premio FIFA de la Paz” entregado a Donald Trump (un acto que podrá calificarse de pragmático, diplomático o sencillamente servil) hasta la llamada del propio presidente estadounidense para solicitar la anulación de una tarjeta roja mostrada a un jugador de su selección, petición que terminó siendo atendida por la FIFA. Si aquello fue vergonzoso, cuesta trabajo encontrar un calificativo más preciso para describir esto último (¿qué es peor que servil?). Hay que agregar que México tuvo lo suyo al intentar modificar el horario del partido de octavos de final, petición que no prosperaría, pero que nos dejó claro que los políticos tienen una extraordinaria habilidad para querer ser siempre el protagonista principal.

Ahora bien, desde el punto de vista económico, el Mundial ha sido un éxito rotundo. Los ingresos han roto todos los récords anteriores, algo que prácticamente estaba asegurado con el aumento de partidos: de los 64 disputados en Catar se pasó a 104 en esta edición.  Pero tras lo anterior se esconde un triste realidad. Los precios de los boletos han dividido en dos categorías a los aficionados: los locales que apoyan semana a semana a sus equipos en los estadios, y en no pocas veces con muchos sacrificios; y los mundialistas, quienes pueden pagar sin dificultad boletos cuyo costo equivale al ingreso mensual de muchas familias y aparecen únicamente cada cuatro años para “vivir la experiencia” mundialista.

Así funciona el mundo que nos ha tocado, donde rigen las leyes del mercando. Pero ya sea asistiendo al estadio o viéndolo desde sus casas, la gente ha disfrutado de una gran competencia. Quizá sea mucho pedir (iluso que soy), pero la FIFA debería abrir la transmisión de todos los partidos para que esos aficionados que sostienen al futbol durante el resto del ciclo mundialista no tengan que perderse ningún encuentro por no poder pagar una suscripción.

Entre las notas positivas, el primer lugar corresponde, sin discusión, a la selección mexicana. El proceso previo no invitaba precisamente al optimismo. Las derrotas frente a rivales de primer nivel, la escasez de futbolistas consolidados en los grandes clubes europeos y un funcionamiento colectivo irregular alimentaban el pesimismo. No faltaron quienes pronosticaban una eliminación en la fase de grupos.

Por fortuna ocurrió lo contrario. Llegaron las victorias, la euforia colectiva y esa sensación de que todo era posible. El entusiasmo pasó de las tribunas a las calles y de las calles regresó a la cancha. Cuatro triunfos consecutivos permitieron soñar, hasta que Inglaterra recordó que el entusiasmo, por sí solo, no basta para vencer a las grandes potencias. El milagro no llegó en el Estadio Azteca y la aventura terminó, pero con una enorme dignidad. No queda más que aplaudir a ese puñado de héroes que nos hiceron olvidar nuestros cotidianos, pequeños y grandes, problemas.

Ha sido un mundial lleno de emociones y de eso que los clásicos  llaman, con toda justicia, “un final cardiaco”. De los 96 partidos disputados hasta los octavos de final, 54 concluyeron empatados o con apenas un gol de diferencia. Es decir, más de la mitad permanecieron abiertos hasta el último minuto. Según diversos registros periodísticos, 31 goles llegaron después del minuto 90. Hubo remontadas que parecían imposibles, equipos que perdían 2-0 a pocos minutos del final y terminaron ganando. Además, Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y Guillermo Ochoa inauguraron el exclusivo club de futbolistas con seis Copas del Mundo.

Al final, el mundial de 2026 será recordado porque el gran vencedor volvió a ser el fútbol. Sobrevivió a todo: a la política que lo quiso convertir en propaganda, a los intereses económicos que lo ven solo como negocio, a las enormes distancias entre sedes, a las polémicas arbitrales, a las restricciones migratorias, a los precios exorbitantes y también a quienes aseguraron que un torneo con 48 selecciones terminaría por devaluar la competencia.

Perdurará en la memoria lo único que realmente importa: los goles imposibles, las atajadas extraordinarias, las victoria inesperadas, la alegría de los triunfos y las lágrimas de las derrotas. Porque, después de todo, el futbol volvió a hacer lo que lleva casi un siglo haciendo mejor que cualquier otra actividad humana: recordarnos que todavía existen emociones capaces de reunir al mundo entero alrededor de una misma historia cuyo protagonista sigue siendo, afortunadamente, un objeto tan humilde y sencillo como un balón.

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