#InPerfecciones
La política ha decidido ir al estadio, porque detrás de los goles, se disputan narrativas de poder, proyectos nacionales y estrategias de legitimación.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
A lo largo de casi un siglo, hemos sido testigos de la manera en que los mundiales han influído tanto en la sociedad como en la política. Las Copas del Mundo de Chile en 1962 y México en 1986 se celebraron a pesar de las dudas sobre las capacidades de organización de ambos países tras haber sufrido devastadores terremotos meses previos a la inauguración. El lema chileno fue “porque nada tenemos, lo haremos todo”. Asi, después de la tragedia, dos países latinoamericanos se esforzaron por dar su mejor cara a los visitantes.
Los campeonatos mundiales han reforzado en más de una ocasión y en un sentido positivo, el nacionalismo, entendido como un principio básico de unidad política y nacional (Eric Hobsbawn, Naciones y nacionalismo desde 1780). El inesperado campeonato de Alemania en 1954 al derrotar a la poderosa Hungría, gran favorita de la época, le dio impulso al maltrecho orgullo nacional germano tras los oscuros años de la Segunda Guerra Mundial. Del mismo modo, el triunfo de Argentina a Inglaterra en 1986 (con los goles más famosos de Maradona, “la mano de dios” y “el barrilete cósmico”), levantó el orgullo argentino tras la derrota en la guerra de las Malvinas, incluso más que la obtención de la propia Copa del Mundo.
Mientras que la derrota como local de Brasil en 1950 sumió al país en la más profunda tristeza; obtener el tricampeonato y llevarse la Jules Rimet a sus vitrinas para siempre, dieron renovados ánimos a un pueblo que vivía bajo la represión política de un gobierno militar. Por otra parte, el triunfo de Francia en 1998, con una selección cuyas principales estrellas eran descendientes de migrantes africanos, unió de manera excepcional a toda la sociedad francesa por encima de sus diferencias sociales, económicas e incluso raciales.
En 100 años, el futbol se convirtió en el deporte más popular del mundo, y por lo mismo, en una suerte de objeto del deseo. Al notar el arrastre que tenía el futbol entre la gente, los dirigentes políticos abandonaron sus oficinas para ir a los estadios (bueno, no todos). De esta forma, los políticos han utilizado al noble y humilde futbol (todos los deportes son nobles pero no todos son humildes) para legitimarse, en el sentido de lo señalado por Norberto Bobbio (Origen y fundamentos del poder político) de que la legitimidad “sirve para dar una justificación a la existencia de los gobernantes”, y que es, desde el punto de vista del subordinado “el fundamento de su deber de obediencia”.
Esto se vivió en el segundo mundial celebrado en Italia en 1934, cuando el entonces primer ministro, aparentemente un gran aficionado a este deporte, mandó construir un estadio en Turín para ser sede del campeonato, el cual fue inaugurado con su nombre, “Stadio Municipale Benito Mussolini”. El tristemente célebre Duce, fue el primero de una larga serie de nombres infaustos que vieron en el mundial una oportunidad para proyectar una imagen exitosa del país sede, y presentar el triunfo de su selección, como una expresión de superioridad nacional.
Así, el fascismo, ese gobierno dictatorial y violento (recomiendo el libro Stanley G. Payne, El fascismo, para una mayor comprensión), adoptó al futbol como bandera propagandística para impulsar al nuevo régimen, y la apuesta le funcionó. Los triunfos de Italia en 1934 y 1938 contribuyeron legitimar en la sociedad la idea de que la superioridad del fascismo era la causa de las victorias en el campo de juego. No está de más recordar la historia de que previo a la final en 1938, Mussolini envió un telegrama al equipo italiano: “vencer o morir”. Y nadie dudaba de que el mensaje no era una simple metáfora sino una amenaza.
Argentina 1976 fue otro caso del uso del deporte para afianzarse en el poder. Pocos meses antes de inicio del torneo, un golpe de estado militar llevó al general Rafael Videla a la presidencia. Cuando la selección argentina necesitaba vencer a Perú por más de 4 goles, Videla, acompañado de Henry Kissinger, visitaron al vestidor peruano, y de pura casualidad, al final Argentina ganó 6-0. Tras conquistar su primer campeonato, la gente se volcó en las calles con ese fervor unánime que solo los triunfos deportivos pueden generar, olvidando por momento al infame gobierno militar.
Cuando se asignó un mundial a la sede conjunta de Corea del Sur y Japón, o incluso a Sudáfrica, prevalecía un espíritu de apertura geográfica a países con tradición futbolera y formalmente democráticos. Salvo la Italia fascista, los mundiales no se habían asignado a regímenes autoritarios (retomando la definición de Sartori de que México era un régimen hegemónico) hasta que llegaron las sedes de Rusia, Catar y proximamente Arabia Saudita en 2034. Así pudimos ver a los sonrientes Vladimir Putin y el Emir de Qatar, el jeque Tamim bin Hamad Al Thani, inaugurar un mundial, mientras sus sociedades viven con libertades acotadas o de plano inexistentes.
También existen las consecuencias no deseadas. El mundial de Brasil 2014 prometía ser la fiesta más grande del futbol, por lo que representa el juego para su población. El gobierno se comprometió a tirar la casa por la ventana para mostrar un país moderno y pujante. Sin embargo, la mala planeación con estadios sin concluir, la alta inseguridad, una sociedad polarizada y sobre todo, los escándalos de corrupción en torno a las obras, afectaron la presidencia de Dilma Roussef y allanaron el camino para la llegada al poder de Jair Bolsonaro, quien supo capitalizar políticamente los errores del gobierno.
Haríamos mal en olvidar que el fútbol hace mucho tiempo que dejó de ser un simple deporte que detona las emociones de sus aficionados. El futbol también se ha convertido, a nivel local o a nivel global, en un instrumento político que utiliza para mejorar la imagen pública de los gobernantes, y en su caso, para desviar la atención de problemas políticos, sociales o de derechos humanos. Por eso, la política ha decidido ir al estadio, porque detrás de los goles, las ceremonias inaugurales y las celebraciones multitudinarias, también se disputan narrativas de poder, proyectos nacionales y estrategias de legitimación.
#InPerfecto




