Editorial InPerfección Principal

El péndulo latinoamericano: Colombia no eligió a la derecha. Castigó a la izquierda.

#InPerfecciones
Colombia confirmó que las democracias de la región no están girando hacia la derecha ni hacia la izquierda; están castigando a quienes gobiernan mal. La pregunta ahora es si México será el siguiente capítulo de esa historia.

 

 

Eder Mendoza / @ai.edcissce
redaccion@inperfecto.com.mx

Durante años nos hicieron creer que América Latina estaba dividida entre dos modelos irreconciliables: la derecha neoliberal y la izquierda transformadora.

La realidad ha demostrado otra cosa.

Los latinoamericanos no votan por ideologías; votan por expectativas. Y cuando esas expectativas se incumplen, el voto cambia de dirección. No porque la oposición sea extraordinaria, sino porque el gobierno dejó de convencer.

Eso acaba de ocurrir en Colombia.

En 2022, Gustavo Petro llegó al poder como el primer presidente de izquierda en la historia reciente del país. Su triunfo representó el agotamiento de una clase política tradicional y la esperanza de millones de colombianos que buscaban una nueva forma de gobernar. Entre sus principales apuestas estuvo la política de Paz Total, una estrategia que pretendía reducir la violencia mediante negociaciones simultáneas con guerrillas, disidencias y organizaciones criminales.

La promesa era ambiciosa.

El resultado fue profundamente cuestionado.

Durante el cuatrienio de Petro, la seguridad volvió a colocarse entre las principales preocupaciones de los colombianos. Diversas encuestas registraron un amplio descontento con la estrategia gubernamental y la percepción de inseguridad aumentó. Al final, la elección presidencial dejó de ser un debate entre proyectos de país para convertirse en un referéndum sobre el desempeño del gobierno. El resultado fue un país dividido prácticamente por mitades y una diferencia cercana a un punto porcentual.

No fue una victoria contundente de la derecha.

Fue un voto de castigo contra la izquierda.

Y Colombia no es una excepción.

Argentina giró hacia la derecha tras el desgaste del peronismo. Ecuador también dio un giro después del correísmo. Chile ha mostrado un electorado cada vez más pendular, alternando entre proyectos de distinto signo político. La región parece estar entrando en una nueva etapa donde los gobiernos progresistas ya no son vistos como la única alternativa al viejo orden.

No porque la derecha haya encontrado todas las respuestas.

Sino porque la izquierda dejó de ofrecerlas.

Pero sería un error convertir este análisis en una celebración de la derecha.

Porque la derecha latinoamericana también tiene una enorme responsabilidad en este péndulo político.

Durante décadas confundió crecimiento económico con bienestar social. Descuidó la desigualdad, permitió que la corrupción se normalizara en muchos gobiernos y fue incapaz de responder a demandas legítimas de millones de ciudadanos. Ese vacío fue el que permitió el ascenso de una nueva izquierda que prometía combatir privilegios, fortalecer la democracia y poner primero a quienes históricamente habían sido ignorados.

El problema es que, una vez en el poder, buena parte de esa izquierda terminó pareciéndose demasiado a aquello que prometió combatir.

Prometió fortalecer las instituciones y terminó concentrando poder.

Prometió reconciliar sociedades polarizadas y terminó profundizando la división.

Prometió combatir los privilegios y construyó nuevas élites políticas.

Prometió transformar la política y terminó haciendo política con las mismas herramientas de siempre.

La diferencia fue el discurso.

Porque la izquierda contemporánea encontró un enorme capital político en causas profundamente legítimas: los derechos de las mujeres, la igualdad para la comunidad LGBT+, el combate al racismo, la inclusión, la agenda ambiental, los derechos de los pueblos indígenas y la diversidad.

Todas ellas son causas democráticas que merecen ser defendidas.

Pero ninguna de ellas vuelve automáticamente competente a un gobierno.

Un gobierno no es progresista porque coloque una bandera arcoíris en un edificio público ni porque adopte un lenguaje inclusivo en sus discursos.

Lo es cuando garantiza libertades, fortalece instituciones, combate la corrupción, reduce la violencia, genera crecimiento económico y mejora la calidad de vida de las personas.

Los derechos civiles no sustituyen los resultados de gobierno.

Y cuando estos no llegan, el discurso identitario deja de ser suficiente.

Ahí aparece el populismo.

La construcción permanente de enemigos.

El pueblo contra las élites.

La prensa contra el gobierno.

El pasado contra el presente.

Una campaña electoral que nunca termina.

En ese terreno, la izquierda latinoamericana ha demostrado que también puede caer en los mismos vicios que históricamente criticó: el culto al liderazgo, la polarización, el debilitamiento de contrapesos institucionales y la descalificación sistemática de cualquier voz crítica.

México no está aislado de esa discusión.

Durante años, el presidente Andrés Manuel López Obrador convirtió el “neoliberalismo” en el gran responsable de prácticamente todos los problemas nacionales. El término dejó de ser una categoría económica para convertirse en un recurso político.

Sin embargo, vale la pena hacer una precisión.

México nunca fue un país neoliberal en sentido estricto.

Fue —y sigue siendo— una economía mixta. Con apertura comercial, sí; con disciplina fiscal en distintos momentos, también. Pero al mismo tiempo con empresas públicas estratégicas, monopolios estatales durante décadas, amplios programas sociales, subsidios y una fuerte intervención del Estado en sectores clave.

Reducir más de treinta años de historia económica al concepto de “neoliberalismo” simplificó una realidad mucho más compleja y permitió construir un adversario político permanente.

Hoy la pregunta ya no es si el neoliberalismo volverá.

La pregunta es si, después de dos sexenios consecutivos encabezados por Morena, los mexicanos comenzarán a hacer lo mismo que ya ocurrió en otros países de América Latina: evaluar al gobierno por sus resultados y no por su narrativa.

Porque las democracias maduras no cambian de rumbo por nostalgia.

Cambian cuando el poder deja de cumplir.

Y quizá esa sea la principal lección que deja Colombia.

La democracia latinoamericana no se está derechizando.

Está castigando gobiernos.

Ayer fue la derecha.

Hoy comienza a ser la izquierda.

Y mañana será cualquier proyecto político que crea que un buen relato puede sustituir a la seguridad, al crecimiento, a las instituciones y a los resultados.

Porque las ideologías pueden ganar elecciones.

Pero sólo los resultados las mantienen en el poder.