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¿Y si sí?

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Hoy duele la derrota, pero hace mucho no nos sentíamos tan orgullosos de esta camiseta.

 

Eder Mendoza / @ai.edciss
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Hay momentos en los que un país deja de hablar como millones de personas para empezar a sentir como uno solo.

Eso fue lo que ocurrió durante este Mundial.

Por unas semanas, México hizo algo que parecía cada vez más difícil: ponerse de acuerdo. No sobre política, no sobre economía y tampoco sobre quién tenía la razón. Nos pusimos de acuerdo en algo mucho más sencillo y, quizá por eso, mucho más poderoso: volver a creer. Creer en una Selección que transmitía ilusión, creer en un país capaz de recibir al mundo y creer que, por una vez, el desenlace podía ser distinto.

En medio de esa conversación comenzó a repetirse una pregunta que terminó convirtiéndose en el estado de ánimo de millones de mexicanos: ¿y si sí? Más que una frase, era una forma de reconciliarnos con la esperanza. Después de tantos Mundiales en los que aprendimos a protegernos de la decepción esperando lo peor, esta vez decidimos hacer algo diferente: permitirnos soñar.

Y es curioso que un torneo de futbol haya conseguido eso.

Porque este Mundial nunca fue solamente futbol.

Cuando la FIFA anunció que México compartiría la organización con Estados Unidos y Canadá, la noticia fue mucho más que un logro deportivo. Nuestro país volvería a abrir una Copa del Mundo y se convertiría en el primero en la historia en albergar tres inauguraciones mundialistas. Compartir la sede no le restó importancia; al contrario, confirmó que México sigue siendo un referente cuando se trata de organizar eventos que trascienden el deporte. En medio de tantas conversaciones donde solemos hablar de lo que hacemos mal, por un momento también hubo espacio para reconocer aquello que hacemos extraordinariamente bien.

Pero ser anfitrión de un Mundial implica mucho más que tener estadios listos y ciudades preparadas.

También significa abrir nuestras calles, nuestras conversaciones y nuestras contradicciones.

Mientras el mundo ponía los ojos sobre México, muchas personas aprovecharon esa misma atención para recordar que los problemas del país seguían ahí. La violencia, las desapariciones, la inseguridad, la desigualdad y tantas otras heridas no desaparecen porque ruede un balón. Y era importante recordarlo. Un Mundial nunca debería convertirse en un pretexto para maquillar la realidad de un país.

Sin embargo, ocurrió algo que pocas veces logramos como sociedad.

Las manifestaciones encontraron su lugar sin romper el espíritu de la fiesta. La conversación pública no se convirtió en una competencia entre quienes querían celebrar y quienes querían señalar aquello que sigue doliendo. Muchos vivimos ambas emociones al mismo tiempo. Nos emocionábamos con un partido y seguíamos preocupados por el país al que regresaríamos al día siguiente. Lejos de ser una contradicción, fue una muestra de que una sociedad puede celebrar sin dejar de ser consciente de sus pendientes.

Mientras eso ocurría en las calles, en las redes sociales estaba naciendo otro fenómeno.

Durante semanas apareció una idea que se repetía una y otra vez: “No volverás a ser joven cuando México vuelva a organizar un Mundial.” Quizá la frase cambiaba dependiendo de quién la compartía, pero el mensaje era el mismo. Nos recordaba que hay momentos irrepetibles. Que algunos acontecimientos no vuelven a coincidir con la misma etapa de nuestra vida. Para muchos de nosotros, especialmente quienes crecimos viendo Mundiales por televisión, esta era la única oportunidad de vivir uno en casa siendo jóvenes. No era una invitación a olvidar los problemas del país; era una invitación a no dejar pasar un momento que difícilmente volveremos a experimentar.

Y entonces pasó algo que vale la pena recordar.

Durante unas semanas dejaron de importar muchas de las etiquetas con las que solemos presentarnos. La edad dejó de dividirnos. También el género, la orientación sexual, la profesión o las preferencias políticas. Había niñas y niños viviendo su primer Mundial, adultos recordando México 86 y personas que jamás habían visto un partido celebrando un gol como si llevaran toda la vida haciéndolo. Éramos heterosexuales, gays, lesbianas, bisexuales, personas trans; creyentes y no creyentes; personas de izquierda, de derecha y quienes no simpatizan con ninguna postura. Durante noventa minutos todas esas diferencias perdían protagonismo porque había una identidad que conseguía reunirnos por encima de cualquier otra.

