#InPerfecciones
En tiempos tan agitados como los actuales, donde predomina la descalificación del otro, la herencia intelectual que nos deja Habermas puede parecer incluso provocadora: dialogar y convencer.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Uno de los autores de lectura indispensable durante mis estudios universitarios, fue Jünger Habermas. Considerado como uno de los grandes filósofos alemanes del siglo pasado, Habermas se convirtió en noticia al darse a conocer su fallecimiento a los 97 años. Su obra contribuyó durante décadas a fortalecer el debate público en torno a una mejor democracia.
Siendo un autor nada fácil de abordar, me sorprendió gratamente que su legado fuera ampliamente comentada en redes sociales. Esto habla no solo de la trascendencia de su obra, sino también de la vigencia de sus aportaciones, como lo demuestra la publicación de diversos artículos dedicados a analizar su pensamiento. Habermas fue un referente para más de una generación, aunque con el paso del tiempo, su estudio parece irse perdiendo. Por ejemplo, cuando le pregunto a mis alumnos si lo han leído, en no pocas ocasiones la respuesta es que ni siquiera saben de quién les hablo. Como nota anecdótica, existe una escuela primaria con su nombre por los rumbos de la colonia Santo Domingo en la Ciudad de México.
Habermas formó parte del influyente grupo de científicos sociales alemanes conocido como la Escuela de Frankfurt, junto a gigantes del pensamiento como Max Horkheimer, Teodor Adorno o Herbert Marcuse, quienes se consideraban herederos de la tradición filosófica de Hegel y de Marx. En el recomendable libro La Escuela de Fráncfot, Rolf Wiggershaus, nos lleva a las discusiones e influencias en torno a este grupo donde se abordaron los movimientos estudiantiles de los años sesenta, a crítica de la cultura, a la República de Weimar y el surgimiento del Tercer Reich y los judíos, así como al positivismo o el psicoanálisis. Es decir, se trata de una historia intelectual que abarca de los años treinta a los setenta.
El aporte teórico más conocido de Habermas es el que desarrolló con amplitud en su Teoría de la Acción Comunicativa, así como en trabajos posteriores como Acción Comunicativa y Razón sin Transcendencia. En estas obras, define a la acción comunicativa como “aquellas interacciones sociales para las cuales el uso del lenguaje orientado al entendimiento asume un papel de coordinación de la acción”. Para el filósofo alemán, lo que debe prevalecer en toda discusión racional son los mejores argumentos. En el intercambio discursivo se deben excluir las posturas preestablecidas o los candados ideológicos autolimitantes para dar una amplitud al debate y permitir que sean las razones y los argumentos más convincentes los que se impongan por encima de los dogmas.
Sobre la acción comunicativa de Habermas se ha escrito ampliamente en estos días, por lo que este modesto homenaje a su memoria se enfocará en mi primer encuentro con su obra, un pequeño texto titulado Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, publicado originalmente en 1973. En él, desde una perspectiva marxista y con un enfoque influido por la teoría de sistemas, aborda cómo el capitalismo tardío ha entrado en una crisis de legitimidad.
Habemas señala que las sociedades actuales constituyen sistemas complejos, integrados por varios subsistemas: el económico, el político administrativo y el socio-cultural. Aunque estos sistemas no son estáticos y enfrentan múltiples tensiones, las crisis solo llegan “cuando los miembros de la sociedad exprimentan cambios de estrucutura como críticos para el patrimonio sistémico y sienten amenzada su identidad social”. En su análisis, se enfoca en la crisis existente en lo que denomina capitalismo tardío, el cual ahora es mejor conocido como neoliberalismo.
Se entiende al capitalismo tardío como el periodo en el que el mercado va siendo sustituido parcialmente por el Estado y entra en crisis cuando alguno de sus componentes, como inflación o desigualdad, frena el crecimiento económico. Esta situación se traduce en una crisis política o crisis de racionalidad, dado que al ser un componente activo del proceso capitalista (ya sea por sí mismo o regulando la actividad económica) el Estado luce incapaz de responder a las demandas sociales. Esto, a su vez, deriva en una crisis sociocultural o de legitimidad al Estado, o dicho de otra forma, en la pérdida de confianza de la ciudadanía en las instituciones y la autoridad del Estado.
La legitimación constituye otro concepto clave dentro del pensamiento de Habermas, quien sostiene que “la generación de poder legítimo mediante política deliberativa representa un procedimiento para resolver problemas”, entendiendo la política deliberativa como “un proceso de aprendizaje articulado en términos reflexivos”. De este modo “la política viene a ocupar los huecos funcionales que se abren por sobrecarga de otros mecanismos de integración social”. La legitimidad es ese valor cultural mediante el cual el Estado es respaldado y obedecido por los ciudadanos. La legitimidad permite el funcionamiento de un gobierno, por lo que, en sentido opuesto, la falta de legitimidad, la implementación de políticas se vuelven inviables.
El mejor camino para superar las crisis sistémicas que mencionamos, es el que pasa por la participación y una discusión “ilustrada” sobre los principales asuntos públicos. Dado que parece que llegamos al punto donde las crisis son recurrentes, resulta indispensable respaldar las decisiones públicas a través de un convencimiento derivado de los argumentos racionales. De ahí la necesidad de una democracia deliberativa donde la norma sea la persuación mediante una acción comunicativa.
En este sentido, Habermas propone que la salida a estos problemas pasa por fortalecer la democracia deliberativa, es decir, la creación de espacios de diálogo y participación donde las decisiones sean producto del intercambio racional de argumentos y no de la simple imposición de intereses particulares. Así, la legitimidad del sistema político puede renovarse y adaptarse a las exigencias de una sociedad cada vez más compleja y plural.
En tiempos tan agitados como los actuales, donde predomina la descalificación del otro, la denostación y el diálogo de sordos sin espacio para la reflexión, la duda y la reconsideración de los argumentos propios, la herencia intelectual que nos deja Habermas puede parecer incluso provocadora: dialogar y convencer. No obstante su defensa de que el gobierno obtiene mayor legitimidad en la medida en que ganan, mediante el debate público, los argumentos racionales y no los que solo se limitan a gritar, resulta hoy más necesario que nunca.
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