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Crónica de un Tablero en Juego — La antesala: cuando el poder cambia de manos… o de apellidos.

#InPerfecciones
Las reglas cambian, pero los de siempre ya aprendieron a jugar mejor.

 

 

Eder Mendoza / @ai.edcissce
redaccion@inperfecto.com.mx

Hay algo que ya se siente distinto en el ambiente político, aunque no esté en los titulares todos los días: el tablero rumbo a 2027 no solo se está moviendo, se está rediseñando. Y no es casualidad. La nueva reforma electoral discreta en su narrativa, pero quirúrgica en sus efectos empieza a marcar el ritmo de una partida que apenas arranca.

Porque esto ya no es solo política. Es ajedrez.

Y en el ajedrez, no gana quien mueve más piezas, sino quien entiende el tiempo de cada movimiento.

Morena, por ejemplo, sigue jugando con blancas. Tiene la iniciativa, el control del centro del tablero y una ventaja estructural que le permite marcar el ritmo. La reforma electoral, en este contexto, funciona como una especie de ajuste fino: reduce costos, sí, pero también redefine cómo se compite, quién tiene más margen de maniobra y quién queda más expuesto.

Su punto a favor es evidente: menos gasto electoral en teoría nivela el terreno, pero en la práctica favorece a quien ya tiene estructura y presencia territorial. Es decir, a ellos. Su punto en contra es más sutil, pero más delicado: cuando tú diseñas las reglas del juego, también te vuelves el principal responsable de cómo se percibe ese juego. Y ahí es donde empiezan los cuestionamientos. Porque entre la optimización institucional y la tentación de control, la línea es muy delgada.

Y sí, también aparece ese tema incómodo que nadie quiere nombrar frontalmente pero todos ven: el nepotismo versión 2026. No tan burdo, no tan evidente, pero presente en candidaturas, en estructuras locales, en posiciones estratégicas. Como si el poder, en lugar de abrirse, se estuviera heredando con nuevos códigos.

Del otro lado del tablero, la oposición juega con negras. Reacciona más de lo que propone. Pero aquí hay un matiz que vale la pena detenerse a leer con más calma.

El PRI ha insistido en múltiples ocasiones en la necesidad de construir una alianza opositora amplia. Lo ha hecho con un discurso que apela a la supervivencia política, pero también al pragmatismo electoral: solos no alcanzan, juntos podrían competir. Sin embargo, tanto el PAN como Movimiento Ciudadano han marcado distancia de forma bastante clara.

El PAN, por momentos, parece debatirse entre su necesidad de sumar fuerzas y el costo reputacional de volver a asociarse con el PRI. Porque si algo le sigue pesando es justo eso: la credibilidad frente a un electorado que no olvida tan fácil. Ir juntos puede dar números… pero no necesariamente narrativa.

Movimiento Ciudadano, en cambio, ha sido más frontal. Ha rechazado de manera consistente cualquier alianza con el PRI, apostando a una construcción propia, más lenta pero más coherente con su discurso de “nueva política”. Su cálculo no está en 2027 como meta final, sino en consolidarse como alternativa real hacia 2030. Y en ese camino, mezclarse con lo que critican les rompe el personaje.

Aquí es donde el tablero se vuelve interesante.

Porque mientras el PRI empuja por una alianza que lo mantenga vigente, PAN y MC se resisten, cada uno por razones distintas, pero con un mismo efecto: la oposición sigue fragmentada. Y en un sistema donde la suma importa tanto como la percepción, esa fragmentación no es menor.

Su punto a favor es claro: el desgaste del oficialismo eventualmente abre ventanas de oportunidad. Su punto en contra es igual de claro: no han logrado construir una alternativa que emocione, que conecte o que, mínimo, genere confianza suficiente.

Y así, más que una oposición, lo que vemos es un conjunto de proyectos que coexisten… pero no necesariamente convergen.

Luego está Movimiento Ciudadano, que más que jugar la partida, parece estar estudiando el tablero. No tiene la presión inmediata de ganar, pero sí la oportunidad de posicionarse como una tercera vía creíble. La reforma electoral, en su caso, puede ser un arma de doble filo: menos recursos limitan crecimiento, pero también obligan a afinar estrategia, narrativa y perfil. Y ahí es donde podrían capitalizar.

Pero más allá de los partidos, lo interesante es cómo esta reforma empieza a moldear el comportamiento político. Menos dinero en campañas no necesariamente significa campañas más limpias; puede significar campañas más creativas, más digitales, más enfocadas… o más opacas. Dependerá de quién entienda mejor el nuevo terreno.

Y en medio de todo esto, hay una constante: la ambición.

Ambición que ya no se esconde tanto. Se ve en los movimientos anticipados, en los posicionamientos sutiles, en las alianzas que se buscan (y las que se rechazan), en las tensiones internas que no siempre salen a la superficie. Porque aunque falte tiempo para 2027, la sucesión ya empezó. Y cada decisión de hoy está pensada en clave de mañana.

Por eso esta columna no va a intentar adivinar ganadores. Va a hacer algo más útil: leer los movimientos.

Mes a mes, pieza por pieza.

Porque el tablero no se redefine de golpe, se ajusta en microdecisiones que, acumuladas, terminan cambiando toda la partida. Y si algo necesita hoy la conversación pública no es más ruido, es más filo. Más capacidad de ver lo que se está moviendo antes de que sea obvio.

Esto apenas empieza.

Y la pregunta no es quién va a ganar en 2027.

La pregunta es: quién está entendiendo mejor el juego desde ahorita.

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