Editorial InPerfección Principal

Cronicas deportivas: después del fútbol, viene la fiesta

#InPerfecciones
Cuando la selección nacional gana, las calles se transforman en una fiesta donde todos son bienvenidos: pobres y ricos por igual caminan, gritan y se abrazan unidos por la misma alegría.

 

 

Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com

Son pocas las primeras líneas de un libro que permanecen en la memoria colectiva: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”; “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”; “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”; “Ahora, el invierno de nuestro descontento se ha convertido en glorioso verano por este sol de York”. En mi caso debo de agregar una más que pertenece a un fabuloso libro que oscila entre la antropología, sociología, filosofía, ciencia política y psicología. Me refiero a Masa y Poder de Elias Canetti cuya frase inicial es: “Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido”.

Contextualizando el lenguaje a nuestros tiempos, la reflexión de Canetti resulta sorprendentemente vigente. Las personas conviven todos los días con diferentes temores, desde los más naturales, como es el de ser asaltado o golpeado, hasta otros más sutiles, como la incomodidad que provoca el contacto involuntario con desconocidos en el transporte público, las calles o las plazas. “Aversión al contacto”, le llama Canetti. Viajar en el metro en horas pico, cuando parecen desaparecer las leyes de la física y dos cuerpos ocupan el mismo espacio al mismo tiempo, es una muestra de ello. Sin embargo, existe una circunstancia en la que ese temor desaparece: cuando las personas deciden integrarse voluntariamente a una masa.

Para Canetti, la masa no es simplemente una multitud reunida en un espacio público. Su origen se encuentra en el concepto descarga: “el instante en que todos los pertenecientes a ella (la masa) quedan despojados de sus diferencias y se sienten iguales”.  Es el momento en que clases sociales, creencias y orígenes se hacen a un lado para dar paso a una identidad colectiva. Mientras más espontánea y numerosa sea esa masa, más intensa suele ser la experiencia.

La mayoría de las masas comparten una meta común: alcanzar una meta o cumplir un propósito determinado. Pero existe una excepción fascinante: la masa festiva. En ella, la fiesta es la meta. Como señala Canetti, donde “nada ni nadie amenaza… (donde) la vida y el placer están asegurados por lo que dure la fiesta. Muchas prohibiciones y separaciones han sido suspendidas”. De alguna manera, Joan Manuel Serrat captó esa esencia en la canción Fiesta, cuando escribió: “hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano, sin importarles la facha”, para concluir que “por una noche se olvidó, que cada uno es cada cual”.

El mundo está lleno de festividades. Ahí están las celebraciones de Año Nuevo, los aniversarios patrióticos (el 4 de julio en Estados Unidos, el 14 de julio en Francia, la noche del 15 de septiembre en México), las tradicionales fiestas patronales y religiosas en nuestro país y las celebraciones tras los triunfos deportivos en cualquier lugar del mundo. Tan sólo miremos la euforia y los excesos en París tras el triunfo en el futbol del equipo del PSG, o los vistos en New York después del campeonato de los Knicks en el básquetbol.

La Copa del Mundo es un ritual que se repite cada cuatro años. En ella vemos a miles de aficionados viajar a las ciudades sede y apropiarse temporalmente de sus calles con cánticos, bailes y expresiones de apoyo a su selección y su identidad nacional. Ahí están las hinchadas argentinas, los aficionados de Países Bajos o las célebres porras vikingas de los noruegos. Sin embargo, lo que observamos no es una masa festiva en el sentido estricto de Canetti. Cada grupo busca diferenciarse de los demás, reafirmar su identidad y distinguirse tanto de los locales como de los rivales, sin conformar una identidad momentánea.

En México ocurre algo distinto. Como bien lo sabemos (hasta un comercial sobre el tema lo pasan en estos días), la hospitalidad se toma muy en serio. “Mi casa es tu casa” o “donde comen dos comen tres”, no son simples frases de cortesia sino que forman parte de una manera de entender la convivencia. Por eso ha llamado la atención en distintas partes del mundo que la afición mexicana se haya volcado en apoyar a las visitantes (cuando no compiten directamente contra la selección local): sudcoreanos, colombianos, congoleses, suecos o japoneses, fueron festejados por los mexicanos.

Las celebraciones se hacen sin distingo alguno, básicamente porque al mexicano le encanta la fiesta. Como escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad, “cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos”. Durante esos momentos, la nacionalidad pasa a segundo plano y lo que emerge es una identidad compartida por quienes participan de la celebración.

Nos recuerda Paz que “las fiestas son nuestro único lujo; ellas substituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, el week end y el cocktail party de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos”. Por tal razón, cuando la selección nacional gana, las calles se transforman en una fiesta donde todos son bienvenidos: pobres y ricos por igual caminan, gritan y se abrazan unidos por la misma alegría.

Además, dada la escasa costumbre de celebrar grandes triunfos mundialistas,  cada victoria se vive con una intensidad especial, donde los festejos más originales o ridículos son los mejores. Se celebra a lo grande (pese a la presencia de algunos desaptados que nunca faltan), porque, como escribió Paz, “lo importante es salir, abrirse paso, embriagarse de ruido, de gente, de color”. Entonces, efectivamente, “México está de fiesta. Y esa fiesta, cruzada por relámpagos y delirios, es como el revés brillante de nuestro silencio y apatía, de nuestra reserva y hosquedad”.

La alegría en los festejos no es un indicador de felicidad, riqueza o libertad. La historia ofrece ejemplos evidentes de ello; basta recordar las celebraciones en la Argentina gobernada por la dictadura de Videla y los militares de 1976. Sin embargo, la fiesta sí ofrece una pausa. Nos permite escapar, aunque sea por unas horas, de las preocupaciones cotidianas y compartir emociones positivas.

Por eso, como buen mexicano, espero disfrutar y celebrar muchos triunfos de la selección nacional en este Mundial.

#InPerfecto