#InPerfecciones
“Volver al mundo con atención y aceptar que la libertad, como los buenos zapatos, no aparece por decreto: se fabrica con las manos del alma”
Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com
Suena el despertador y, antes de que la mente acabe de incorporarse, ya hay un dedo que busca una pantalla. No solo para enterarse del mundo, sino para enterarse de sí mismo: qué se usa, qué se piensa, qué se desea, qué se condena, qué se aplaude. Ese gesto mínimo, cotidiano, casi inocente, es quizá el emblema más discreto de un problema enorme: la libertad humana en el siglo XXI se juega en un campo de fuerzas donde la mímesis y la lucha por la originalidad ya no son temas de aula, sino de supervivencia interior.
En columnas previas he insistido en que la dignidad humana no es un lujo teórico y que, incluso frente a lo que nos rebasa, seguimos siendo en gran medida responsables del modo en que habitamos el mundo. La metáfora del buen zapatero que hace el mejor zapato posible con el cuero que le tocó expresa bien ese punto: no elegimos todo, pero sí respondemos; no dominamos la fortuna, pero sí nuestra manera de afrontarla. Si extrapolamos la imagen al presente digital, el “cuero” es también cultural, algorítmico, social: deseos inducidos, comparaciones permanentes y un mercado de identidades listas para usar.
También he defendido que lo humano se reencuentra a través de aquello que parece inútil en el sentido mercantil del término: lo bello, lo contemplativo, lo que no se agota en rendimiento. La belleza no como ornamento, sino como respiración del alma; como recordatorio de que somos más que eficiencia y consumo. Dicho en otra clave: la belleza puede ser una táctica silenciosa contra la imitación automática.
Con estas dos intuiciones en la mesa —dignidad activa y belleza como necesidad— quiero entrar al nudo de hoy: ¿qué significa ser libre cuando lo que deseamos, admiramos o tememos parece cada vez menos propio?
Mímesis suena a griego de biblioteca, pero es una palabra que se pasea con nosotros al centro comercial, al salón de clases y a la fila del café. Desde Platón y Aristóteles, la mímesis ha sido pensada como imitación, representación, aprendizaje. En el arte puede ser una fuente de verdad; en la educación, el modo natural del crecimiento humano: aprendemos imitando. Nadie empieza la vida inventando el lenguaje desde cero. Pero en el siglo XX, René Girard da un giro decisivo: no solo imitamos conductas; imitamos deseos. Queremos lo que otros quieren porque otros lo quieren. No es un detalle psicológico menor: es una tesis antropológica potente. La rivalidad, la envidia y ciertas formas de violencia nacen de ese triángulo del deseo: yo deseo el objeto porque un otro lo desea.
Si esto es cierto —y al menos describe buena parte de nuestra experiencia— entonces la libertad no está únicamente amenazada por la falta de opciones externas, sino por una colonización más sutil: la del deseo mismo. No basta con preguntar “¿puedo elegir?”, sino “¿de dónde viene lo que creo que quiero?”.
Girard pensaba en mediadores humanos; nosotros vivimos en la era del mediador técnico. El algoritmo no solo recomienda; organiza lo visible, decide qué merece atención, y modela por anticipado los caminos por los que transitará nuestra curiosidad. Lo novedoso no es que influya —eso lo han hecho siempre la moda, la tradición y la publicidad—, sino la escala y la precisión con la que puede hacerlo. La mímesis, entonces, se vuelve más veloz, más estandarizada, más rentable. El deseo se vuelve un producto que circula con buena logística.
No se trata de demonizar la tecnología. Sería ingenuo. Se trata de reconocer un hecho: nunca habíamos tenido tanto acceso a estilos de vida y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil vivir por reflejo. Una persona abre una red social “cinco minutos”. Sale con tres decisiones existenciales sin haberlas pedido: qué cuerpo es deseable, qué dieta es respetable y qué idea política es socialmente premiada ese día. No digo que esto sea siempre consciente ni siempre dañino; digo que es real.
Aquí se vuelve pertinente una distinción clásica, muy aristotélica: no es lo mismo actuar que ser movido a actuar. No es lo mismo escoger que responder a una cadena de estímulos sofisticados. La libertad, si quiere seguir siendo algo más que un eslogan, necesita entrenar su capacidad de distancia.
En respuesta al mundo de la copia, muchos se lanzan a la búsqueda de lo “original” como quien busca un pasaporte de identidad. Y el mercado los recibe con los brazos abiertos: estéticas alternativas diseñadas en serie, rebeldías con descuento, anti-conformismos que vienen en paquete. Economía básica del siglo XXI: la industria puede venderte la sensación de ser único.
Conviene aquí una sospecha casi nietzscheana: ¿cuántas veces creemos ser originales cuando solo estamos consumiendo una forma distinta de pertenecer? Cambia el uniforme, no necesariamente el mecanismo mimético. La “originalidad” entendida como mera diferencia visible puede convertirse en otra jaula. Lo original se vuelve una obligación performativa: parecer distinto para ser alguien. Y ese mandato es tan tiránico como el mandato de encajar, solo que más glamuroso.