Éramos México.

Y quizá hacía mucho tiempo que no nos sentíamos así.

También cambió nuestra relación con la propia Selección.

Durante años, el Mundial comenzaba acompañado de una larga lista de exigencias. Cada generación de futbolistas cargó con el peso de romper maldiciones, alcanzar el famoso quinto partido y responder por frustraciones acumuladas durante décadas. Parecía que cada torneo iniciaba con más presión que ilusión.

Esta vez ocurrió exactamente lo contrario.

No dejamos de querer ganar, pero aprendimos a disfrutar el camino. Nos emocionábamos con la entrega, con la unión del grupo, con la confianza que transmitían y con esa sensación de que ellos mismos estaban disfrutando representar al país. Dejamos de relacionarnos con la Selección desde la desconfianza para empezar a hacerlo desde la esperanza. Y esa diferencia cambió por completo la forma en que vivimos este Mundial.

Las redes sociales tuvieron mucho que ver con ello.

Hoy ya no conocemos a los futbolistas únicamente por lo que hacen durante noventa minutos. También vemos cómo conviven, cómo se apoyan, cómo se ríen y cómo construyen amistades. La conversación dejó de limitarse a los análisis deportivos y comenzó a construirse entre millones de personas que compartían momentos cotidianos de una Selección que se sentía cercana. Dejamos de seguir únicamente resultados; comenzamos a conectar con las personas. Y cuando uno conecta con las personas, también entiende que los procesos merecen disfrutarse, incluso cuando el desenlace todavía es incierto.

Quizá por eso la pregunta dejó de ser únicamente ¿y si sí?” dentro de la cancha.

Sin darnos cuenta, también terminó siendo una pregunta para nosotros.

Porque somos un país capaz de debatir durante horas una alineación, un cambio o una decisión arbitral. Somos apasionados para defender aquello que sentimos nuestro. Y eso está bien. Lo que quizá valdría la pena preguntarnos es por qué esa misma energía no siempre aparece cuando se trata de los asuntos que verdaderamente determinan nuestra calidad de vida. No para politizar el futbol ni convertir un Mundial en un debate partidista, sino para recordar que la participación ciudadana no debería aparecer únicamente cuando hay noventa minutos en juego. Si algo nos enseñó este torneo es que los mexicanos sabemos involucrarnos cuando sentimos que algo también nos pertenece.

Al final llegó la derrota.

Y dolió.

Dolió porque, después de muchos años, esta Selección consiguió devolvernos algo que parecía perdido: la posibilidad de ilusionarnos sin miedo a parecer ingenuos. Nos permitió creer juntos. Nos permitió imaginar juntos. Nos recordó que la esperanza también puede ser un proyecto colectivo.

No porque las generaciones anteriores hayan sido menos valiosas. Ellas también nos hicieron celebrar y emocionarnos. La diferencia es que hoy vivimos el futbol de otra manera. Las conversaciones ya no terminan cuando el árbitro pita el final. Continúan en las redes sociales, en los videos que compartimos, en los memes, en las entrevistas, en los pequeños gestos que construyen cercanía. Este Mundial no solamente lo vimos; lo vivimos juntos. Y eso hizo que cada victoria se sintiera más nuestra y que la derrota también nos doliera un poco más.

Quizá ese sea el verdadero legado de esta Copa del Mundo.

No los estadios. No las ceremonias. Ni siquiera los resultados.

Lo que permanecerá será el recuerdo de un país que, durante unas semanas, decidió caminar en la misma dirección. Un país que entendió que podía celebrar sin dejar de ser crítico, que podía disfrutar sin renunciar a la empatía y que podía encontrarse con personas completamente distintas para compartir un mismo sueño.

Las Copas del Mundo terminan. La juventud también.

Pero ojalá no perdamos esa capacidad de creer juntos.

Porque, al final, el ¿y si sí?” nunca fue solamente una pregunta sobre futbol.

Fue el recordatorio de que México todavía puede encontrarse cuando tiene un motivo para hacerlo.