Editorial InPerfección Principal

¿Cuántos más tenemos que caer para que entiendan que somos la generación que perdió la calma?

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“Mientras ellos presumen avances, nosotros seguimos contando muertos”.

 

 

Eder Mendoza / @ai.edcissce
redaccion@inperfecto.con.mx

En pleno Día de Muertos, cuando el país celebra a sus difuntos, México volvió a teñirse de sangre. En Uruapan, Michoacán, asesinaron a Carlos Manzo, alcalde independiente, frente a familias que disfrutaban un evento público. Tenía apenas un año en el cargo. Había dejado Morena porque decidió trabajar para la gente que le dio su voto y su confianza. No buscaba poder, buscaba regalarles algo que en este país se ha vuelto un lujo: un municipio tranquilo. Creía que podía hacerlo sin pactar con el narco, sin deberle favores a nadie. Lo mataron igual. Con 14 elementos de la Guardia Nacional asignados a su protección, con los reflectores encima y con un gobierno que repite todos los días que el pueblo es primero. Lo mataron igual.

Su muerte no fue un error ni una coincidencia. Es el reflejo del país que somos: uno donde la corrupción se disfraza de autoridad y la impunidad se viste de discurso. Donde quienes se atreven a no “alinearse” son eliminados como si fueran un estorbo. Manzo representaba justo eso: la idea de que se puede gobernar sin pactos, sin miedo, sin someterse. Y por eso su muerte duele doble. Porque nos recuerda que en México, ni el poder salva.

A quienes hoy rondamos los 30, este horror no nos es ajeno. Crecimos entre balas, retenes, desapariciones y miedo. Cuando declararón su guerra contra el narco en 2006, muchos apenas entendíamos qué significaba la palabra “cártel”. Pero pronto la entendimos: eran los que secuestraban, extorsionaban, reclutaban. Los que nos robaron la tranquilidad y convirtieron el miedo en rutina. Esa guerra nunca terminó; solo cambió de vocero. Cambiaron los nombres, los colores, las promesas, pero la violencia siguió caminando a nuestro lado.

Hoy, bajo gobiernos morenistas, el discurso es otro, pero el resultado es el mismo. Se habla de abrazos, no balazos, mientras los cuerpos se siguen acumulando. Se presume bienestar, mientras la pobreza, la impunidad y la desconfianza crecen. Se polariza la conversación: estás con el gobierno o contra él, con “el pueblo bueno” o con “los conservadores”. Nos quieren dividir entre los que aplauden y los que cuestionan, como si el país no pudiera ser de todos. Mientras tanto, el crimen manda y el Estado mira para otro lado.

El asesinato de Carlos Manzo es un recordatorio brutal de que en México se mata a quien incomoda. Y lo más doloroso es que, aun cuando sabemos que esto ocurre, parece que nada cambia. Ni el presidente en turno, ni la estrategia, ni los discursos. Porque la verdad es que el gobierno no teme por el pueblo: teme perder poder. No le duele el dolor de la gente, le duele la pérdida de control. Y eso se nota cada vez que alguien se atreve a señalarlo.

Hace apenas unos días, jóvenes salieron a manifestarse, hartos de esta realidad. Querían justicia, seguridad, futuro. No llevaban armas, llevaban pancartas. No estaban rompiendo la ley, estaban ejerciendo su derecho. Pero los golpearon. Los dispersaron con fuerza. Los empujaron los mismos que deberían protegerlos. En este país, quienes nos cuidan nos violentan. La policía se ha vuelto un recordatorio de que el miedo ya no solo viene del crimen, sino también del Estado.

¿De qué sirve entonces un gobierno que presume empatía mientras permite el abuso? ¿Qué sentido tiene hablar de “pueblo” cuando ese pueblo sangra, calla y entierra a los suyos? Quizá el poder no entienda lo que se vive en las calles. Tal vez necesiten que caiga un hijo del ex presidente, que Claudia Sheinbaum lo viva en carne propia, que las cabezas grandes del movimiento sientan la vulnerabilidad que nosotros sentimos todos los días. No lo deseamos, pero parece que solo así entenderían lo que es vivir en un país donde la vida vale cada vez menos.

México no necesita más discursos, necesita justicia real. Necesita instituciones que funcionen, gobiernos que protejan, policías que no golpeen, jóvenes que no tengan miedo de salir a marchar. Necesita una ciudadanía despierta, una generación que no se conforme con una beca o una pensión a cambio de silencio. Porque si Calderón hizo mal al país, hoy hacemos mal en aceptar la impunidad con tal de seguir cobrando. No se trata de ideologías, se trata de dignidad.

Nosotros, los jóvenes, no podemos seguir observando desde la barrera. No podemos normalizar que maten a un alcalde, que golpeen a un manifestante, que desaparezca un estudiante. Si el país sigue cayendo, será también porque no hicimos nada. Este es el momento de romper la indiferencia, de dejar de ser público y convertirnos en protagonistas.

Carlos Manzo creyó que podía enfrentarse al sistema y murió intentándolo. Su muerte debería dolernos a todos, pero más aún, debería despertarnos. Porque si seguimos permitiendo que la violencia sea costumbre, un día será cualquiera de nosotros. Y entonces ya no quedará nadie para contarlo.