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Llegamos todas’… excepto las que siguen desapareciendo

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“Entre la consigna oficial de llegamos todas, la realidad de un país que aún invisibiliza a sus mujeres y un machismo que sigue intacto”.

 

 

Eder Mendoza // ai.edcissce
redaccion@inperfecto.com.mx

El 8 de marzo no es una fecha para felicitar ni para repartir flores. El 8M no se celebra, se conmemora. Y conmemorar implica algo que al poder rara vez le gusta: memoria, incomodidad y crítica.

Dos días después de la marcha queda claro algo que en México se repite cada año. Miles de mujeres volvieron a tomar las calles de la Ciudad de México y de decenas de ciudades en todo el país. Marcharon madres, estudiantes, trabajadoras, colectivas feministas, mujeres que buscan a sus hijas desaparecidas, mujeres jóvenes que crecieron sabiendo que el miedo también forma parte de la vida cotidiana.

Marcharon para recordar lo que el discurso oficial intenta simplificar: que en México ser mujer sigue siendo una condición atravesada por violencia, desigualdad e invisibilización.

Mientras eso ocurría en las calles, desde el poder se repetía una frase que pretende encapsular el momento político del país: “llegamos todas”. La consigna, impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, busca narrar un triunfo colectivo de las mujeres mexicanas.

Pero basta observar lo ocurrido el propio 8 de marzo para entender la distancia entre el discurso y la realidad.

Mientras las mujeres marchaban, el gobierno no acompañó. Se blindó.

Vallas metálicas rodeando edificios públicos, muros protegiendo monumentos, estructuras levantadas para contener la protesta. La imagen fue inevitable: frente a una movilización que exige ser escuchada, el Estado respondió con barreras.

Es una escena que se ha vuelto costumbre en México. Las calles hablan y el poder levanta muros.

Y si alguien quiere entender cómo se rompe el discurso cuando choca con la política real, basta recordar lo ocurrido hace unos meses en la Cámara de Diputados. Mientras desde el poder se repite la consigna de que “llegamos todas”, el oficialismo cerró filas para proteger a Cuauhtémoc Blanco, denunciado por abuso. La escena fue reveladora: diputadas desde sus curules y desde la tribuna gritándole “¡no estás solo!”. En un país donde miles de mujeres salen a las calles a exigir justicia frente a la violencia, el poder político fue capaz de arropar públicamente a un hombre acusado. Ese momento dejó algo claro: cuando la causa de las mujeres se enfrenta a la disciplina partidista, el oficialismo muchas veces elige proteger al poder antes que incomodarlo.

La realidad es más compleja que cualquier consigna.

México sigue siendo un país construido, histórica y estructuralmente, para los hombres. Las reglas del poder, del trabajo, del espacio público y de la vida cotidiana se diseñaron durante siglos desde una lógica masculina. Esa estructura no se desmonta porque una mujer llegue a la presidencia, por importante que ese hecho sea.

Un símbolo no corrige una estructura.

Por eso el 8M incomoda. Porque rompe con la narrativa de que la igualdad ya llegó.

También porque amplía una conversación que algunos todavía se resisten a aceptar. Mujer es mujer. Las mujeres trans también enfrentan violencia, discriminación y exclusión en un país que sigue castigando cualquier identidad que se salga del molde masculino dominante. Invisibilizarlas dentro de una lucha contra la exclusión sería repetir la misma lógica que históricamente las ha marginado.

El patriarcado funciona así. Jerarquiza. Define quién pertenece y quién no.

En medio de todo esto también conviene hablar de los hombres.

Se habla mucho de hombres aliados, pero la verdad es un poco más incómoda. Esta no es nuestra lucha. No lo es porque nosotros no cargamos con el peso estructural de la violencia de género ni habitamos el mundo con el mismo nivel de riesgo.

Eso no significa mirar desde la indiferencia. Significa entender cuál es nuestro lugar.

No protagonizar.
No apropiarnos.
No explicar el feminismo como si nos perteneciera.

Apoyar implica algo más difícil: incomodar a otros hombres. Señalar el machismo en la mesa familiar, en el grupo de amigos, en el trabajo. Dejar de reír las bromas que normalizan la violencia. Escuchar cuando las mujeres hablan, incluso cuando lo que dicen nos incomoda.

También va para los machitos.

Para los que se burlan del feminismo pero se benefician todos los días de una estructura hecha a su medida. Para los que creen que exigir igualdad es un ataque personal. Para los que nunca se han preguntado por qué miles de mujeres tienen que marchar cada año.

El 8M no es contra ustedes.

Pero tampoco gira alrededor de ustedes.

Dos días después de la marcha, las pintas se borrarán, las vallas se retirarán y el país volverá a su rutina. Pero lo que quedó claro en las calles de la Ciudad de México y del resto del país es que la igualdad sigue siendo una deuda pendiente.

Por eso el 8 de marzo no se celebra.

Se conmemora.

Y mientras haya mujeres desaparecidas, violentadas o silenciadas, todas las mujeres, sin excepciones, la frase “llegamos todas” seguirá siendo más una consigna política que una realidad social.