#InPerfecciones
Es necesario sentarse a debatir un nuevo modelo de desarrollo que nos permita activar la economía en beneficio de la sociedad.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Los años ochenta fueron escenario de un intenso debate político e intelectual sobre el rumbo que debería seguir el país tras el agotamiento del modelo económico imperante por décadas. Lepoldo Solís nos dice en La realidad económica mexicana: retrovisión y perspectivas, que el llamado desarrollo estabilizador tiene sus antecedentes en cuatro medidas implementadas durante el periodo de entreguerras: la reforma agraria, la expropiación petrolera, la creación de mecanismos financieros y el gasto público para la formación de capital.
Con el Estado plenamente consolidado, vino el desafío de generar crecimiento económico. Enrique Cárdenas en La política económica en México, 1950-1994, señala que el gran crecimiento económico del período conocido como desarrollo estabilizador (un 6% de incremento anual promedio del PIB), se fundamentó en un ahorro interno suficiente para financiar la inversión, una expansión del mercado interno basada en la política de sustitución de importaciones, y la inversión pública en infraestructura que amplió las comunicaciones.
Lo anterior iba en el mismo sentido que las líneas generales que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) planteaba en su nacimiento a finales de la década de los cuarenta en el siglo XX (Cincuenta años de pensamiento en la CEPAL). El desarrollo se concebía como un proceso lineal dividido en 5 etapas sucesivas: la sociedad tradicional, las condiciones previas para el impulso inicial o despegue, el impulso inicial, la madurez, y el consumo de masas de bienes y servicios por la población. Para esto se requería del impulso del Estado, quien encabezaría el proceso de transformación para dejar atrás el subdesarrollo. Existía consenso en que el desarrollo podía lograrse imitando a los países capitalistas.
Para finales de los setenta, el modelo ya se había agotado, por lo que se tomaron una serie de decisiones que terminaron por llevar al país a la quiebra: un creciente gasto público financiado con deuda externa y una economía dependiente de la venta del petróleo. Cuando se desplomaron los precios del barril del petróleo y aumentaron la tasa de interés en los países acreedores surgió una disyuntiva: mantener una economía sostenida e impulsada por el Estado mexicano, o abrazar el libre mercado que impulsaban los gobiernos de Reagan en Estados Unidos y Thatcher en el Reino Unido. Como sabemos, se impuso el neoliberalismo y conocemos las consecuencias.
Si bien no estamos en una crisis económica, el crecimiento económico del país es muy El incrementado esperado del PIB para este 2025 es apenas del 0.3% del PIBl. Si bien se puede argumentar que esto es reflejo de un entorno internacional complicado, las actualizaciones de octubre, indican que el Fondo Monetario Internacional estima que Estados Unidos cerrará con un 2%, mientras que la CEPAL señala que el crecimiento regional será en promedio de 2.4%, y que el crecimiento previsto para México rondará el 0.6%, que lo situaría, solamente, por encima de Cuba y Haití.
Aunque existen factores importantes como el impacto de los aranceles de Trump, la inseguridad o la incertidumbre jurídica, deberíamos estar discutiendo el modelo de desarrollo que debemos implementar partiendo del consenso sobre el fracaso del neoliberalismo como base para el desarrollo económico. Sin embargo, no existe acuerdo hacia dónde ir porque no se tiene una ruta clara. Es más, la discusión pública ni siquiera contempla ideas concretas de desarrollo. Desde el gobierno se tienen plantean conceptos generales como humanismo, austeridad, combate a la corrupción, sin que esto constituya una propuesta de desarrollo. Por su parte, la oposición presenta posiciones dispersas: el PAN parece que se enfocará en valores como patria, familia y libertad; el PRI sigue extraviado; y Movimiento Ciudadano, pues ni ellos saben de qué va el asunto. Nadie habla de un modelo de desarrollo.
La situación empeora al observar que todo gira en torno al tema coyuntural, sin espacio para el debate. Si bien es cierto que en cualquier país el gobierno en turno trata de minimizar o descalificar las posturas de la oposición, y ésta hace lo que se espera de de ella, cuestionar cualquier acción del gobierno. Sin embargo, ahora las posturas son más radicales y están cerrando los espacios de comunicación y conciliación. Los mismos datos se emplean para que el gobierno afirme que va bien y la oposición sostener que va mal.
Actualmente, el ruido derivado de las descalificaciones mutuas impide concentrarnos en lo importante: sin crecimiento económico, no puede haber desarrollo; sin generación de riqueza no puede haber prosperidad compartida. Es necesario sentarse a debatir un nuevo modelo de desarrollo que nos permita activar la economía en beneficio de la sociedad. Por ejemplo, Joseph Stiglitz apunta en Capitalismo progresista, que “la verdadera riqueza de una nación se mide por su capacidad de brindar, de forma sostenida, altos niveles de vida para todos sus ciudadanos. Esto guarda relación, a su vez, con aumentos contínuos en la productividad, basados en instalaciones y maquinaria, pero, más importante aún, también en conocimiento”. A esto hay que agregar temas como regulación de mercados, impuestos progresivos, protección de derechos laborales y un fortalecimiento democrático de las instituciones políticas.
María Mazzucato y Michael Jacobs coordinaron el libro Otro capitalismo tiene que ser posible, donde varios economistas plantean alternativas para impulsar el crecimiento económico fuera de los marcos conceptuales del neoliberalismo. Entre ellas destacan promover un Estado emprendedor que lidere sectores clave; impulsar la inversión en infraestructura, innovación y emprendimiento; invertir en la administración pública para desarrollar nuevas capacidades. En suma, firmar un nuevo contrato social entre gobierno, sector privado y ciudadanía.
Es urgente recuperar el discurso público civilizado si queremos progresar como sociedad, entendida como la suma de todos y no solo de quienes son o piensan como nosotros. Si no empezamos a debatir la construcción de un nuevo modelo de desarrollo sostenible, la falta de crecimiento económico nos aplastará.
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