#InPerfecciones
“Una generación que creció entre balas salió a las calles a exigir lo que el gobierno presume pero no garantiza: vivir sin miedo. La marcha del sábado desnudó el país real, ese donde el hartazgo pesa más que cualquier aprobación inventada y donde la clase política —toda— sigue fallándole a un pueblo que ya se cansó de sobrevivir.”
Eder Mendoza / @ai.mendoza
La marcha del sábado no fue una foto bonita para redes ni un acto espontáneo. Fue el grito de una generación que ya no tiene espacio para el miedo. Un movimiento nacido del hartazgo profundo, del cansancio acumulado de quienes crecimos escuchando más historias de muerte que de futuro. De quienes aprendimos demasiado jóvenes que en México la vida vale menos que el silencio.
Estamos cansados de vivir bajo la sombra de la delincuencia. Cansados de abrir el celular y leer que el amigo del amigo desapareció, que a un familiar lo mataron, que otro fue rentado como si fuera un bien intercambiable. Cansados de que lo normal sea lo intolerable. Y aunque intenten disfrazarlo con estadísticas, con discursos, con conferencias mañaneras, el país duele. Duele todos los días.
Ese hartazgo no va dirigido únicamente al gobierno en turno… pero claro que recae con fuerza sobre ellos. Porque llegaron prometiendo esperanza, transformación, justicia. Llegaron al poder diciendo que ellos sí iban a cuidar a México. Y hoy presumir sus políticas públicas es casi una burla: programas que benefician a su movimiento antes que al país, decisiones que responden más a su proyecto político que a la seguridad que exigimos. Las estrategias fallaron. Siguen fallando. Y mientras ellos hablan de porcentajes, la gente habla de muertos.
Y para rematar, la presidenta insiste una y otra vez en deslegitimar lo que pasó, asegurando que “millones de bots” y “contenido generado con inteligencia artificial” impulsaron el movimiento. No, presidenta. No somos bots. Somos jóvenes cansados de que nos quieran invisibilizar, cansados de ser utilizados, cansados de cargar un país que ustedes dicen tener bajo control mientras vivimos con miedo todos los días. Lo que salimos a decir el sábado no se programa, no se automatiza, no se inventa: se siente en la piel.
Porque lo que también quedó claro es que ese 74% de aprobación no se vio en las calles. Lo que sí se vio fue la inconformidad, el enojo, la desesperación de miles que ya no creen en narrativas, sino en lo que viven cada vez que pisan la calle. Ojalá lo entiendan de una vez: el gobierno no es propiedad de un movimiento. No gobiernan solo para sus simpatizantes. Gobiernan, les guste o no, para todo un país que hoy está más fracturado que nunca.
Y tampoco se les olvide algo fundamental: Claudia y aliados, ustedes también se manifestaron. También estuvieron descontentos con los gobiernos, también exigían ser escuchados. No se les olvide quiénes fueron antes del poder, porque el sábado nos enfrentamos a abuso de autoridad por parte de la seguridad que resguardaba Palacio Nacional. Usaron la fuerza para agredir a quienes ejercían su derecho a protestar. Prefirieron blindar monumentos, edificios públicos y bienes materiales antes que proteger la vida de las personas. Qué rápido se olvida la dignidad cuando se convierte en silla.
Pero no nos engañemos: la molestia también va hacia todos los partidos, hacia toda la clase política que se acostumbró a jugar con el pueblo como si fuéramos fichas. Cambian colores, cambian nombres, cambia el discurso… pero el resultado es el mismo. Un país desangrado y una ciudadanía que ya no tiene paciencia para sus juegos.
Y sí, ya todos sabemos que Calderón inició la guerra contra el narco. Lo repiten como mantra para lavarse las manos. Pero el país no está así por lo que alguien hizo hace más de una década. Está así porque quienes hoy gobiernan no han sabido —o no han querido— hacerse cargo. La memoria sirve, claro, pero no puede seguir siendo excusa. No se construye un futuro mejor obsesionándose con el pasado mientras el presente se desmorona.
También hay que señalar lo que sucedió entre los propios manifestantes. La violencia nunca será el camino. Y duele admitir que hubo gritos misóginos, clasistas, racistas, hasta consignas zionistas completamente fuera de contexto. Ese tipo de violencia deslegitima, ensucia, reduce lo que pudo haber sido un acto de fuerza colectiva. Protestar no es denigrar. Exigir no es agredir. La rabia no justifica reproducir lo mismo que criticamos.
Y a la clase política de oposición, que quede claro: no deslegitimen lo que no les pertenece. Saquen sus manos sucias de un movimiento que nació del dolor y del hartazgo, no de sus estrategias baratas. Cada vez que intentan apropiarse de lo que la gente construye, lo ensucian, lo vuelven sospechoso, lo vuelven cálculo. Ustedes no están aquí para acompañar; están para colgarse, para ver qué ganan, para convertir nuestro miedo en su oportunidad. Y eso, justamente eso, deslegitima la fuerza real de lo que pasó el sábado. Porque esta marcha fue de todos: de izquierda, de derecha, apartidistas, jóvenes, familias enteras, gente rota y gente enojada. Ustedes solo llegan a lucrar con lo que nunca fueron capaces de movilizar.
Porque lo único que nos unió ese día fue el hartazgo de una realidad que ya no se puede maquillar. Un país que se sostiene de milagro mientras la clase política se pelea por narrativas.
Y si algo dejó claro esta marcha —dolorosa, imperfecta, necesaria— es que México ya no está pidiendo cambio. Está exigiéndolo. Porque cuando un país entero se cansa de sobrevivir y decide empezar a vivir, ninguna aprobación, ningún discurso y ningún partido puede contener lo que viene.




