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Bad Bunny convirtió el Super Bowl en un acto político-cultural: una narrativa de amor y dignidad latinoamericana frente al odio, la xenofobia y el “America First”, recordándole al mundo que América somos todos.
Eder Mendoza / @ai.edcissce
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Bad Bunny no apareció en el Super Bowl para “cantar unas canciones”.
Apareció para ocupar un espacio que históricamente no ha sido nuestro. Para incomodar. Para marcar territorio. Para decir algo que en Estados Unidos sigue siendo difícil de aceptar: América no es un país. América es un continente.
Y lo que vimos hace apenas dos noches, en el escenario más visto del planeta, no fue solo un artista haciendo espectáculo. Benito Antonio Martínez Ocasio fue un mensaje. Fue narrativa política en tiempo real. Fue un acto de dignidad cultural.
Porque esto no nace de la nada. Nace de Puerto Rico.
Puerto Rico, esa isla que legalmente es parte de Estados Unidos, cuyos habitantes son ciudadanos americanos, pero a quienes nunca se les reconoce como iguales. Puerto Rico, colonia moderna. Territorio administrado, usado, explotado, discriminado. Puerto Rico, siempre cerca para servir y siempre lejos para pertenecer.
Bad Bunny no puede separarse de ese origen. Su presencia global no es solo éxito individual: es una respuesta histórica. Es la voz de un país que ha vivido en la contradicción permanente de ser “americano” sin ser tratado como tal.
Por eso lo verdaderamente poderoso de Benito no es que llene estadios. Es que construyó algo más difícil: una narrativa basada en respeto, resiliencia y dignificación. Y sobre todo, en algo que hoy es casi subversivo: amor. No el amor cursi. El amor político. El amor como decisión frente al odio.
Primero fue la música. Después fue el símbolo. Y el domingo fue el momento.
Lo que vimos no fue un show “latino” para cumplir cuota comercial. Fue una puesta en escena cargada de identidad, trabajo, raíces, orgullo. Una representación de América Latina no desde el folclor vacío, sino desde la honradez de lo que somos: pueblos que han sobrevivido a todo.
Y esto ocurre en un contexto brutal.
Ocurre mientras Donald Trump y su proyecto político han vuelto a normalizar lo peor de Estados Unidos: la xenofobia como discurso, el elitismo como política pública, la LGBTfobia como bandera, la intolerancia como identidad nacional.
El trumpismo no solo gobierna con leyes. Gobierna con narrativa. Con una frase que se repite como dogma: America First. Make America Great Again.
Pero la pregunta es inevitable: ¿Great para quién?
Porque ese “volver a ser grande” siempre suena a volver a un tiempo donde algunos podían vivir tranquilos porque otros no existían en el centro. Donde la grandeza dependía de excluir, de expulsar, de callar idiomas, de perseguir cuerpos, de borrar culturas.
Ese “America First” es, en el fondo, un “los demás después”. Es una frontera mental. Es un muro simbólico.
Por eso cuando se grita “ICE OUT”, no se está hablando de ideología abstracta. Se está hablando de vidas. De familias rotas. De migrantes perseguidos. De un aparato institucional convertido en amenaza. De un país que presume libertad mientras criminaliza la existencia del otro.
Y en medio de eso, Bad Bunny aparece en el evento más estadounidense posible, y lo llena de español, de códigos latinos, de presencia incómoda.
Eso no fue entretenimiento. Eso fue política cultural.
También fue memoria.
Porque cuando se canta sobre lo que le pasó a Hawái, se está diciendo algo que Estados Unidos no quiere escuchar: que su historia no es solo democracia, también es despojo. Que su expansión no fue solo progreso, también fue colonización. Que muchas de sus “estrellas” son territorios robados.
Billie Eilish lo resumió con una frase que debería ser obvia, pero no lo es: “nadie es ilegal en tierra robada”.
Y esa idea atraviesa todo este momento. Porque el problema nunca ha sido la migración. El problema es el poder que decide quién pertenece y quién estorba.
Bad Bunny entendió algo esencial: enaltecer Puerto Rico no es encerrarse en una isla, es abrir una puerta.
A partir de su lucha político-social logró algo más grande: unificar su historia con la de todo el pueblo latinoamericano. Convertir una herida local en una causa continental. Recordarnos que lo que vive Puerto Rico no es ajeno a lo que vive México, Colombia, República Dominicana, Centroamérica: el mismo desprecio, la misma desigualdad, el mismo sistema que jerarquiza culturas.
Y entonces ocurrió lo inevitable.
El domingo, Estados Unidos tuvo que escuchar español.
Durante años, el mundo se adaptó al inglés, a su industria, a su hegemonía. Pero por primera vez en décadas, el escenario más cerrado de la cultura estadounidense tuvo que abrirse. No por cortesía. Por realidad.
Bad Bunny dijo, indirectamente, algo que millones necesitaban escuchar: que se puede. Que un niño latino puede soñar sin pedir permiso. Que no tiene que borrar su acento. Que no tiene que traducirse para existir.
Y eso es lo que molesta.
Hay gente que insiste en decir que Bad Bunny “no los representa”. Pero casi siempre esa frase no viene de un análisis musical. Viene del prejuicio. Del clasismo cultural. De no haber entendido que esto no se trata solo de reggaetón: se trata de quién tiene derecho a ocupar el centro.
Decir “no me representa” muchas veces significa: no me gusta ver a los nuestros ganando sin parecerse a lo que yo considero aceptable.
Y eso es exactamente lo que Bad Bunny rompió.
No es que sea el primer latino en ese escenario.
Es que es de los primeros en pararse ahí sin suavizarse. Sin pedir perdón. Sin hacerse cómodo para el poder. Sin reducir su identidad para ser consumible.
Bad Bunny no llegó a entretener al sistema.
Llegó a recordarle al mundoque América no es propiedad de un slogan. Que América no se hace grande expulsando, odiando o levantando muros.
América se hace grande cuando se reconoce completa.
Y hoy, más que nunca, lo único más poderoso que el odio sigue siendo el AMOR.