Quizá vale la pena recuperar una definición más exigente de libertad. No la libertad como “hacer lo que se me da la gana”, sino como autoría responsable de la propia vida. En la tradición clásica, especialmente en Aristóteles, la libertad está vinculada a la deliberación y a la virtud: ser libre es poder orientar el propio carácter hacia bienes que no se evaporan con el siguiente impulso. En modernidad tardía, Charles Taylor habla de la autenticidad como ideal moral; no como narcisismo, sino como fidelidad a una voz interior que no es mero eco del entorno. Cuando ese ideal se degrada, se vuelve puro “expresionismo” superficial. Y entonces el yo ya no se construye en diálogo con bienes significativos, sino con tendencias. En términos prácticos: la libertad no se prueba tanto en la intensidad del deseo, sino en la calidad del juicio.
Propongo un pequeño experimento intelectual. Si aquello que deseas hoy no pudiera ser fotografiado, contado, reaccionado o validado por nadie, ¿seguirías deseándolo con la misma fuerza? La pregunta no busca moralizar; busca depurar. En un entorno hipersocial, donde casi todo puede convertirse en vitrina, esta prueba del “deseo silencioso” puede revelar cuánto de nuestra vida interior es propia y cuánto es una negociación continua con la mirada ajena. La originalidad genuina quizá empieza donde el deseo no necesita espectáculo.
Esto puede sonar contra intuitivo, pero lo digo con convicción: la originalidad profunda no nace de negar todo lo anterior, sino de dialogar bien con ello. Nadie escribe una obra sólida desde un vacío cultural. Nadie construye una vida con sentido desde una amnesia completa. La tradición no es lo contrario de la libertad; puede ser su condición de posibilidad. Imitar bien, aprender bien, admirar bien, es parte del proceso de llegar a ser alguien. El problema no es la mímesis; el problema es la mímesis inconsciente. Hay una diferencia enorme entre ser discípulo y ser repetidor automático.
Dos dimensiones especialmente heridas por la cultura de la imitación acelerada son el cuerpo y el tiempo. El cuerpo porque se ha vuelto pantalla de comparación: métricas estéticas, rutinas de productividad física, estándares que mutan mensualmente. Y el tiempo porque ha sido fragmentado en micro-atenciones. Una voluntad sin continuidad temporal difícilmente puede construir un proyecto propio.
En este punto la libertad necesita hábitos muy concretos: descanso real, lectura lenta, conversación sin urgencia, caminatas sin auriculares. No por nostalgia romántica, sino por higiene del juicio. El sujeto del siglo XXI requiere espacios sin mediadores donde pueda escuchar el mundo sin tutorial y escucharse a sí mismo sin ruido de fondo.
Regreso a la belleza porque, en un entorno de copia ansiosa, la belleza puede ser una forma de educación del deseo. No la belleza del “like”, sino la belleza que exige paciencia: una pieza musical escuchada con atención, un texto difícil releído, una amistad cultivada sin exhibición. Hay cosas que no pueden apresurarse sin perder su sentido. Y esas cosas, precisamente por eso, son formativas de libertad. Lo bello nos saca del mercado de urgencias. Nos invita a un tipo de presencia que no se puede falsificar. En esa presencia, el deseo deja de ser reflejo para empezar a ser elección.
Si tuviera que condensar todo en una metáfora final, la tomaría prestada del oficio, porque los oficios nos recuerdan algo que la cultura digital olvida: que lo valioso tarda. La libertad es un trabajo artesanal. Requiere materiales imperfectos, paciencia, método y una cierta humildad. Requiere aceptar que no seremos totalmente originales ni completamente imitadores. Somos ambas cosas. Pero podemos elegir qué imitación nos construye y cuál nos deforma.
La pregunta decisiva no es si imitamos, sino a quién y para qué. No hay soluciones heroicas para problemas cotidianos. Pero sí hay prácticas sobrias que, acumuladas, cambian la dirección de la vida. Primero, curar el deseo con preguntas: ¿esto me hace más justo, más lúcido, más humano? ¿O solo más visible? Segundo, elegir maestros reales: personas y obras que te exijan crecer, no solo pertenecer. La mímesis de la excelencia es una escalera, no una cadena. Tercero, proteger espacios de no-mercado: actividades que no se vuelven contenido, ayudar a alguien sin publicarlo, estudiar sin convertirlo en marca personal, amar sin convertirlo en argumento. Estos ejercicios no son una receta moral universal, pero sí un mapa mínimo de resistencia.
El siglo XXI necesita una defensa de la libertad que no sea ingenua. La libertad no está solo en el derecho externo a elegir; está en la batalla íntima por el origen del deseo. Y si ese deseo vive siempre fuera de nosotros —en la mirada ajena, en la tendencia del mes, en el algoritmo que nos sugiere incluso la rabia correcta—, entonces nuestra vida, por muy dinámica que se vea, corre el riesgo de ser una elegante repetición.
Tal vez ser original no sea inventarse una identidad de la nada, sino hacerse responsable del eco que uno decide volver voz. Volver al mundo con atención, volver a la belleza sin prisa, volver a la virtud como estructura del carácter. Y aceptar que la libertad, como los buenos zapatos, no aparece por decreto: se fabrica con las manos del alma.
Un abrazo.
Referencias:
Aristóteles, Ética a Nicómaco.
Platón, Apología (y diálogos sobre educación del alma).
René Girard, Mentira romántica y verdad novelesca; La violencia y lo sagrado.
Charles Taylor, The Ethics of Authenticity.
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio; Psicopolítica.
Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism.
Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil.
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